DOI:

https://doi.org/10.14483/21450706.1213

Publicado:

2011-05-04

Número:

Vol. 3 Núm. 3 (2009): Arte y Cultura

Sección:

Sección Central

Muebles, nudos, escritos y culturas

Furniture, Knots, Writings and Cultures

Autores/as

  • Bruno Mazzoldi Universidad de Nariño

Palabras clave:

educational reform, hypnoinsurgency, infrasocial, obsubject (en).

Palabras clave:

infrasocial, hipnoinsurgencia, obsujeto, reforma educativa (es).

Referencias

Arnold, Denise (2005) [2003]. "The Social Life of a Communal Chest: Hybrid Characters and the Imagined Genealogies of Written Documents and their Woven Ancestors", en Verónica Salles-Reese, Rolena Adorno, Manuel Domínguez, Martin Lienhard et al., Repensando el pasado, recuperando el futuro: Nuevos aportes interdisciplinarios para el estudio de la América colonial. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana y Georgetown University.

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Cómo citar

APA

Mazzoldi, B. (2011). Muebles, nudos, escritos y culturas. Calle 14 revista de investigación en el campo del arte, 3(3), 26–39. https://doi.org/10.14483/21450706.1213

ACM

[1]
Mazzoldi, B. 2011. Muebles, nudos, escritos y culturas. Calle 14 revista de investigación en el campo del arte. 3, 3 (may 2011), 26–39. DOI:https://doi.org/10.14483/21450706.1213.

ACS

(1)
Mazzoldi, B. Muebles, nudos, escritos y culturas. calle 14 rev. investig. campo arte 2011, 3, 26-39.

ABNT

MAZZOLDI, B. Muebles, nudos, escritos y culturas. Calle 14 revista de investigación en el campo del arte, [S. l.], v. 3, n. 3, p. 26–39, 2011. DOI: 10.14483/21450706.1213. Disponível em: https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/c14/article/view/1213. Acesso em: 20 abr. 2021.

Chicago

Mazzoldi, Bruno. 2011. «Muebles, nudos, escritos y culturas». Calle 14 revista de investigación en el campo del arte 3 (3):26-39. https://doi.org/10.14483/21450706.1213.

Harvard

Mazzoldi, B. (2011) «Muebles, nudos, escritos y culturas», Calle 14 revista de investigación en el campo del arte, 3(3), pp. 26–39. doi: 10.14483/21450706.1213.

IEEE

[1]
B. Mazzoldi, «Muebles, nudos, escritos y culturas», calle 14 rev. investig. campo arte, vol. 3, n.º 3, pp. 26–39, may 2011.

MLA

Mazzoldi, B. «Muebles, nudos, escritos y culturas». Calle 14 revista de investigación en el campo del arte, vol. 3, n.º 3, mayo de 2011, pp. 26-39, doi:10.14483/21450706.1213.

Turabian

Mazzoldi, Bruno. «Muebles, nudos, escritos y culturas». Calle 14 revista de investigación en el campo del arte 3, no. 3 (mayo 4, 2011): 26–39. Accedido abril 20, 2021. https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/c14/article/view/1213.

Vancouver

1.
Mazzoldi B. Muebles, nudos, escritos y culturas. calle 14 rev. investig. campo arte [Internet]. 4 de mayo de 2011 [citado 20 de abril de 2021];3(3):26-39. Disponible en: https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/c14/article/view/1213

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Muebles, nudos, escritos 1 y culturas

Artículo de reflexión

Calle 14, 2009 vol:4 nro:2 pág:26-39

Muebles, nudos, escritos 1 y culturas

Furniture, Knots, Writings and Cultures

Bruno Mazzoldi

mataplata@yahoo.com

Universidad de Nariño
En Milán desde 1942, en Colombia desde 1960. Ha enseñado en la Escuela Normal para Varones de Fonseca, en la Universidad del Cauca, en el Colegio Junín de la Isla de Providencia y en la Universidad de Nariño. Es miembro de la Cátedra Juan Marinello de la Universidad Central de Las Villas de Cuba, y fue vocalista del grupo de jazz de Pegi Dromgold. Traductor de Jacques Derrida.


