El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística

Anita’s Club and ethnography as resistance to oblivion. Ethnographic drawing as an artistic creation

Clube de Anita e etnografia como resistência ao esquecimento. Desenho etnográfico como criação artística

Autores/as

  • Ana María Camargo Acosta Universidad Distrital Francisco José de Caldas

Palabras clave:

ethnographic expedition, collective memory, peasant micro-aesthetics, narrative, story (en).

Palabras clave:

expedição etnográfica, memória coletiva, microestética camponesa, narrativa, história (pt).

Palabras clave:

expedición etnográfica, memoria colectiva, microestética campesina, narrativa, relato (es).

Biografía del autor/a

Ana María Camargo Acosta, Universidad Distrital Francisco José de Caldas

La intención de este artículo radica en dar a conocer la realidad vivida en el espacio campesino familiar y social llamado el Club de Anita junto con otros espacios de esta naturaleza, revelando y documentando de manera escrita y visual las vivencias ocurridas en dichos espacios. La reflexión gira en torno a la siguiente pregunta: ¿De qué manera el espacio del Club de Anita significó una medida de distanciamiento temporal de lo rutinario, revelándose como experiencia sensible en la creación de memoria colectiva y espacio de resistencias para sus asiduos visitantes? Se plantea la expedición etnográfica como metodología y ruta de creación, mediante la cual se ha logrado evidenciar la importancia de generar consciencia del otro desde lo sensible y creativo. El marco teórico se enfoca en las luchas femeninas campesinas por resistir ante circunstancias diversas de injusticia, haciendo paralelos con las mujeres que fueron incluidas en el trabajo de campo realizado. 

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Cómo citar

APA

Camargo Acosta, A. M. . (2021). El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística. Corpo Grafías Estudios críticos de y desde los cuerpos, 8(8), 93–105. https://doi.org/10.14483/25909398.19078

ACM

[1]
Camargo Acosta, A.M. 2021. El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística. Corpo Grafías Estudios críticos de y desde los cuerpos. 8, 8 (ene. 2021), 93–105. DOI:https://doi.org/10.14483/25909398.19078.

ACS

(1)
Camargo Acosta, A. M. . El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística. corpo graf. 2021, 8, 93-105.

ABNT

CAMARGO ACOSTA, A. M. . El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística. Corpo Grafías Estudios críticos de y desde los cuerpos, [S. l.], v. 8, n. 8, p. 93–105, 2021. DOI: 10.14483/25909398.19078. Disponível em: https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/CORPO/article/view/19078. Acesso em: 19 may. 2022.

Chicago

Camargo Acosta, Ana María. 2021. «El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística». Corpo Grafías Estudios críticos de y desde los cuerpos 8 (8):93-105. https://doi.org/10.14483/25909398.19078.

Harvard

Camargo Acosta, A. M. . (2021) «El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística», Corpo Grafías Estudios críticos de y desde los cuerpos, 8(8), pp. 93–105. doi: 10.14483/25909398.19078.

IEEE

[1]
A. M. . Camargo Acosta, «El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística», corpo graf., vol. 8, n.º 8, pp. 93–105, ene. 2021.

MLA

Camargo Acosta, A. M. . «El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística». Corpo Grafías Estudios críticos de y desde los cuerpos, vol. 8, n.º 8, enero de 2021, pp. 93-105, doi:10.14483/25909398.19078.

Turabian

Camargo Acosta, Ana María. «El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística». Corpo Grafías Estudios críticos de y desde los cuerpos 8, no. 8 (enero 1, 2021): 93–105. Accedido mayo 19, 2022. https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/CORPO/article/view/19078.

Vancouver

1.
Camargo Acosta AM. El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística. corpo graf. [Internet]. 1 de enero de 2021 [citado 19 de mayo de 2022];8(8):93-105. Disponible en: https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/CORPO/article/view/19078

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El Club de Anita y la etnografía como resistencia al olvido. Dibujo etnográfico como creación artística

Anita’s Club and ethnography as resistance to oblivion. Ethnographic drawing as an artistic creation

Clube de Anita e etnografia como resistência ao esquecimento. Desenho etnográfico como criação artística

Ana María Camargo Acosta
Universidad Distrital Francisco José de Caldas, Colombia
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Recepción: 17 Julio 2019

Aprobación: 11 Marzo 2020



Resumen: La intención de este artículo radica en dar a conocer la realidad vivida en el espacio campesino familiar y social llamado el Club de Anita1 junto con otros espacios de esta naturaleza, revelando y documentando de manera escrita y visual las vivencias ocurridas en dichos espacios. La reflexión gira en torno a la siguiente pregunta:¿De qué manera el espacio del Club de Anita significó una medida de distanciamiento temporal de lo rutinario, revelándose como experiencia sensible en la creación de memoria colectiva y espacio de resistencias para sus asiduos visitantes? Se plantea la expedición etnográfica como metodología y ruta de creación, mediante la cual se ha logrado evidenciar la importancia de generar consciencia del otro desde lo sensible y creativo. El marco teórico se enfoca en las luchas femeninas campesinas por resistir ante circunstancias diversas de injusticia, haciendo paralelos con las mujeres que fueron incluidas en el trabajo de campo realizado.

Palabras clave: expedición etnográfica, memoria colectiva, microestética campesina, narrativa, relato..

Abstract: The intention of this document is to make known the reality lived in the family and social peasant space called the Anita Club together with other spaces of this nature, revealing and documenting in a written and visual way the experiences that took place in those spaces. The reflection revolves around the following question: How did the Anita Club space mean a measure of temporary distancing from the routine, revealing itself as a sensitive experience in the creation of collective memory and re- sistances space for its regular visitors? The ethnograph- ic expedition is proposed as a methodology and route of creation; through which has been demonstrated the importance of generating awareness of the other from the sensitive and creative. The theoretical framework focuses on peasant women’s struggles to resist differ- ent circumstances of injustice, making parallels with the women who were included in the field work carried out.

Keywords: ethnographic expedition, collective memory, peasant micro-aesthetics, narrative, story.

Resumo: A intenção deste documento é dar a conhecer a rea- lidade vivida no espaço familiar e camponês social, de- nominada Clube Anita, em conjunto com outros espaços desta natureza, revelando e documentando de forma escrita e visual as experiências que tiveram lugar nesses espaços. A reflexão gira em torno da seguinte questão: Como o espaço Clube Anita significou uma medida de distanciamento temporário da rotina, revelando-se como uma experiência sensível na criação da memória coletiva e espaço de resistências para seus visitantes habituais? A expedição etnográfica é proposta como metodologia e rota de criação; através do qual foi demonstrada a impor- tância de gerar consciência do outro a partir do sensível e criativo. O referencial teórico enfoca as lutas das mulhe- res camponesas para resistir a diferentes circunstâncias de injustiça, fazendo paralelos com as mulheres que fo- ram incluídas no trabalho de campo realizado.

Palavras-chave: expedição etnográfica, memória coletiva, microestética camponesa, narrativa, história..

¡Bienvenido sumercé!

El inicio de este viaje exploratorio se centra en el uso de la narrativa por medio del relato, haciendo uso de la charla informal y las entrevistas, que se realizaron a aquellos sujetos que compartieron vivencias con la dueña del club y contribuyeron con sus narraciones reconstruirlo de manera subjetiva y sensible.

El uso de esta herramienta es fundamental, pues fue precisamente el relato —el relato etílico2— el medio por el cual los asistentes al club lograron en su momento

El concepto relato etílico ha sido extraído como una reflexión en torno al papel que desempeñó el alcohol en el desarrollo del ambiente que se vivía en el Club de Anita, pero, a su vez, encuentra su soporte en un artículo titulado “La inspiración etílica de Edgar Allan Poe” publicado por la revista Estepario. Su autora, llamada Grecia Sofía Munive García, al hacer un breve recorrido por la vida del escritor, menciona cómo esta sustancia fue no solo eje de inspiración para desarrollar y producir su obra literaria, sino el medio que encontró para —en palabras de la autora— “[…] alejarse de su cruel realidad” pues “[…] le ayudó a calmar el dolor de una vida llena de soledad, desesperación y frustración”.

Figura 1.
Figura 1.

Fotografía de archivo de Anita y Juan, en el club

Estos sentimientos precisamente contribuyen a definir lo que el club llegó a significar para algunos de sus asistentes, especialmente los mayores, en donde el relato etílico estuvo siempre presente. Para darle aún mayor significación, cito a continuación la frase conclusiva del artículo en mención: “Edgar Allan Poe nunca se percató de las consecuencias de su adicción, porque en ella encontró la salvación a su abrumadora cotidianidad, un respiro de vida entre la soledad, el abandono y la tristeza de su alma”.

El uso de esta información, que se caracteriza por ser eminentemente cualitativa, ha permitido entonces generar una recopilación de situaciones y circunstancias variadas que se enmarcan en confesiones de carácter autobiográfico, las cuales cobran aún mayor relevancia cuando se profundiza en la importancia de la narrativa para ilustrar y comprender el entorno en el cual se vive.

Para Harmida Rubio Gutiérrez,

La narrativa es el arte de contar historias. Es necesaria para explicar el mundo, para construir la memoria y para proyectar hacia el futuro. Está inmersa en un mundo a medio camino entre el tangible y el imaginario, además es un proceso epistemológico, práctico, simbólico y emotivo a la vez. (s. f., p. 3)

De este modo, en todo el proceso de escucha e interpelación, el mismo relator, además de ser narrador, llega a convertirse en actor y cocreador, brindando la posibilidad de encontrar diferentes tipos de relaciones gracias a la confluencia de personajes y roles que ellos mismos asumían en el ámbito que caracterizaba al Club de Anita, entretejiéndose así lo que se denomina conflicto narrativo, que puede entenderse “[…]) como el encuentro de fuerzas, la búsqueda o disyuntiva que construye la historia” (Rubio, s. f., p. 4).Es así como la narración individual —uno de los ejes de este trabajo— cobra especial sentido al insertarse en lo grupal, pues el hecho de que los protagonistas compartieran una temporalidad y un espacio en común, no implica la existencia de una visión única de este o del pasado, pues aunque existan coincidencias, es claro que el trabajo basado en la recopilación de información de cada uno de los individuos ha permitido encontrar que cada uno tuvo su propia vivencia, y todas ellas, a su vez, conforman la experiencia que se vivió en comunidad dentro de este espacio.

Figura 2. Tiempo, memoria y un cuento.
Figura 2. Tiempo, memoria y un cuento.

Ilustración de Ana María Camargo. Título: Técnica mixta sobre papel, 36 × 36 cm, 2018

Esto lleva a otra consideración dado el hecho de que no se pretende anteponer lo particular a lo común ni viceversa, pues precisamente lo colectivo toma vigencia gracias a la confluencia de esas individualidades y, también, esas individualidades se destacan cada una en medio de la colectividad, es decir, son y serán realidades que se complementan, se entrelazan y así cobran mayor vigencia.

Por consiguiente, la variedad de puntos de vista, la confluencia de experiencias, su significado y la trama que generaron, han permitido testimoniar que el Club de Anita fue uno de los muchos lugares de encuentro que hay en la sociedad bogotana en donde se generan ambientes alternos y espacios auténticos que sobreviven en medio delas grandes cadenas de hipermercados o grandes superficies. Es en este espacio, específicamente la tienda (que es el motor de este trabajo) y mediante la etnografía de algunas de ellas que se busca desarrollar los contenidos, desde lo contemporáneo, pero a partir del recuerdo y la memoria del Club de Anita.

De aquí surgen entonces unos cuestionamientos esenciales, que pretenden sentar una base de reflexión en torno al objetivo del presente trabajo: ¿Por qué espacios como el Club de Anita no han desaparecido en el actual entorno bogotano? y ¿es importante construir una memoria que permita comprender y documentar la existencia de este tipo de lugares, en medio de una sociedad cada vez más inmediatista?

Para dar respuesta a la primera pregunta es importan- te mencionar que el club es tan solo un ejemplo representativo de esas tiendas de barrio que tuvieron sus inicios en los albores coloniales y hoy “hacen parte de la vida cotidiana de una gran porción de la población colombiana” (Giraldo, Briceño y Ramírez, 2009, p. 9), constituyéndose en lo que hoy se conoce como comercio minorista, con productos como papas, paquetes variados, diferentes tipos de dulces, gaseosas, algunos licores y productos lácteos; en este tema se ahondará más adelante.

Respecto al planteamiento que establece la segunda pregunta, recurro a la escritora Elizabeth Jelin (2002), quien afirma que la sociedad contemporánea de Occidente vive una “cultura de la memoria” que, “[…] es en parte una respuesta o reacción al cambio rápido y a una vida sin anclajes o raíces”. Para esta autora, la memoria tiene entonces “un papel altamente significativo como mecanismo cultural para fortalecer el sentido de pertenencia a grupos o comunidades”, y continúa más adelante afirmando que “la referencia a un pasado común permite construir sentimientos de autovaloración y mayor confianza en uno/a mismo/a y en el grupo” (pp. 9 y 10). Con respecto a la memoria es importante hacer un vínculo con la confianza, ya que fue este último un elemento interesante revelado en el club y de diferentes formas entre los miembros, debido a vivencias y memorias del pasado que generaron conflictos y desacuerdos que en ocasiones causaron momentos desagradables que fueron superados y, tal como anota Jelin, generaron vínculos más sólidos no solo entre la familia, sino entre conocidos y visitantes ocasionales.

Teniendo claridad en estos aspectos y en la importancia de cada relato —en la medida en que se recurre al recuerdo para poderlo narrar— se puede decir que al confluir varias memorias individuales se genera una memoria colectiva, que “[...] se la puede interpretar también en el sentido de memorias compartidas, super- puestas, producto de interacciones múltiples, encuadra- das en marcos sociales y en relaciones de poder” (Jelin, 2002, p. 22) en que el diálogo constante está conforma- do por diversos significados culturales.

A partir de lo mencionado se desarrolla una metodología que he denominado expedición etnográfica. Esta estrategia de creación será a su vez un recurso documental en cuanto al espacio específico y algunos de sus protagonistas, cobrando importancia en la medida en que toda documentación estética se convierte en una “[...] memoria mediatizada a través del arte [...]”, pues toda manifestación artística se encuentra enmarcada en un contexto sociocultural, económico e histórico que per- mite que la obra cobre sentido para su autor y el con- texto que lo rodea (Semprún, 2016, p. 23) —buscando a través de ella y del presente trabajo— dar respuesta a la pregunta que da origen a esta investigación.

Figura 3. Memorias del tiempo.
Figura 3. Memorias del tiempo.

Ilustración de Ana María Camargo. Grafito sobre papel, 29 × 22cm, 2018

La expedición etnográfica propone un camino de indagación que aporta a la investigación-creación una opción de investigación no lineal, mediante la cual se genera conocimiento, no solo conceptual y teórico, sino sensible, experiencial y emocional, en el que el acto creativo surge del recuerdo y la observación participativa y pretende la reconstrucción de una experiencia colectiva. De la misma manera, los aportes de esta alternativa metodológica se orientan a la inclusión de culturas populares, esencias campesinas y diferentes ámbitos sociales en la creación artística con una estructura conceptual y teórica basada en las relaciones y conexiones sensibles que surgen a partir de la experiencia, a través de la estrategia propuesta y descrita, que rompe con jerarquizaciones impuestas y genera un sentido de igualdad y comunidad.

Microestética campesina: etnografiando tiendas

El término estética se aborda en este trabajo de investigación desde el territorio de lo sensible, la sensación y lo perceptivo, como interpretación del entorno campesino. Es así como al estar enmarcado este proyecto en el ámbito de la tienda como eje principal, se ha formulado la categoría de microestética desde la siguiente apropiación etimológica del término: micro, del idioma griego, significa “pequeño”, “siendo un elemento compositivo que se utiliza en distintas lenguas para formar varias palabras 3”que en este caso es planteada en el título de esta sección. Microestética, entonces, se propone como el estudio de lo sensible, de los afectos, el contacto y lo humano en la pequeña tienda campesina. Una propuesta en la que se escuchen y conozcan otras voces.

A lo largo de este proyecto, este concepto ha sido una herramienta esencial para enfocar y lograr una inmersión total en el objeto de estudio, lo cual ha permitido dar respuesta a las inquietudes planteadas, a partir de la experiencia etnográfica. De esta manera, la metodología y esta categoría se alimentan y complementan recíprocamente para alcanzar una comprensión del gran valor que tiene este territorio campesino en la sociedad con- temporánea, debido a que simbolizan ámbitos de luchas de resistencia de la mujer campesina, acompañado por el toque popular de la cultura colombiana. Tal como lo expresa una de ellas “yo creo que tenemos derecho a pasar a la historia, como guerreras, pero guerreras de paz, guerreras de lucha [...]” (mujer adulta campesina, desplazada, líder, Córdoba, septiembre del 2009).Anita Parra fue una de aquellas guerreras de lucha y paz, que como las demás campesinas que a diario atienden, mantienen y comparten su tienda van dando espacio a la construcción de memoria de lo campesino y su territorio, el cual se ha configurado desde una connotación de guerra y desplazamiento.

El espacio de la tienda es, entonces, una extensión de la identidad campesina, en la cual se “han ido construyen- do formas y normas de relacionamientos entre hombres y mujeres” (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2014,p. 62) donde la mujer trasciende lo doméstico y para la cual “el negocio significa todo” (doña Ceci, audio) ya que con él han logrado obtener todo lo que hoy tienen, tanto para ellas como para el sostenimiento de sus familias.

Es así como por medio de la prosa se desarrollan estas etnografías a partir del lugar de enunciación de una mujer que ha frecuentado y frecuenta tiendas de barrio desde hace muchos años, como costumbre que nació de la tradición del Club de Anita. La lectura que se tiene de estos locales comerciales surge de mi infancia, desde que visitábamos la primera tienda de Anita descrita atrás.

Situación problémica: necesidad de insertarse en la tienda como búsqueda y rescate de situaciones particulares de este contexto para llevar a cabo un paralelo con el club y de esta manera llegar a la creación de relatos configurando espacios, evitando el olvido de la experiencia de la tienda y nutriendo la experiencia de este recorrido sensible.

¿Cómo viví las tiendas?

¿Cómo cambiaron mis ideas de la tienda?

Chía, vereda Bojacá

Sábado, 16 de febrero del 2019, 4:30 p. m.