Resumen

Al borde de una autopista ya pisada por Bradbury, se sostiene que la escritura acontece y que —desde el rincón de una escuelita del Departamento de Oruro, Bolivia, hasta el nicho de la infancia de Walter Benjamin en Berlín— el ámbito material y temporal de la inscripción corresponde al teatro de una feroz literalidad que se niega a ser meramente leída o descifrada. Dicha sustentación lírico-ensayística se elabora hundiéndose en dos notas al margen que, al contradecir su propia marginación, manifiestan la emergencia de una movilidad ultracelular, ya sea señalando el equívoco consistente en identificar la modorra de los “sentados” de Arthur Rimbaud con el sueño del “hombre amueblado” de Benjamin, o denunciando algunas tergiversaciones de Jacques Derrida, frutos de la fantasía de quienes oponen exposición y secreto, pacto significante e impacto mágico —todo sin desdeñar neologismos degreiffiano-lezamistas, en aras de una fusión de géneros, disciplinas y adhesiones culturales que no sean apenas traídas a cuento.
Palabras claves: infrasocial, hipnoinsurgencia, obsujeto, reforma educativa.

Abstract

On the edge of a freeway already stepped by Bradbury, it is sustained that writing happens and that —from the corner of a school in the Department of Oruro, Bolivia, up to the niche of Walter Benjamin’s childhood in Berlin— the inscription’s material and timely environment corresponds to the theater of a ferocious literality that refuses to be merely read or deciphered. This lyrical essay is elaborated submerging into two marginal notes that, contradicting their own marginalization, manifest the emergency of an ultracellular mobility, whether pointing out the misunderstanding consisting in identifying with the heaviness of Rimbaud’s “sitters” with the dream of the “furnished man” according to Benjamin, or denouncing some misrepresentations of Derrida as the fantasy product of those who oppose exhibition and secret, significant pact and magic impact —all that without scorning degreiffian-lezamesques neologisms, for the sake of a fusion of genres, disciplines and cultural adhesions that are not merely brought to the story.
Key Words: educational reform, hypnoinsurgency, infrasocial, obsubject Meubles, nœuds, écrits et cultures.


Résumé

Au bord d’une autoroute sur laquelle a déjà marché Bradbury, on soutient que l’écriture se passe et que —du coin d’une petite école du département d’Oruro, Bolivie, jusqu’au niche de l’enfance de Benjamin à Berlin— le domaine matériel et temporel de l’inscription correspond au théâtre d’une féroce littéralité qui se refuse à être simplement lue ou déchiffrée. L’essai lyrique d’une telle sustentation s’élabore en se plongeant dans deux notes marginales qui contredisent sa propre marginalisation, tout en manifestant l’émergence d’une mobilité ultracellulaire, soit signalant la trompeuse identification de l’assoupissement des “assis” d’Arthur Rimbaud avec le rêve de “l’homme meublé” de Benjamin, soit dénonçant quelques tergiversations de Jacques Derrida, fruits de la fantaisie de ceux qui opposent exposition et secret, pacte signifiant et impact magique —tout cela sans dédaigner néologismes degreiffiano-lezamistes, à la faveur d’une fusion de genres, disciplines et adhésions culturelles qui ne soient à peine mentionnées.
Mots-clés: réforme éducative, hypnoinsurgence, infrasocial, obsujet.


Resumo

Na beira de uma estrada já pisada por Bradbury, afirma-se que a escritura acontece e que —desde o canto de uma pequena escola do Departamento de Oruro, Bolívia, até o nicho da infância de Benjamin, em Berlim— o âmbito material e temporal da inscrição corresponde ao teatro de uma feroz literalidade que se recusa a ser apenas lida ou decifrada. Dita sustentação lírico-ensaísta elabora-se afundando duas notas à margem que, contrariando a sua própria marginalização, manifestam a emergência de uma movimentação ultracelular, seja apontando o erro consistente em identificar com a sonolência dos “sentados” de Rimbaud o sonho do “homem mobiliado” segundo Benjamin, seja denunciando algumas tergiversações de Derrida, frutos da fantasia daqueles que opõem exposição e segredo, pacto significativo e impacto mágico —o todo sem desdenhar neologismos “degreiffiano-lezamistas” no interesse de uma fusão de gêneros, disciplinas e adesões culturais que não sejam apenas trazidas a questão.
Palavras-chave: hipno-insurgência, infra-social, obsujeito, reforma educacional.