Ya conozco estas calles angostas, pensé. Destino de un trabajo que tuve cuando viví en Cajicá. Camino unos pocos metros. Almacén Ropa Sport, Bonito, Barato de verdad, Pá Dios, Cremapan, y encuentro una tienda, pequeña, muy pequeña. Directo a la vitrina llego y pido una cerveza Poker fría y otra al clima. Llueve. Mi padre me acompaña. La mujer que atiende es robusta, de pelo eléctrico y canoso, largo, cola de caballo. Seria y concen- trada me entrega las bebidas y continúa con su labor.

Sumercé, si quiere ir al baño le dice ahí a la señora. Me dice un obrero ya entrado en la embriaguez. ¡Gracias! Respondo y me siento en la mesa pequeña y redonda de Poker. Uniendo amigos desde 1929. ¡Póngame un hijueputa muro y lo dibujo! Maestros de obra reunidos en la vereda durante este día gris. ¡Tan marica! ¡Cinco de volumen por favor!, grita uno de los obreros. Atrás de nosotros un señor de edad grita ¡viva la señora María! 5 mesas. Amarillas. ¡Que pierda 100! Gritan, ríen. Groserías. Uno de ellos con un golpe seco en la mesa indica que quiere otra cerveza. ¡Sí, en Villa de Leyva! 6-18

¡Le dije: hágale güeón! Ese hijueputa. Dice el más joven de los maestros de obra.

¡Ah, marica, le dio miedo! Suena Vicente Fernández en la rocola vieja y gastada. ¡Venga a ver Carlitos! “No puedo acostumbrarme a estar sin ti”, dice la canción. Uno de los obreros más borrachos grita: ¡No miren pa’ bajo marica! ¡Coroné como al medio día! Ahí está en la puerta. Otro de ellos me mira con los ojos desviados, como preguntándose qué hago ahí. El piso del lugar, baldosa, me recuerda el del Club de Anita. Este está más sucio. El baño de hombres está ubicado a un lado de la puerta, se ve incómodo, y mide según mis cálculos 1 metro × 1,50 cm. Mientras suena solo ranchera a todo volumen se escucha al fondo, a mis espaldas a la señora organizando botellas de cerveza en los petacos.

Otros de ellos están apilados, tal como lo hacía Anita. Todos gri- tan, hablan fuerte, menos la señora, mi padre y yo. ¡Con su papá si andaba yo muy chimba güeón! Grita de nuevo el de la gorra roja. La rocola me recuerda al establecimiento de doña Ceci. Algunos de los obreros no cierran la puerta al orinar. Se recuestan en la pared para no caerse. Tambalean.

Baño oscuro, cemento. A ellos no les importa, y en realidad a mí tampoco. Acá entra el que quiere, grita, toma, fuma, orina con la puerta abierta, y se va. Veo a la señora entrando otro petaco de cerveza para organizar. Está sola en la zona de venta y mercancía. Mi padre me cuenta de sus días. Me levanto para pedir otras dos cervezas. Le pregunto a la señora el nombre y cuánto tiempo lleva trabajando acá, y me dice que 28 años y se llama Enilse.

Es de origen campesino. ¡Qué más Don Pedro! ¿Cómo está? Pregunta la señora. Está muy ocupada. ¡Venga le digo, Estiven Jajaja llega con machete y todo! Expresa un hombre que ríe constantemente. Sí se- ñora $ 35.200 dice Doña Enilse, ¡2 águilas, 1 light y una fría! ¡Borrachito con pasión cuando hacemos el amor! Canta uno de los obreros. Son tranquilos, bulliciosos y como casi todos, toman muy rápido

¡Donde Doña Ceci hay rocola! Silban la ranchera. ¡Denme cerveza, porque esa no toca sola! Canta un obrero al fondo. La ruta pasa a las 6 y 10. ¡Sería una facturación gigantesca! Me dijo, usted está cómo yo, no tengo ganas de hacer nada. ¡No está tan barrigón como yo! ¡Una arepa, dos chorizos! Es la única marica. Invito a mi padre a otra cerveza, y me cuenta una historia familiar:

Entonces, mi padrino Campo Elías González Martínez era padrino de matrimonio de tus abuelitos, Lolita y Reyes. Él era sastre. Y él tuvo un problema en la pierna… creo que fue en la pierna derecha. Y tuvieron que amputársela. Tal vez de tanto trabajar cociendo y tener una pierna sobre la otra, se le enfermó. Y él estaba en silla de ruedas y la esposa de él se llamaba Ana Rosa. Entonces, ellos tenían una casa en Sogamoso, esquinera. En la calle 13 con carrera como 14 o 15.

Entonces, mi padrino Campo Elías nosotros le decíamos padrino pues porque era el padrino de mis papás, de matrimonio. Entonces mis papás lo acogieron a él cuando murió su esposa, Ana Rosa, y todo el tiempo vivió con nosotros ¡desde que estábamos chiquitos! ¡bien chiquitos!¡Él es hermano de mi hermano! Grita un obrero.

Y vivió todo el tiempo hasta que murió con nosotros, sigue mi padre su relato. Yo a él lo quería mucho. Y él era hermano de mi tío Manuel Gonzales Martínez “Ma- goma” el poeta, y hermano también de Ana María González Martínez, que le decíamos mi abuelita, porque ella nos crio también. Era una viejita tan querida, tan linda, siempre usaba una gargantilla con un Cristo de oro, era lindísimo. Bueno, y esa casa de Sogamoso en la calle 13 mi padrino entonces se la heredó a mi mamá. Entonces quedó de mis papás la casa.

Y ese sitio es un sitio muy exclusivo de Sogamoso. Muy comercial. No exclusivo residencial, sino comercial. Entonces mi papá en esas idas a Sogamoso y tal, cuando murió mi mamá se fue a tomar unos tragos con alguien y resultó permutando esa casa por dos lotes. Los lotes muy bien ubicados.

¡No, marica! Suena carranguera sin parar. Ahora entiendo la historia de los lotes en mi familia. ¡Por algo distinto, por algo mejor! ¡Pero es inútil, ya he comprendido tus intenciones! Me llama la atención el ritmo de la canción.

Los obreros ya se ven bastante tomados, uno se queja constantemente. Me despido de la Señora Enilse, le doy las gracias y salgo de la tienda.

La Fortuna, queso costeño, queso paipa, queso campesino, Panadería Suarez B, Biscochería, Repostería Fina, 0-09, Salsamentaria, La Fortuna, Papelería Ana María, Su- per Arepas, Remontadora, Sr. Diany’s Comidas Rápidas, Carrera 2 E 31-25, Se vende, Helados Caseros. Caminamos hacia 3 esquinas. Día gris. Pasamos bien, decimos con mi padre. Compartimos, reímos, comentamos, observamos y hablamos del Club. Es inevitable al estar en uno.

Figuras 4 y 5.
Figuras 4 y 5.

Registro de trabajo de campo durante unatarde de etnografía

En Cedritos

Miércoles, 20 de junio del 2018Era una tarde sin sol, pero tampoco gris y sin lluvia. Hacía un fuerte viento, el barrio con muchas obras y por ello el polvo de las calles de Cedritos se levantaba constantemente. Bastante polvoriento. Olor característico de la ciudad. Durante el camino hago un recuento mental de las tiendas que conozco en mi antiguo barrio, organizándome para visitar la más tradicional y concurrida. Carrera novena, edificios residenciales y semáforo de la calle 147.

Locales comerciales, Mousse, Crick la Hamburguesa, Desayunos-Almuerzos Cafetería, Panadería Cigarrería Restaurante La Octava Maravilla, Clínica Veterinaria Salud Mascotas, Orlando Salón de Belleza, Típicas Empanadas, Tiendas D1, la carrilera. Unidos los locales conforman la oferta productos y entretenimiento de la zona. Vendedores en el semáforo, malabares con pelotas y tráfico denso propio de Bogotá, en una de las principales rutas del norte.

Actualmente el caos vehicular congestiona e inserta a la población de Cedritos en un ambiente denso, en el cual constantemente se deben esquivar todo tipo de medios de trans- porte. Senderos peatonales seguidos, a lo largo de un gran trayecto. Pasan los carros, buses, y levantan toda la polvareda que me impide ver por dónde voy. La poca luz del sol que se asoma me encandelilla. Sigo planeando mi itinerario en esta tarde de etnografía. La tienda de la calle 140, la del edificio torcido, la de la carrera19.

Decido entonces visitar aquella tienda del edificio inclinado del parque. Parque con rampas, canchas, el vendedor de frutas. El Kiosco, tradicional panadería y pastelería del barrio, famosa por sus empanadas. La casa del parque donde se ubica la Junta de Acción Comunal inmediatamente me acuerda a mi abuela, ella contaba con el servicio de parabólica que pagaba allí. Carrito de paletas, partido de fútbol y los eternos patinadores.

Voy llegando a la Cigarrería Panda, ahora ubicada en la esquina de la misma cuadra donde nació, porque el edificio inclinado finalmente fue demolido. El mismo tendero sigue atendiendo, igualito, como si no le pasaran lo años. Richard, lo llaman. Yo le digo vecino.