Abstract

Pisiyachiska Suj pata atun ñambipi Bradburypa saruska, kilkaymanta ninkunami imata kansi, kuchumanda uchullita uaua yachay uasipi Oruro llajta, Bolivia, Benjamin uauakutiykama Berlín uasipi, chi Yukaipa suyu kutiypas kangapa kami kauachiypauasi jirropiñayujpa kilkay imata mana munami kanga kilkaykauaskalla kauachiypamalla. Chi niskaypa sumayuyay-suyaykay ukukaisenama rurachimi iskay nikuypi imata chipisuyu, mananiskayua paipa karuyachiypi, ninkuna utkaypa kuyuska yapauyaypa, niyka manayachaskata cauachispa rijsina kayua chipa puñuykay Rimbaud “tiariskakunaua” niskay Benjamín muskuyka “kari tiariskaypi”. Niyka Kauachispa sugma rijsichiykuna Derridamanda muskuymanda pukuskay maikan pikunapa manachuray cauachiypi rijsiyukupi. Suma niskaypi suma yachiypi –tukuy ka degreiffiano-lezamistas sutiyachiskakuna munaspa sujkunapay sugllay chasapi, suma yachachiska suyuyuyaykuna apiska mana ima kayllapi ñujpariymaypi apamuska.
Rimaykuna niy: imakayka, kauachiypa sugma yuyay kaugsaypa, sugma yachayma, ukusuyukaugsaypi.


...la lejanía, cuando nieva, no lleva a la distancia sino al adentro, así en mi adentro estaban echadas —lagen— Babilonia y Bagdad, Acón y Alasca, Tromsoe y Transvaal. El aire suave de los libros viejos, que los impregnaba, halagaba irresistiblemente, con sangre y peligro, mi corazón que seguía fiel a los muy manoseados volúmenes —die linde Schmöckerluft, die sie durchdrang, schmeichelte sie mit Blut und Fährnis so unwiderstehlich meinem Herzen ein, dab es den abgegriffenen Bänden die Treue hielt. ¿O acaso seguía fiel a otros más antiguos, imposibles de hallar? Es decir a aquellos, maravillosos, que sólo una vez en sueños pude volver a ver. ¿Cuáles eran sus títulos? No sabía sino que habían desaparecido —verschwundenen waren— hace mucho y que no había podido encontrarlos nunca más. Sin embargo, ahora estaban allí en un armario, del que, al despertar, me di cuenta que antes nunca me lo había encontrado. En sueños me parecía conocido desde siempre. Los libros no estaban parados, sino echados; y precisamente en su rincón de las tempestades —die Bücher standen nicht, sie lagen; uns zwar in seiner Wetterecke. Tempestuoso lo que acontecía ahí adentro. Abrir uno de ellos me hubiera llevado en pleno regazo —mitten in den Schob—, donde se anublaba un texto cambiante y turbio, preñado de colores —der von Farben schwanger war. Eran burbujeantes y fugaces, pero siempre insinuaban un violeta que parecía proceder del interior de un animal de sacrificio —Es waren brodelnde und flüchtige, immer aber gerieten sie zu einem Violett, das aus dem Innern eines Schlachttiers zu stammen schien. Indecibles y graves como este condenado color violeta —dies verfemte Violett— eran los títulos, de los cuales cada uno me parecía más singular y familiar que el anterior. Pero aun antes de que pudiera asegurarme de cualquiera de ellos, me había despertado, sin haber vuelto a tocar, siquiera en sueños, los antiguos libros de la infancia. Walter Benjamin, “Schmöker”. Cfr. “Libros”