En esta tienda no se canta, el vallenato concentra la atención de los asistentes. Pero en el Club, por ejemplo, hacía presencia Helena de Colorado: “Helenita Vargas—cantaba horrible— y tenía su salón de belleza propio” (María Cristina Pinzón, “La Nena”, entrevista 2017).

Actualmente se mantienen las peluquerías en el barrio, y ahora abundan mucho más. Otro intérprete del club fue “El Turpial”: “Panadero, aunque cantaba no tenía nada de turpial. La mamacita lo llamaba inmoral porque vestía bicicletero super ajustado” (ibid.).A la tienda de la Guitarra, ubicada a la vuelta de la tienda de Richard, asiste un peluquero, Orlando, que tiene su local a unos pocos metros de los amigos de la Guitarra. Él ingresa con su uniforme a tomarse una cerveza y hablar unos minutos, para luego regresar a su oficio, del cual algunos miembros de la Guitarra son clientes. Variedad de oficios y personalidades ingresan y permanecen. El Polo: Albañil, otro que cantaba donde Anita. Más albañiles y obreros están sentados en la mesa de la entrada en El Panda.

Son varios, y por la pinta sé que no han terminado su jornada de trabajo. Cerveza Águila y Póker. “A coronar güevón! si no lo manda buscar ¡qué hijueputas!”, dice el paisa, uno de los obreros que pare- ce ser el líder del grupo. “Pero eso es lo bueno! Usted conoce al caimán jajaja”, sigue hablando el paisa, que es bastante gritón: “Pa’ que le diga: Si no tuviste que usar saliva, ¡ganaste campeón!”, y todos los demás ríen a carcajadas.

En el club, una de las parejas más fieles y constantes fueron José y María: esposos, comerciantes. José siempre hablaba de toros y era un gran melómano, de gran memoria, conocedor de historias y vidas de muchos artistas. María, por su parte, no hablaba mucho, solo hacía algunos comentarios acerca de un cantante que le gustara o alguna persona conocida de la que se estuviera hablando. Continúo mi visita a El Panda y, en medio del ajetreo de la tarde, se acerca Richard, al cual le pregunto cuántos años lleva esta tienda acá. Y él son- riente me dice que 27 años.

Luego me pregunta: “¿está haciendo un libro, o qué?”. Y nos reímos. Yo le respondo que sí, algo así. Y antes de devolverse al interior de la tienda expresa: “¡Yo le puedo hacer una novela, con todo lo que ha pasado acá!”. Y volvemos a reír.

A don David, que iba al club con su esposa y su hija, nunca lo conocí, pero hablaban de él. Y cuando vi a una pareja sentada al lado mío en El Panda me acordé de que contadas veces se ve a varios miembros de la familia en el plan de tienda, se ven más grupos de amigos. “¡Apuesten pues!”, propone un obrero de aquel grupo particular al que observo y contemplo con disimulo. “¡Deme 20!”, le dice el joven de gafas, moreno y con pinta de músico. El paisa es muy extrovertido, coqueto. Hablan mucho de mujeres, en un tono un poco vulgar: “Mire la peladita, Jeison, analícela, mírela bien, ¡morboséela!”, y se rotan un celular para chequear a la mujer de la que hablan como si fuera un objeto en venta.

Viene a mi memoria Pedro Buitrago: abogado boyacense, elocuente, con grandes conocimientos sobre política e historia. El señor defensor de Adriana, la cual murió y fue amiguita de Diomedes Díaz era llamado Doctor Niño en el club. No me lo encontraba muy seguido y era mejor así, porque no era de mi completo agrado. Aunque no conocía a Amancio Álvarez, al saber que ayudaba a mi abuela con sus dolencias me caía bien, ya que siendo “Ingeniero químico, le obsequiaba a la mamacita en pequeños frasquitos pócimas de marihuana con algo parecido al alcohol, que ella usaba para sus dolores”. Durante mi estancia en El Panda miro a mi alrededor y las construcciones de edificios abundan. De repente, un obrero del grupo dice: “Vamos, terminamos, nos cambiamos y nos tomamos otra”.

Lo dice con entusiasmo y todos aceptan, menos uno, muy joven, que resulta ser el ingeniero de la obra en la que trabajan. Alejandro Fajardo: arquitecto “la mamacita lo apodaba ‘Plácido Domingo’ por su parecido físico con él (de música cero) a quien tampoco conocí, diría la Nena. “Yo ya no soy capaz de cambiarme, toca es coger así pa’ ya”, expresa el obrero con botas de plástico, casco amarillo, camiseta blanca y pantalón beige. Hernando Angarita: “Comerciante, usaba un petico muy especial, se autoadulaba con frecuencia” en palabras de mi tía.

Escuché de él, pero tampoco me lo encontré en el club y fue uno de tantos que se echaba piropos a sí mismo, en un intento por generar admiración y de pronto señalar las diferencias intelectuales entre los socios, pero esto no fue problema. La tienda, así como el club, se conserva en medio de una cultura popular diversa. “¿Si ve lo que hace una pola? Nos re- unió a todos”, el obrero exclama al compañero que tiene al lado. Esta expresión me remonta al club de inmediato, al ser esta bebida nuestra aliada principal en ese entonces y ahora, en medio del vallenato a un alto volumen que nos acompaña. Alberto Duarte: abogado, costeño, “intérprete” de vallenatos. “Siempre decía que tenía dos madres: una guajira y otra que llamaba con cariño ‘su madre blanca’, mi mamacita”. Tenía la voz ronca y aguda. Era muy cariñoso con mi abuela. El grupo de obreros eran seis, no mayores de treinta años de edad. “Usted sí chupa todo, ¿no? Jeison, ¡le pasó lo de Maluma!”, hablan varios al tiempo mientras beben cerveza a un ritmo acelerado. De todo lo que hablan, la mayoría son groserías, tal como Eduardo Rojas que no podía expresarse sin decir malas palabras., según mi Tía la Nena. “A mí se me olvidó fue llevar la ropa a la lavandería”, exclamó el hijo a la madre que camina por la acera.

Hombres caballerosos encontré en las tiendas y en el club. Uno de los socios más asiduos fue Pachito Castro: “Caballeroso, de buenos modales. Casi nunca tenía plata. Su tema: su anhelada pensión que duró muchos años en llegarle” me contaba nuevamente la Nena. “Se le soltó el diente al cucho”, afirma el obrero del grupo que ya se perciben más en la onda.Dijo el borracho: “La última y nos vamos! ¡Pero todavía no estamos borrachos!”. Frase común en los momentos de alicoramiento, y aún más en la tienda de barrio donde la broma constante se hace presente. “Sí, Consuelito, que le vaya bien”. “Bueno amor”, concluye la señora que luego de una compra de pan sale de El Panda, observando con asombro a los grupos reunidos que ya se ven prendidos.

Algunos me observan curiosos cuando escribo. Otros ni me perciben. Los demás en su oficio de “levantar el codo” (expresión coloquial usada para referirse a la ingesta de alcohol) a veces ni me miran. Juan Castro, por el contrario, sí miraba mucho. “El hijo de Pachito, muy parecido a él. Siempre andaban juntos”. Muchas mujeres que visitaron el club iban solas. Un ejemplo, “la Señora María: Viuda, solita y humilde. De un corazón muy tierno, no soltaba la botella de cerveza. Consumía bastantes, y cosa curiosa… no iba al baño” diría la Nena.

Visito el baño de El Panda. Pasillo largo, estrecho. Sorprendentemente lograron meter cajas en este espacio. Observé sin prejuicios. Escuché sin críticas. Olí sin asco. Toqué sin repulsión. Sí, me gusta. Me gusta la tienda. Se debe llevar papel a este baño también, y las manos secado al aire libre. “¡Qué pasó! ¡Uno no se pue- de mover al baño porque ya tiene una cerveza!”, grita otro de los obreros que felizmente toma un gran sorbo de la bebida. “¡Mamá huevo!”, nuevamente el obrero paisa expresa con gracia y continúa: “¡Este sábado nos pegamos una bien chimba, jajaja!” y me remonto de nuevo al club, cuando nos poníamos cita con mis primos.

En la casa de Anita. Las tiendas que visité y viví son el reflejo de lo sensible del mundo campesino, más allá de la percepción que se tiene de esta comunidad a partir de juicios y/o circunstancias que aquejan a nuestro país. La Expedición Etnográfica es el vehículo que ha permitido integrarse con la microestética campesina, revelando la importancia de volver a lo sencillo, retomar el contacto con poblaciones que muchas veces no son tenidas en cuenta, y generalmente se mencionan para reflejar el impacto del conflicto, el sufrimiento, desplazamiento e injusticia. De esta manera, la metodología empleada en esta investigación-creación ha sido generadora del conocimiento más valioso que puede haber: el que parte del contexto, del contacto con la gente, del compartir opiniones sin dañarse, respetando hábitos, tradiciones, estilos y formas de vivir.

Los personajes de las tiendas asisten para distraerse, para olvidar, para conocer e intercambiar existencias. Yo continuaré mi camino en la etnografía, para no olvidar, para visibilizar microestéticas populares, para mantener vivo el intercambio sensible con la gente que se reúne pacíficamente a compartir, a conocer al otro; y ojalá sea este documento motivo de reflexión acerca de la importancia de conocer la alteridad sin filtros, sin prejuicios ni críticas. ¿Será posible que algún día en Colombia la conciencia hacia el otro sea un hecho que surja a partir de un interés sensible y creativo, y no desde la conveniencia y sed de poder?