Tersas, resbaladizas pintas, resistir a la tentación de aruñar siquiera, desventar, desinflar por alambique camisas de nexos abrasantes, silbando una cancioncita, destosiendo aunque sea, o deletreando al tercer oído el nombre de Dora, nombre propio y común, “piel desollada” en griego, sílabas del nombre de la primera mujer y de la hermana de Benjamin: hipnoinsurgencias de clochard hercúleo, no son mañas de poquerista en el Salón Oval de otra Casa Blanca, ni muy menudas las petacas de quien se echa con Onirokitsch y “Los sentados”, como si el puño en el que el “hombre amoblado” agarra el mundo de las cosas —gracias a la obviedad que las destiñe y abarata, de descomplique en descomplique, de levante en levante, descontados uno por uno los nudillos del artista de los sueños— se resumiera en la “invisible mano que mata” por asentimiento de asentaderas entronizadas en âsana de sepulturero archivista y razón de cliente impelido por ráfagas persuasivas hacia la rebaja superdemocrática y la marca de jeans descomplicados, raído de complique en complique, de recueste en recueste, embudo palmario de asientos en sí asentados porque, no lo duden, desde la cruz de jacere (paroxítona, “estar echado”) con jacere (esdrújula, “echar”), lo impensable es cierto: hombre viejo de Rimbaud (quistes sebáceos en calva de burócrata, loupes como arroz) y hombre nuevo de Benjamin (pañuelo fruncido y arrastrado por el viento sobre andén sarnoso, arroz como loupes) roncan al unísono,2 por más que uno parezca amodorrado y otro avizor, tocaría admitirlo sin pensarlo ni una vez, a pacto de despabilarse en la mitad de la cosa, no digo entrando por Soacha, en la Primero de Mayo, poco antes del Hospital Kennedy, cara a cara con Mueblería Ego. Refacción y pintura de toda clase de muebles ni por el otro extremo, cerca del cruce de la avenida 68 con 80, a la vera del puente levantado sobre un criadero de truchas fecales, muy adentro de Tugo. Hipermecado de muebles. Productos importados a precios de locura donde hoy mismo se brinda Bruno. Centro de entretenimiento para televisor, equipo de sonido y otros pasatiempos. Laminado miel/blanco y wenge/blanco por 349.990 (regular 393.890), por no hablar de Renato más amplio y diversificado, 579.990 Iva incluido (regular 689.990), movilización en celda de bolsillo tampoco, entretenidísimo portable, porte absoluto, último seno de nodriza insomne y autorreporte resurrecto, colapso de total furniture (de fournir, “proveer”, hacia 1130 “acabar”, “ejecutar”, en opinión de Guiraud, pariente del antiguo francés parformer y del provenzal formit, “acabado, perfecto”), cómo no, telecélula espectral de “lo siempre-mío”, porque

Manuscrito de Walter Benjamin: la primera página de Onirokitsch, 1925

la grabación —registrazione— no sólo construye el capital sino, en general, todos los objetos sociales que, a partir del mueble como escritorio acabarán en el mueble como celular —cellulare. Por el momento podemos controlar los movimientos de nuestra cuenta bancaria, pero antes o después, apostemos, llegará la hora de la incorporación del código fiscal, del permiso para conducir, de la cédula de ciudadanía y del pasaporte, hoy documentos impresos sobre papel o plástico, mañana fagocitados por el teléfono celular —telefonino—: éste es mi corpus (mis direcciones, mi identidad, mi dinero, mi archivo). (...)

Como venía diciendo, “estar-al-celular —essere-al-telefonino—” parece muy distinto respecto del ‘estar-al-teléfono’: es todo otro Dasein. El ‘estar-al-teléfono’ al fin y al cabo constituye un hecho ocasional, aún no hace mucho uno podía darse cuenta de haber “estado al teléfono”, por uno u otro motivo, durante la tarde entera y lamentar tamaña aberración. Por el contrario, con el celular —telefonino— estamos siempre al teléfono. Es así como el “estar-al-celular” multiplica los fantasmas (¿“todo a tu alrededor”? No exageremos; diría más bien: “todos los espectros a tu alrededor”) como muy bien saben los anuncios publicitarios al asegurar que hoy, gracias a un celular discretamente evolucionado, cargas contigo toda la oficina. Para crear la misma situación sin celular, habría que imaginar un mundo en que, cada dos o tres metros, incluyendo desiertos y montañas, hubiese un quiosco telefónico y un buzón para las cartas que nos llegan, reservados tan sólo a nosotros, exactamente como el Mensaje del Emperador. Como la muerte en Heidegger, el celular es sólo nuestro: nadie —en principio, se entiende— puede contestar al celular de otro, exactamente así como nadie puede morir en el lugar de otro, pues el celular, como la muerte, es una propiedad individual que nos sigue como una sombra. Jemeinigkeit, carácter “siempre mío” del celular, podríamos glosar sin forzar las cosas. (Ferraris, 2005: 24, 36)

Luneta de San Lorenzo, Mausoleo de Gala Placidia, Mosaico, s. Vº, Rávena.