Anselmo Torres continúa recorriendo las calles de Cedritos, siempre con una sonrisa en su rostro al saludar. Rostro que a pesar de los años no pierde su encanto. En mis recuerdos y memoria aún permanentes la sonrisa dulce de mi abuela y la risa ronca y tierna de Anita.

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Notas

1 Fue el título que por cariño se dio a la tienda de Anita. En un principio fue una típica tienda de barrio, en donde se vendían productos básicos de la canasta familiar, confitería y licores como cerveza y aguardiente, pero con el tiempo, el crecimiento del comercio en Cedritos, así como su población, sumado a los cambios en la vida de su dueña, hicieron que esta se transforma-ra en una tienda placentera, nombre dado por Dagoberto Páramo Morales, a ese lugar en donde “una parte de los consumidores conciben este espacio más como un sitio social, como un punto de encuentro de amigos, familiares y conocidos” (Páramo, 2012, p. 3).
2 El concepto relato etílico ha sido extraído como una reflexión en torno al papel que desempeñó el alcohol en el desarrollo del ambiente que se vivía en el Club de Anita, pero, a su vez, encuentra su soporte en un artículo titulado “La inspiración etílica de Edgar Allan Poe” publicado por la revista Estepario. Su autora, llamada Grecia Sofía Munive García, al hacer un breve recorrido por la vida del escritor, menciona cómo esta sustancia fue no solo eje de inspiración para desarrollar y producir su obra literaria, sino el medio que encontró para —en palabras de la autora— “[…] alejarse de su cruel realidad” pues “[…] le ayudó a calmar el dolor de una vida llena de soledad, desesperación y frustración”. Estos sentimientos precisamente contribuyen a definir lo que el club llegó a significar para algunos de sus asistentes, especialmente los mayores, en donde el relato etílico estuvo siempre presente. Para darle aún mayor significación, cito a continuación la frase conclusiva del artículo en mención: “Edgar Allan Poe nunca se percató de las consecuencias de su adicción, porque en ella encontró la salvación a su abrumadora cotidianidad, un respiro de vida entre la soledad, el abandono y la tristeza de su alma”.
3 Puede consultarse en https://definición.de

Recibido: 17 de julio de 2019; Aceptado: 11 de marzo de 2020

Resumen

La intención de este artículo radica en dar a conocer la realidad vivida en el espacio campesino familiar y social llamado el Club de Anita1 junto con otros espacios de esta naturaleza, revelando y documentando de manera escrita y visual las vivencias ocurridas en dichos espacios. La reflexión gira en torno a la siguiente pregunta:¿De qué manera el espacio del Club de Anita significó una medida de distanciamiento temporal de lo rutinario, revelándose como experiencia sensible en la creación de memoria colectiva y espacio de resistencias para sus asiduos visitantes? Se plantea la expedición etnográfica como metodología y ruta de creación, mediante la cual se ha logrado evidenciar la importancia de generar consciencia del otro desde lo sensible y creativo. El marco teórico se enfoca en las luchas femeninas campesinas por resistir ante circunstancias diversas de injusticia, haciendo paralelos con las mujeres que fueron incluidas en el trabajo de campo realizado.

Palabras clave

expedición etnográfica, memoria colectiva, microestética campesina, narrativa, relato..

Abstract

The intention of this document is to make known the reality lived in the family and social peasant space called the Anita Club together with other spaces of this nature, revealing and documenting in a written and visual way the experiences that took place in those spaces. The reflection revolves around the following question: How did the Anita Club space mean a measure of temporary distancing from the routine, revealing itself as a sensitive experience in the creation of collective memory and re- sistances space for its regular visitors? The ethnograph- ic expedition is proposed as a methodology and route of creation; through which has been demonstrated the importance of generating awareness of the other from the sensitive and creative. The theoretical framework focuses on peasant women’s struggles to resist differ- ent circumstances of injustice, making parallels with the women who were included in the field work carried out.

Keywords

ethnographic expedition, collective memory, peasant micro-aesthetics, narrative, story.

Resumo

A intenção deste documento é dar a conhecer a rea- lidade vivida no espaço familiar e camponês social, de- nominada Clube Anita, em conjunto com outros espaços desta natureza, revelando e documentando de forma escrita e visual as experiências que tiveram lugar nesses espaços. A reflexão gira em torno da seguinte questão: Como o espaço Clube Anita significou uma medida de distanciamento temporário da rotina, revelando-se como uma experiência sensível na criação da memória coletiva e espaço de resistências para seus visitantes habituais? A expedição etnográfica é proposta como metodologia e rota de criação; através do qual foi demonstrada a impor- tância de gerar consciência do outro a partir do sensível e criativo. O referencial teórico enfoca as lutas das mulhe- res camponesas para resistir a diferentes circunstâncias de injustiça, fazendo paralelos com as mulheres que fo- ram incluídas no trabalho de campo realizado.

Palavras-chave

expedição etnográfica, memória coletiva, microestética camponesa, narrativa, história..

¡Bienvenido sumercé!

El inicio de este viaje exploratorio se centra en el uso de la narrativa por medio del relato, haciendo uso de la charla informal y las entrevistas, que se realizaron a aquellos sujetos que compartieron vivencias con la dueña del club y contribuyeron con sus narraciones reconstruirlo de manera subjetiva y sensible.

El uso de esta herramienta es fundamental, pues fue precisamente el relato —el relato etílico 2 — el medio por el cual los asistentes al club lograron en su momento

El concepto relato etílico ha sido extraído como una reflexión en torno al papel que desempeñó el alcohol en el desarrollo del ambiente que se vivía en el Club de Anita, pero, a su vez, encuentra su soporte en un artículo titulado “La inspiración etílica de Edgar Allan Poe” publicado por la revista Estepario. Su autora, llamada Grecia Sofía Munive García, al hacer un breve recorrido por la vida del escritor, menciona cómo esta sustancia fue no solo eje de inspiración para desarrollar y producir su obra literaria, sino el medio que encontró para —en palabras de la autora— “[…] alejarse de su cruel realidad” pues “[…] le ayudó a calmar el dolor de una vida llena de soledad, desesperación y frustración”.

Figura 1.

Figura 1.

Estos sentimientos precisamente contribuyen a definir lo que el club llegó a significar para algunos de sus asistentes, especialmente los mayores, en donde el relato etílico estuvo siempre presente. Para darle aún mayor significación, cito a continuación la frase conclusiva del artículo en mención: “Edgar Allan Poe nunca se percató de las consecuencias de su adicción, porque en ella encontró la salvación a su abrumadora cotidianidad, un respiro de vida entre la soledad, el abandono y la tristeza de su alma”.

El uso de esta información, que se caracteriza por ser eminentemente cualitativa, ha permitido entonces generar una recopilación de situaciones y circunstancias variadas que se enmarcan en confesiones de carácter autobiográfico, las cuales cobran aún mayor relevancia cuando se profundiza en la importancia de la narrativa para ilustrar y comprender el entorno en el cual se vive.

Para Harmida Rubio Gutiérrez,

La narrativa es el arte de contar historias. Es necesaria para explicar el mundo, para construir la memoria y para proyectar hacia el futuro. Está inmersa en un mundo a medio camino entre el tangible y el imaginario, además es un proceso epistemológico, práctico, simbólico y emotivo a la vez. (s. f., p. 3)

De este modo, en todo el proceso de escucha e interpelación, el mismo relator, además de ser narrador, llega a convertirse en actor y cocreador, brindando la posibilidad de encontrar diferentes tipos de relaciones gracias a la confluencia de personajes y roles que ellos mismos asumían en el ámbito que caracterizaba al Club de Anita, entretejiéndose así lo que se denomina conflicto narrativo, que puede entenderse “[…]) como el encuentro de fuerzas, la búsqueda o disyuntiva que construye la historia” (Rubio, s. f., p. 4).Es así como la narración individual —uno de los ejes de este trabajo— cobra especial sentido al insertarse en lo grupal, pues el hecho de que los protagonistas compartieran una temporalidad y un espacio en común, no implica la existencia de una visión única de este o del pasado, pues aunque existan coincidencias, es claro que el trabajo basado en la recopilación de información de cada uno de los individuos ha permitido encontrar que cada uno tuvo su propia vivencia, y todas ellas, a su vez, conforman la experiencia que se vivió en comunidad dentro de este espacio.

Figura 2. Tiempo, memoria y un cuento.

Figura 2. Tiempo, memoria y un cuento.

Esto lleva a otra consideración dado el hecho de que no se pretende anteponer lo particular a lo común ni viceversa, pues precisamente lo colectivo toma vigencia gracias a la confluencia de esas individualidades y, también, esas individualidades se destacan cada una en medio de la colectividad, es decir, son y serán realidades que se complementan, se entrelazan y así cobran mayor vigencia.

Por consiguiente, la variedad de puntos de vista, la confluencia de experiencias, su significado y la trama que generaron, han permitido testimoniar que el Club de Anita fue uno de los muchos lugares de encuentro que hay en la sociedad bogotana en donde se generan ambientes alternos y espacios auténticos que sobreviven en medio delas grandes cadenas de hipermercados o grandes superficies. Es en este espacio, específicamente la tienda (que es el motor de este trabajo) y mediante la etnografía de algunas de ellas que se busca desarrollar los contenidos, desde lo contemporáneo, pero a partir del recuerdo y la memoria del Club de Anita.