Centro de entretenimiento Roberto

Cuadrícula de conteo (checkered counting board) de Chordeleg (Cuenca, Ecuador), con relieves de cabezas humanas. Tomado del libro Repensando el pasado, recuperando el futuro, Verónica Salles-Reese, Rolena Adorno et al., Pontificia Universidad Javeriana y Georgetown University, 2005.

háganme el favor, ningún hijuemueble para heideggerentes, no todavía, sino cosa del medio y medio cosa, otra casa si acaso, no siempre por el estilo de la morada de la farola que se goza de haber llegado a la perfección, no necesariamente sosegada (del presunto latín vulgar sessicare, bosteza Corominas, “asentar”, “hacer descansar”, a su vez derivado de sedere, “estar sentado”), ni por el forro simplemente “dormida” o addormentata,3 más bien costillar de incrustaciones hormigueantes, coágulos y escaques bizantinoides de estanterías dilatadas de par en par y transfijas por cantos de tomos cabalmente accesibles aunque cerrados a conciencia, con permiso de San Lorenzo, detallazo del mosaico de la primera mitad del siglo V “en el Mausoleo de Gala Placidia en Rávena, donde, junto al santo, aparece también un armario de libros abierto” (Petrucci, 1973: 10), manigua iconológica que no distrae para nada a quien clasifica ejemplares esparrancados del siglo IV al VI y cerrazones mistagógicas en el VII, para distinguir entre texto de “significado verbal”, leído por unos pocos, y texto de “significados mágicos” (Petrucci, 1973: 3), ofrecido a la veneración de muchos, en beneficio de una teoría del Libro y en provecho del libro entendido como lugar de la Teoría que debería “transformarse gradualmente de instrumento de escritura y de lectura, susceptible de ser utilizado y, por ello, abierto, en objeto de adoración, un cofre repleto de misterios, que no se utilizaba directamente y, por ello, cerrado” (Petrucci, 1973: 18), oposiciones que enfrentan, hoy todavía, letra leída y letra lectora, liber pervolutus y liber involutus, a modo de ejemplo edificante la linearidad correctamente familiar de un relato destinado a los niños de La Edad de Oro, y una irradiación de signos abstrusos e intrusos inspirada en el Evangeliario de Kells, así que ni Ego ni Tugo ni Mago, por piedad, si acaso obsujeto infrasocial, un subjectil que merezca el catálogo de la biblioteca de otro santo, un aparador que aparentemente no guarde servicios de mesa sino, entre decrepitudes varias, los del Armario del poeta, “pañolones de abuela en que grifos están pintados —de fichus de grand-mère où sont peints des griffons”— (Rimbaud, 1997a: 74; cfr. traducción: 55), nada especial, bichos de basurero, endriagos en realización y esfinges de pacotilla, desde la calle hasta el cielo y regreso Universal Sandwich Po-Boy, aventuras de rines deformes y novas en espera, biberones partidos y huecos negros, por todo el cuerpo “pinturas, como hormigas” (Bradbury, 1985: 4), salvo la cabeza y determinado lugar atópico en la espalda, “apenas un revoltijo -just a jumble” (Bradbury, 1985: 4) a la altura del omoplato derecho, donde el ocasional estudiante de la escuela de Livichuco, Departamento de Oruro, o de Quenacahua, Departamento de La Paz, menos avezado a la morfología intercultural propuesta por la penúltima reforma educativa que a la visión de los sagrados módulos de dicha reforma bajo candado en el “típico ‘rincón de lectura’”, quizás no se demore mucho en percibir el ritmo respiratorio de la pantalla pánica,4 ni desplegada ni contraída al respaldo del licántropo que les digo, colmillos de kipu, sonrisa de cráneo rasta y angélico aljibe de tripas, lente de candid guaca y vórtice de vórtices que “se anubla y satura —clouds over and fills in—” (Bradbury, 1985: 4) cada vez que alguien se le arrima durante un lapso suficiente para que el Hombre Ilustrado absorba a tergo su tiempo y por ahí quede grabada, por mechas y flemas devorantes, por aquí, pássim e ibídem, donde empiece a montarse y circular la heterautobiotanatografía del hermano lector, leído y escrito, segundo en segundo, pasado-en-presente-enfuturo, desde las clavículas hasta los juanetes del sucio desempleado, pasando por el tendón de las sartenes, el manguito rotador que sigue doliéndome no obstante las sesiones de fisioterapia, este vagabundo muy desnudo al borde de la Panamericana, reportaje de reportajes en juicio desfinal, por delante y por detrás fosa poco común cuyos huesos carnudos enumeran los grabados del tablero descubierto en 1869 cerca de Chordeleg, provincia de Cuenca, juiciosas cabezas cortadas haciendo cola tras una quimera de taquilla dentuda, móvil de Bombyx kafkae y caja de la ninfa de algún lepidóptero todo-elmundo ignorado por la investigadora que en las pisadas del cocodrilo del ábaco ecuatoriano descrito por Max Uhle desdeña el leviatán identificando “los estadios de la metamorfosis del complejo ‘trofeo cabeza-simiente crisálida-alimento producción’ —the stages of the metamorphosis of the ‘trophy head-seed crysalis-food produce’ complex— todavía difuso en comunidades rurales como la de Carangas (Bolivia)” (Arnold, 2005: 122).