De aquí surgen entonces unos cuestionamientos esenciales, que pretenden sentar una base de reflexión en torno al objetivo del presente trabajo: ¿Por qué espacios como el Club de Anita no han desaparecido en el actual entorno bogotano? y ¿es importante construir una memoria que permita comprender y documentar la existencia de este tipo de lugares, en medio de una sociedad cada vez más inmediatista?

Para dar respuesta a la primera pregunta es importan- te mencionar que el club es tan solo un ejemplo representativo de esas tiendas de barrio que tuvieron sus inicios en los albores coloniales y hoy “hacen parte de la vida cotidiana de una gran porción de la población colombiana” (Giraldo, Briceño y Ramírez, 2009, p. 9), constituyéndose en lo que hoy se conoce como comercio minorista, con productos como papas, paquetes variados, diferentes tipos de dulces, gaseosas, algunos licores y productos lácteos; en este tema se ahondará más adelante.

Respecto al planteamiento que establece la segunda pregunta, recurro a la escritora Elizabeth Jelin (2002), quien afirma que la sociedad contemporánea de Occidente vive una “cultura de la memoria” que, “[…] es en parte una respuesta o reacción al cambio rápido y a una vida sin anclajes o raíces”. Para esta autora, la memoria tiene entonces “un papel altamente significativo como mecanismo cultural para fortalecer el sentido de pertenencia a grupos o comunidades”, y continúa más adelante afirmando que “la referencia a un pasado común permite construir sentimientos de autovaloración y mayor confianza en uno/a mismo/a y en el grupo” (pp. 9 y 10). Con respecto a la memoria es importante hacer un vínculo con la confianza, ya que fue este último un elemento interesante revelado en el club y de diferentes formas entre los miembros, debido a vivencias y memorias del pasado que generaron conflictos y desacuerdos que en ocasiones causaron momentos desagradables que fueron superados y, tal como anota Jelin, generaron vínculos más sólidos no solo entre la familia, sino entre conocidos y visitantes ocasionales.

Teniendo claridad en estos aspectos y en la importancia de cada relato —en la medida en que se recurre al recuerdo para poderlo narrar— se puede decir que al confluir varias memorias individuales se genera una memoria colectiva, que “[...] se la puede interpretar también en el sentido de memorias compartidas, super- puestas, producto de interacciones múltiples, encuadra- das en marcos sociales y en relaciones de poder” (Jelin, 2002, p. 22) en que el diálogo constante está conforma- do por diversos significados culturales.

A partir de lo mencionado se desarrolla una metodología que he denominado expedición etnográfica. Esta estrategia de creación será a su vez un recurso documental en cuanto al espacio específico y algunos de sus protagonistas, cobrando importancia en la medida en que toda documentación estética se convierte en una “[...] memoria mediatizada a través del arte [...]”, pues toda manifestación artística se encuentra enmarcada en un contexto sociocultural, económico e histórico que per- mite que la obra cobre sentido para su autor y el con- texto que lo rodea (Semprún, 2016, p. 23) —buscando a través de ella y del presente trabajo— dar respuesta a la pregunta que da origen a esta investigación.

Figura 3. Memorias del tiempo.

Figura 3. Memorias del tiempo.

La expedición etnográfica propone un camino de indagación que aporta a la investigación-creación una opción de investigación no lineal, mediante la cual se genera conocimiento, no solo conceptual y teórico, sino sensible, experiencial y emocional, en el que el acto creativo surge del recuerdo y la observación participativa y pretende la reconstrucción de una experiencia colectiva. De la misma manera, los aportes de esta alternativa metodológica se orientan a la inclusión de culturas populares, esencias campesinas y diferentes ámbitos sociales en la creación artística con una estructura conceptual y teórica basada en las relaciones y conexiones sensibles que surgen a partir de la experiencia, a través de la estrategia propuesta y descrita, que rompe con jerarquizaciones impuestas y genera un sentido de igualdad y comunidad.

Microestética campesina: etnografiando tiendas

El término estética se aborda en este trabajo de investigación desde el territorio de lo sensible, la sensación y lo perceptivo, como interpretación del entorno campesino. Es así como al estar enmarcado este proyecto en el ámbito de la tienda como eje principal, se ha formulado la categoría de microestética desde la siguiente apropiación etimológica del término: micro, del idioma griego, significa “pequeño”, “siendo un elemento compositivo que se utiliza en distintas lenguas para formar varias palabras 3 ”que en este caso es planteada en el título de esta sección. Microestética, entonces, se propone como el estudio de lo sensible, de los afectos, el contacto y lo humano en la pequeña tienda campesina. Una propuesta en la que se escuchen y conozcan otras voces.

A lo largo de este proyecto, este concepto ha sido una herramienta esencial para enfocar y lograr una inmersión total en el objeto de estudio, lo cual ha permitido dar respuesta a las inquietudes planteadas, a partir de la experiencia etnográfica. De esta manera, la metodología y esta categoría se alimentan y complementan recíprocamente para alcanzar una comprensión del gran valor que tiene este territorio campesino en la sociedad con- temporánea, debido a que simbolizan ámbitos de luchas de resistencia de la mujer campesina, acompañado por el toque popular de la cultura colombiana. Tal como lo expresa una de ellas “yo creo que tenemos derecho a pasar a la historia, como guerreras, pero guerreras de paz, guerreras de lucha [...]” (mujer adulta campesina, desplazada, líder, Córdoba, septiembre del 2009).Anita Parra fue una de aquellas guerreras de lucha y paz, que como las demás campesinas que a diario atienden, mantienen y comparten su tienda van dando espacio a la construcción de memoria de lo campesino y su territorio, el cual se ha configurado desde una connotación de guerra y desplazamiento.

El espacio de la tienda es, entonces, una extensión de la identidad campesina, en la cual se “han ido construyen- do formas y normas de relacionamientos entre hombres y mujeres” (Centro Nacional de Memoria Histórica, 2014,p. 62) donde la mujer trasciende lo doméstico y para la cual “el negocio significa todo” (doña Ceci, audio) ya que con él han logrado obtener todo lo que hoy tienen, tanto para ellas como para el sostenimiento de sus familias.

Es así como por medio de la prosa se desarrollan estas etnografías a partir del lugar de enunciación de una mujer que ha frecuentado y frecuenta tiendas de barrio desde hace muchos años, como costumbre que nació de la tradición del Club de Anita. La lectura que se tiene de estos locales comerciales surge de mi infancia, desde que visitábamos la primera tienda de Anita descrita atrás.

Situación problémica: necesidad de insertarse en la tienda como búsqueda y rescate de situaciones particulares de este contexto para llevar a cabo un paralelo con el club y de esta manera llegar a la creación de relatos configurando espacios, evitando el olvido de la experiencia de la tienda y nutriendo la experiencia de este recorrido sensible.

¿Cómo viví las tiendas?

¿Cómo cambiaron mis ideas de la tienda?

Chía, vereda Bojacá

Sábado, 16 de febrero del 2019, 4:30 p. m.

Ya conozco estas calles angostas, pensé. Destino de un trabajo que tuve cuando viví en Cajicá. Camino unos pocos metros. Almacén Ropa Sport, Bonito, Barato de verdad, Pá Dios, Cremapan, y encuentro una tienda, pequeña, muy pequeña. Directo a la vitrina llego y pido una cerveza Poker fría y otra al clima. Llueve. Mi padre me acompaña. La mujer que atiende es robusta, de pelo eléctrico y canoso, largo, cola de caballo. Seria y concen- trada me entrega las bebidas y continúa con su labor.

Sumercé, si quiere ir al baño le dice ahí a la señora. Me dice un obrero ya entrado en la embriaguez. ¡Gracias! Respondo y me siento en la mesa pequeña y redonda de Poker. Uniendo amigos desde 1929. ¡Póngame un hijueputa muro y lo dibujo! Maestros de obra reunidos en la vereda durante este día gris. ¡Tan marica! ¡Cinco de volumen por favor!, grita uno de los obreros. Atrás de nosotros un señor de edad grita ¡viva la señora María! 5 mesas. Amarillas. ¡Que pierda 100! Gritan, ríen. Groserías. Uno de ellos con un golpe seco en la mesa indica que quiere otra cerveza. ¡Sí, en Villa de Leyva! 6-18

¡Le dije: hágale güeón! Ese hijueputa. Dice el más joven de los maestros de obra.

¡Ah, marica, le dio miedo! Suena Vicente Fernández en la rocola vieja y gastada. ¡Venga a ver Carlitos! “No puedo acostumbrarme a estar sin ti”, dice la canción. Uno de los obreros más borrachos grita: ¡No miren pa’ bajo marica! ¡Coroné como al medio día! Ahí está en la puerta. Otro de ellos me mira con los ojos desviados, como preguntándose qué hago ahí. El piso del lugar, baldosa, me recuerda el del Club de Anita. Este está más sucio. El baño de hombres está ubicado a un lado de la puerta, se ve incómodo, y mide según mis cálculos 1 metro × 1,50 cm. Mientras suena solo ranchera a todo volumen se escucha al fondo, a mis espaldas a la señora organizando botellas de cerveza en los petacos.