Giulio Cesare Casseri, De humani corporis fabrica libri decem,
Venecia, 1927. Imagen cortesia de José Alejandro Restrepo.


Referencias

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(1999b). “Les assis”, en Poésies, Une saison en enfer, Illuminations. París: Gallimard (edición en español: “Los sentados”, en Poesías (1870-1871), Madrid, Visor, 1975).

Salles-Reese, Verónica (2005) [2003]. “Introducción”, en Verónica Salles-Reese, Rolena Adorno, Manuel Domínguez, Martin Lienhard et al., Repensando el pasado, recuperando el futuro: Nuevos aportes interdisciplinarios para el estudio de la América colonial. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana y Georgetown University.


Notas

1 Páginas derivadas de algunos apuntes de clase pertinentes a “Sueños-Animales-Despertares”, seminario que se llevó a cabo a partir del primer semestre de 2006 a raíz de una solicitud de los estudiantes de pregrado del Departamento de Filosofía de la Universidad Nacional de Colombia (Bogotá). Estas sesiones fueron estimuladas por el ensayo de Jacques Derrida Fichus - Discours de Francfort, Galilée, París, 2002 (Fráncfort, 2001) (edición en español en “Acabados” seguido de “Kant, el judío, el alemán”, traducción de Patricio Peñalver Gómez, Madrid, Trotta, 2004). Se da por entendido que cuando no se menciona a su autor la traducción es nuestra. “Cfr.” puede señalar ocasiones de disenso, o modificaciones circunstanciales.