Otros de ellos están apilados, tal como lo hacía Anita. Todos gri- tan, hablan fuerte, menos la señora, mi padre y yo. ¡Con su papá si andaba yo muy chimba güeón! Grita de nuevo el de la gorra roja. La rocola me recuerda al establecimiento de doña Ceci. Algunos de los obreros no cierran la puerta al orinar. Se recuestan en la pared para no caerse. Tambalean.

Baño oscuro, cemento. A ellos no les importa, y en realidad a mí tampoco. Acá entra el que quiere, grita, toma, fuma, orina con la puerta abierta, y se va. Veo a la señora entrando otro petaco de cerveza para organizar. Está sola en la zona de venta y mercancía. Mi padre me cuenta de sus días. Me levanto para pedir otras dos cervezas. Le pregunto a la señora el nombre y cuánto tiempo lleva trabajando acá, y me dice que 28 años y se llama Enilse.

Es de origen campesino. ¡Qué más Don Pedro! ¿Cómo está? Pregunta la señora. Está muy ocupada. ¡Venga le digo, Estiven Jajaja llega con machete y todo! Expresa un hombre que ríe constantemente. Sí se- ñora $ 35.200 dice Doña Enilse, ¡2 águilas, 1 light y una fría! ¡Borrachito con pasión cuando hacemos el amor! Canta uno de los obreros. Son tranquilos, bulliciosos y como casi todos, toman muy rápido

¡Donde Doña Ceci hay rocola! Silban la ranchera. ¡Denme cerveza, porque esa no toca sola! Canta un obrero al fondo. La ruta pasa a las 6 y 10. ¡Sería una facturación gigantesca! Me dijo, usted está cómo yo, no tengo ganas de hacer nada. ¡No está tan barrigón como yo! ¡Una arepa, dos chorizos! Es la única marica. Invito a mi padre a otra cerveza, y me cuenta una historia familiar:

Entonces, mi padrino Campo Elías González Martínez era padrino de matrimonio de tus abuelitos, Lolita y Reyes. Él era sastre. Y él tuvo un problema en la pierna… creo que fue en la pierna derecha. Y tuvieron que amputársela. Tal vez de tanto trabajar cociendo y tener una pierna sobre la otra, se le enfermó. Y él estaba en silla de ruedas y la esposa de él se llamaba Ana Rosa. Entonces, ellos tenían una casa en Sogamoso, esquinera. En la calle 13 con carrera como 14 o 15.

Entonces, mi padrino Campo Elías nosotros le decíamos padrino pues porque era el padrino de mis papás, de matrimonio. Entonces mis papás lo acogieron a él cuando murió su esposa, Ana Rosa, y todo el tiempo vivió con nosotros ¡desde que estábamos chiquitos! ¡bien chiquitos!¡Él es hermano de mi hermano! Grita un obrero.

Y vivió todo el tiempo hasta que murió con nosotros, sigue mi padre su relato. Yo a él lo quería mucho. Y él era hermano de mi tío Manuel Gonzales Martínez “Ma- goma” el poeta, y hermano también de Ana María González Martínez, que le decíamos mi abuelita, porque ella nos crio también. Era una viejita tan querida, tan linda, siempre usaba una gargantilla con un Cristo de oro, era lindísimo. Bueno, y esa casa de Sogamoso en la calle 13 mi padrino entonces se la heredó a mi mamá. Entonces quedó de mis papás la casa.

Y ese sitio es un sitio muy exclusivo de Sogamoso. Muy comercial. No exclusivo residencial, sino comercial. Entonces mi papá en esas idas a Sogamoso y tal, cuando murió mi mamá se fue a tomar unos tragos con alguien y resultó permutando esa casa por dos lotes. Los lotes muy bien ubicados.

¡No, marica! Suena carranguera sin parar. Ahora entiendo la historia de los lotes en mi familia. ¡Por algo distinto, por algo mejor! ¡Pero es inútil, ya he comprendido tus intenciones! Me llama la atención el ritmo de la canción.

Los obreros ya se ven bastante tomados, uno se queja constantemente. Me despido de la Señora Enilse, le doy las gracias y salgo de la tienda.

La Fortuna, queso costeño, queso paipa, queso campesino, Panadería Suarez B, Biscochería, Repostería Fina, 0-09, Salsamentaria, La Fortuna, Papelería Ana María, Su- per Arepas, Remontadora, Sr. Diany’s Comidas Rápidas, Carrera 2 E 31-25, Se vende, Helados Caseros. Caminamos hacia 3 esquinas. Día gris. Pasamos bien, decimos con mi padre. Compartimos, reímos, comentamos, observamos y hablamos del Club. Es inevitable al estar en uno.

Figuras 4 y 5.

Figuras 4 y 5.

En Cedritos

Miércoles, 20 de junio del 2018Era una tarde sin sol, pero tampoco gris y sin lluvia. Hacía un fuerte viento, el barrio con muchas obras y por ello el polvo de las calles de Cedritos se levantaba constantemente. Bastante polvoriento. Olor característico de la ciudad. Durante el camino hago un recuento mental de las tiendas que conozco en mi antiguo barrio, organizándome para visitar la más tradicional y concurrida. Carrera novena, edificios residenciales y semáforo de la calle 147.

Locales comerciales, Mousse, Crick la Hamburguesa, Desayunos-Almuerzos Cafetería, Panadería Cigarrería Restaurante La Octava Maravilla, Clínica Veterinaria Salud Mascotas, Orlando Salón de Belleza, Típicas Empanadas, Tiendas D1, la carrilera. Unidos los locales conforman la oferta productos y entretenimiento de la zona. Vendedores en el semáforo, malabares con pelotas y tráfico denso propio de Bogotá, en una de las principales rutas del norte.

Actualmente el caos vehicular congestiona e inserta a la población de Cedritos en un ambiente denso, en el cual constantemente se deben esquivar todo tipo de medios de trans- porte. Senderos peatonales seguidos, a lo largo de un gran trayecto. Pasan los carros, buses, y levantan toda la polvareda que me impide ver por dónde voy. La poca luz del sol que se asoma me encandelilla. Sigo planeando mi itinerario en esta tarde de etnografía. La tienda de la calle 140, la del edificio torcido, la de la carrera19.

Decido entonces visitar aquella tienda del edificio inclinado del parque. Parque con rampas, canchas, el vendedor de frutas. El Kiosco, tradicional panadería y pastelería del barrio, famosa por sus empanadas. La casa del parque donde se ubica la Junta de Acción Comunal inmediatamente me acuerda a mi abuela, ella contaba con el servicio de parabólica que pagaba allí. Carrito de paletas, partido de fútbol y los eternos patinadores.

Voy llegando a la Cigarrería Panda, ahora ubicada en la esquina de la misma cuadra donde nació, porque el edificio inclinado finalmente fue demolido. El mismo tendero sigue atendiendo, igualito, como si no le pasaran lo años. Richard, lo llaman. Yo le digo vecino.

En esta tienda no se canta, el vallenato concentra la atención de los asistentes. Pero en el Club, por ejemplo, hacía presencia Helena de Colorado: “Helenita Vargas—cantaba horrible— y tenía su salón de belleza propio” (María Cristina Pinzón, “La Nena”, entrevista 2017).

Actualmente se mantienen las peluquerías en el barrio, y ahora abundan mucho más. Otro intérprete del club fue “El Turpial”: “Panadero, aunque cantaba no tenía nada de turpial. La mamacita lo llamaba inmoral porque vestía bicicletero super ajustado” (ibid.).A la tienda de la Guitarra, ubicada a la vuelta de la tienda de Richard, asiste un peluquero, Orlando, que tiene su local a unos pocos metros de los amigos de la Guitarra. Él ingresa con su uniforme a tomarse una cerveza y hablar unos minutos, para luego regresar a su oficio, del cual algunos miembros de la Guitarra son clientes. Variedad de oficios y personalidades ingresan y permanecen. El Polo: Albañil, otro que cantaba donde Anita. Más albañiles y obreros están sentados en la mesa de la entrada en El Panda.

Son varios, y por la pinta sé que no han terminado su jornada de trabajo. Cerveza Águila y Póker. “A coronar güevón! si no lo manda buscar ¡qué hijueputas!”, dice el paisa, uno de los obreros que pare- ce ser el líder del grupo. “Pero eso es lo bueno! Usted conoce al caimán jajaja”, sigue hablando el paisa, que es bastante gritón: “Pa’ que le diga: Si no tuviste que usar saliva, ¡ganaste campeón!”, y todos los demás ríen a carcajadas.

En el club, una de las parejas más fieles y constantes fueron José y María: esposos, comerciantes. José siempre hablaba de toros y era un gran melómano, de gran memoria, conocedor de historias y vidas de muchos artistas. María, por su parte, no hablaba mucho, solo hacía algunos comentarios acerca de un cantante que le gustara o alguna persona conocida de la que se estuviera hablando. Continúo mi visita a El Panda y, en medio del ajetreo de la tarde, se acerca Richard, al cual le pregunto cuántos años lleva esta tienda acá. Y él son- riente me dice que 27 años.