2 Razón y peccata minuta de Ricardo Ibarlucía quien, al mencionar las últimas palabras de Onirokitsch —“Lo que llamábamos arte sólo comienza a dos metros del cuerpo. Pero ahora, en el kitsch, el mundo de las cosas vuelve a acercarse al hombre; se deja agarrar en puño y al fin conforma en su interior su propia figura. El hombre nuevo tiene en sí la completa quintaesencia de las viejas formas, y lo que se configura en la confrontación con el ambiente de la segunda mitad del siglo XIX, este artista tanto de los sueños como de la palabra y la imagen, es un ser que podría llamarse ‘hombre amoblado’ —in Träumen wie in Satz und Bild gewisser Künstler, ist ein Wesen, das der ‘möblierte Mensch’ zu nennen wäre’”— (Benjamin, 1977: 622; traducción: 114), las encima a “Los sentados”, con delicadeza de estibador —“De una metamorfosis semejante se habla en el poema ‘Les assis’ de Rimbaud, en el que los hombres se convierten literalmente en sillas”— (Ibarlucía, 1998: 69, nota 24), arrastre de dislocaduras analógicas sobre lecho de Procusto que exigen ser volteadas por lo menos hacia las últimas cuatro estrofas del poema en cuestión, tal vez suficientes, en esta “nota al margen” o manchette, para reducir algún tanto, si no renunciar del todo, a la brutalidad del arrume de escualidez redentora y burocracia letal,sin acabar de preguntarse hasta qué punto un funcionario ejecutivo tan möblierte como el que respondía al apellido Glück, “felicidad” al contado, cuyo retrato en bosquejo coincide con el lapidario ensayo de 1931, El carácter destructivo [recordado en una carta del 28 de octubre del mismo año, dirigida a Gershom Scholem, entre otras cosas con la intención de pedirle que se digne comentárselo, la que valdría la pena retraducir del italiano tan sólo para tener el pretexto de rozar el botoncito del beso de la consonante emergente en “Mobilisierung”, velada por la versión al castellano; la misma carta en la que Benjamin, no sin toques de sarcástico esfumino, admite haber alcanzado, aunque sea provisionalmente, la kantiana mayoría de edad —“Podría decir —a lo que contribuyeron sin duda las dificultades materiales— que por primera vez en mi vida me siento adulto. Es más: no ya joven, sino adulto, en cuanto he llegado más o menos a realizar una de las muchas formas de existencia potencialmente presentes en mí; el apartamento que acabo de adquirir también hace parte de todo el asunto. He alcanzado uno de los instantes —probablemente breves, pasajeros— en que ya no tengo necesidad de interrogar a nadie alrededor de mí mismo y estoy dispuesto a seguir las/los más distintas/os órdenes de movilización —sono disposto a seguire i piú diversi ordini di mobilitazione. La expresión presente de este estado de cosas no es más que la ridícula uniformidad de los trabajos que he emprendido simultáneamente”— (Benjamin, 1966; traducción: 209), de manera que, si por una parte la risible sensación de autonomía es favorecida por el desmadre de tareas tan heterogéneas como la “serie de las cartas que continúa”, un “relativamente profundo” análisis de los síntomas de senilidad en Kant, una “reseña destructiva del Virgilio de Haecker”, la lectura de “120 guiones cinematográficos por semana” y un “breve estudio sobre Paul Valéry”, turbulenta confluencia de enfoques, “y no sé si la serie sea completa” (Benjamin, 1966), a la que se habría añadido la soledad matizada por el trato semietnográfico con un funcionario de la Reichskreditgesellschaft, el mismísimo Glück (Benjamin, 1966), Felicidad en persona, el carácter destructivo con camisa de marca, mientras parece reconocerse obediente a la apretura progresista que no puede no comprometer una sarcástica resonancia de la sacralización ultramilitar de lo profano, cuyo aspecto decisivo Jünger había señalado un año antes como “disponibilidad para ser movilizado” (Jünger, 1988: 206), no propiamente a espaldas de las masas ya convertidas en “ejércitos grises” (Jünger, 1988: 221) y no sin esperar la última convergencia de semejante catástrofe en “el acceso a una Alemania más profunda”; por otra parte, el hecho de llegar a comprobar la capacidad de enfrentarse a las “dificultades materiales” confirmaría al solitario investigador la inestable conquista de su redonda madurez, mientras se instala en un apartamento que le pertenece, pero cuya inquietante familiaridad asume con el escalofrío de un decorador, más que nunca dueño y señor de la sintaxis de su mobiliario, y sin embargo intruso para consigo mismo, tan temblorosamente amoblado cuanto de hecho muy poco dispuesto a la movilización —“No todo ya está colgado a las paredes, pero ya me asusto al darme cuenta de que en mi celda de comunista —salvo una pequeña pintura del cumpleaños de Stefan— hay sólo cuadros de santos”— (Benjamin, 1966: 210)], Gustav Glück, se sentiría dichoso en el cuero atrabiliario de Terry Malloy, a la sombra de la visera de su gorro y a horcajadas sobre su motocicleta, si el perfil del rebelde de On the Waterfront —la película de Kazan distribuida por acá como La ley del silencio o como Nido de ratas— se ordenara en el mismo prontuario donde otro agilísimo ejecutivo, pongamos el secretario adjunto del sindicato de trabajadores portuarios de Buenaventura, habría reunido también la información relativa a un grisgrís de mueblaje vidente y silletería de pulsos sobados —“Tienen además una mano invisible que mata: al regreso, su mirada filtra ese veneno negro que carga el ojo doliente de la perra apaleada, y sudáis presos en un embudo atroz. // Al sentarse de nuevo, los puños ahogados en sucios mangotes, piensan en aquellos que les hicieron levantar y, del alba al ocaso, racimos de amígdalas bajo sus mentones enclenques se agitan hasta reventar. // Cuando el sueño austero ha bajado sus viseras, sueñan sobre sus brazos de asientos fecundados, con verdaderos amorcillos de sillas en andadores por las que fieros escritorios serán bordeados; // Flores de tinta escupiendo pólenes en vírgula les mecen, a lo largo de los cálices agazapados, como al filo de los gladíolos el vuelo de las libélulas // –Y su miembro se enerva con barbas de espigas —Puis ils ont une main invisible qui tue: / Au retour, leur regard filtre ce venin noir / Qui charge l’oeil souffrant de la chienne battue, / Et vous suez pris dans un atroce entonnoir. // Rassis, les poings noyés dans des manchettes sales, / Ils songent à ceux-là qui les ont fait lever / Et, de l’aurore au soir, des grappes d’amygdales / Sous leurs mentons chétifs s’agitent à crever. // Quand l’austère sommeil a baissé leur visières, // Ils rêvent sur leur bras de sièges fécondés, / De vrais petits amours de chaises en lisière / Par lesquelles de fiers bureaux seront bordés; // Des fleurs d’encre crachant des pollens en virgule / Les bercent, le long des calices accroupis, / Tels qu’au fil des glaïeuls le vol des libellules / –Et leur membre s’agace à des barbes d’épis” (Rimbaud, 1996: 81; Cfr. traducción: 60-61).