Luego me pregunta: “¿está haciendo un libro, o qué?”. Y nos reímos. Yo le respondo que sí, algo así. Y antes de devolverse al interior de la tienda expresa: “¡Yo le puedo hacer una novela, con todo lo que ha pasado acá!”. Y volvemos a reír.

A don David, que iba al club con su esposa y su hija, nunca lo conocí, pero hablaban de él. Y cuando vi a una pareja sentada al lado mío en El Panda me acordé de que contadas veces se ve a varios miembros de la familia en el plan de tienda, se ven más grupos de amigos. “¡Apuesten pues!”, propone un obrero de aquel grupo particular al que observo y contemplo con disimulo. “¡Deme 20!”, le dice el joven de gafas, moreno y con pinta de músico. El paisa es muy extrovertido, coqueto. Hablan mucho de mujeres, en un tono un poco vulgar: “Mire la peladita, Jeison, analícela, mírela bien, ¡morboséela!”, y se rotan un celular para chequear a la mujer de la que hablan como si fuera un objeto en venta.

Viene a mi memoria Pedro Buitrago: abogado boyacense, elocuente, con grandes conocimientos sobre política e historia. El señor defensor de Adriana, la cual murió y fue amiguita de Diomedes Díaz era llamado Doctor Niño en el club. No me lo encontraba muy seguido y era mejor así, porque no era de mi completo agrado. Aunque no conocía a Amancio Álvarez, al saber que ayudaba a mi abuela con sus dolencias me caía bien, ya que siendo “Ingeniero químico, le obsequiaba a la mamacita en pequeños frasquitos pócimas de marihuana con algo parecido al alcohol, que ella usaba para sus dolores”. Durante mi estancia en El Panda miro a mi alrededor y las construcciones de edificios abundan. De repente, un obrero del grupo dice: “Vamos, terminamos, nos cambiamos y nos tomamos otra”.

Lo dice con entusiasmo y todos aceptan, menos uno, muy joven, que resulta ser el ingeniero de la obra en la que trabajan. Alejandro Fajardo: arquitecto “la mamacita lo apodaba ‘Plácido Domingo’ por su parecido físico con él (de música cero) a quien tampoco conocí, diría la Nena. “Yo ya no soy capaz de cambiarme, toca es coger así pa’ ya”, expresa el obrero con botas de plástico, casco amarillo, camiseta blanca y pantalón beige. Hernando Angarita: “Comerciante, usaba un petico muy especial, se autoadulaba con frecuencia” en palabras de mi tía.

Escuché de él, pero tampoco me lo encontré en el club y fue uno de tantos que se echaba piropos a sí mismo, en un intento por generar admiración y de pronto señalar las diferencias intelectuales entre los socios, pero esto no fue problema. La tienda, así como el club, se conserva en medio de una cultura popular diversa. “¿Si ve lo que hace una pola? Nos re- unió a todos”, el obrero exclama al compañero que tiene al lado. Esta expresión me remonta al club de inmediato, al ser esta bebida nuestra aliada principal en ese entonces y ahora, en medio del vallenato a un alto volumen que nos acompaña. Alberto Duarte: abogado, costeño, “intérprete” de vallenatos. “Siempre decía que tenía dos madres: una guajira y otra que llamaba con cariño ‘su madre blanca’, mi mamacita”. Tenía la voz ronca y aguda. Era muy cariñoso con mi abuela. El grupo de obreros eran seis, no mayores de treinta años de edad. “Usted sí chupa todo, ¿no? Jeison, ¡le pasó lo de Maluma!”, hablan varios al tiempo mientras beben cerveza a un ritmo acelerado. De todo lo que hablan, la mayoría son groserías, tal como Eduardo Rojas que no podía expresarse sin decir malas palabras., según mi Tía la Nena. “A mí se me olvidó fue llevar la ropa a la lavandería”, exclamó el hijo a la madre que camina por la acera.

Hombres caballerosos encontré en las tiendas y en el club. Uno de los socios más asiduos fue Pachito Castro: “Caballeroso, de buenos modales. Casi nunca tenía plata. Su tema: su anhelada pensión que duró muchos años en llegarle” me contaba nuevamente la Nena. “Se le soltó el diente al cucho”, afirma el obrero del grupo que ya se perciben más en la onda.Dijo el borracho: “La última y nos vamos! ¡Pero todavía no estamos borrachos!”. Frase común en los momentos de alicoramiento, y aún más en la tienda de barrio donde la broma constante se hace presente. “Sí, Consuelito, que le vaya bien”. “Bueno amor”, concluye la señora que luego de una compra de pan sale de El Panda, observando con asombro a los grupos reunidos que ya se ven prendidos.

Algunos me observan curiosos cuando escribo. Otros ni me perciben. Los demás en su oficio de “levantar el codo” (expresión coloquial usada para referirse a la ingesta de alcohol) a veces ni me miran. Juan Castro, por el contrario, sí miraba mucho. “El hijo de Pachito, muy parecido a él. Siempre andaban juntos”. Muchas mujeres que visitaron el club iban solas. Un ejemplo, “la Señora María: Viuda, solita y humilde. De un corazón muy tierno, no soltaba la botella de cerveza. Consumía bastantes, y cosa curiosa… no iba al baño” diría la Nena.

Visito el baño de El Panda. Pasillo largo, estrecho. Sorprendentemente lograron meter cajas en este espacio. Observé sin prejuicios. Escuché sin críticas. Olí sin asco. Toqué sin repulsión. Sí, me gusta. Me gusta la tienda. Se debe llevar papel a este baño también, y las manos secado al aire libre. “¡Qué pasó! ¡Uno no se pue- de mover al baño porque ya tiene una cerveza!”, grita otro de los obreros que felizmente toma un gran sorbo de la bebida. “¡Mamá huevo!”, nuevamente el obrero paisa expresa con gracia y continúa: “¡Este sábado nos pegamos una bien chimba, jajaja!” y me remonto de nuevo al club, cuando nos poníamos cita con mis primos.

En la casa de Anita. Las tiendas que visité y viví son el reflejo de lo sensible del mundo campesino, más allá de la percepción que se tiene de esta comunidad a partir de juicios y/o circunstancias que aquejan a nuestro país. La Expedición Etnográfica es el vehículo que ha permitido integrarse con la microestética campesina, revelando la importancia de volver a lo sencillo, retomar el contacto con poblaciones que muchas veces no son tenidas en cuenta, y generalmente se mencionan para reflejar el impacto del conflicto, el sufrimiento, desplazamiento e injusticia. De esta manera, la metodología empleada en esta investigación-creación ha sido generadora del conocimiento más valioso que puede haber: el que parte del contexto, del contacto con la gente, del compartir opiniones sin dañarse, respetando hábitos, tradiciones, estilos y formas de vivir.

Los personajes de las tiendas asisten para distraerse, para olvidar, para conocer e intercambiar existencias. Yo continuaré mi camino en la etnografía, para no olvidar, para visibilizar microestéticas populares, para mantener vivo el intercambio sensible con la gente que se reúne pacíficamente a compartir, a conocer al otro; y ojalá sea este documento motivo de reflexión acerca de la importancia de conocer la alteridad sin filtros, sin prejuicios ni críticas. ¿Será posible que algún día en Colombia la conciencia hacia el otro sea un hecho que surja a partir de un interés sensible y creativo, y no desde la conveniencia y sed de poder?

Anselmo Torres continúa recorriendo las calles de Cedritos, siempre con una sonrisa en su rostro al saludar. Rostro que a pesar de los años no pierde su encanto. En mis recuerdos y memoria aún permanentes la sonrisa dulce de mi abuela y la risa ronca y tierna de Anita.

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Notas

Fue el título que por cariño se dio a la tienda de Anita. En un principio fue una típica tienda de barrio, en donde se vendían productos básicos de la canasta familiar, confitería y licores como cerveza y aguardiente, pero con el tiempo, el crecimiento del comercio en Cedritos, así como su población, sumado a los cambios en la vida de su dueña, hicieron que esta se transforma-ra en una tienda placentera, nombre dado por Dagoberto Páramo Morales, a ese lugar en donde “una parte de los consumidores conciben este espacio más como un sitio social, como un punto de encuentro de amigos, familiares y conocidos” (Páramo, 2012, p. 3).
El concepto relato etílico ha sido extraído como una reflexión en torno al papel que desempeñó el alcohol en el desarrollo del ambiente que se vivía en el Club de Anita, pero, a su vez, encuentra su soporte en un artículo titulado “La inspiración etílica de Edgar Allan Poe” publicado por la revista Estepario. Su autora, llamada Grecia Sofía Munive García, al hacer un breve recorrido por la vida del escritor, menciona cómo esta sustancia fue no solo eje de inspiración para desarrollar y producir su obra literaria, sino el medio que encontró para —en palabras de la autora— “[…] alejarse de su cruel realidad” pues “[…] le ayudó a calmar el dolor de una vida llena de soledad, desesperación y frustración”. Estos sentimientos precisamente contribuyen a definir lo que el club llegó a significar para algunos de sus asistentes, especialmente los mayores, en donde el relato etílico estuvo siempre presente. Para darle aún mayor significación, cito a continuación la frase conclusiva del artículo en mención: “Edgar Allan Poe nunca se percató de las consecuencias de su adicción, porque en ella encontró la salvación a su abrumadora cotidianidad, un respiro de vida entre la soledad, el abandono y la tristeza de su alma”.
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