3 “Estando ya mi casa sosegada... —essendo giá la mia casa addormentata…” (Juan de la Cruz, 1974: 7)..

4 Exigua o prolija la demora del caso, sin ignorar el ángulo de inclinación que, por dudar de la remisión de cuerpo y escritura a la propiedad que sea, el ungüento, el nudo y el soplo cordialmente dislocados que la cita de Derrida regala al lomo, a las hebras y al gramal de un adverbio no propiamente pertinente, echado más bien a la expropiación de la contingencia, intransitividad compartida de lo que “acontece” o contigit, en el con y en el cum (en más de dos idiomas preposiciones y substantivos trabados) de lo que “toca” o tangit, mientras el autor de Corpus, Jean-Luc Nancy citado por Derrida, asume el tacto/tocar como lectura y la lectura como tocar/tacto, desvirtuando la continuidad inmediata en el corazón del mismo tacto/tocar letrado, en el létrico aunque iletrado ex-corazón de la agrupación de virtuosos erráticos conocida entre indígenas australianos como Dead Future Sisterhood — “‘... (aquí, vean, lean, tomen, hoc est enim corpus meum...). De toda escritura, un cuerpo es la letra, y sin embargo jamás la letra, más bien, más reculada, más desconstruida que cualquier literalidad, una ‘letricidad’ que ya no está para ser leída. Lo que, de una escritura y propiamente de ella, no está para ser leído, eso es lo que es un cuerpo —une ‘lettricité’ qui n’est plus à lire. Ce qui, d’une écriture et proprement d’elle, n’est pas à lire, voilà ce qu’est un corps— a ‘lettricity’ that is no longer for reading. That which of a writing —properly of it— is not for reading, that’s what a body is’”— (Derrida, 1967a: 146; cfr. traducción: 127), valga observar que el proceso mediante el cual un buen escrito, hipertextualmente desflecado a lo largo y a lo ancho de los centros de entretenimiento electrónico de una escuela rural o periurbana, cuento de Arguedas, relato de Bradbury o ensayo desconstruyente, hoy llegaría a ser menos ilegible que ayer, cuando la cubierta del volumen ad hoc apenas podía entreverse tras los cristales de un armario bien cerrado en la rectoría del plantel, aparente abuso de falta de curiosidad y ostentoso exceso de venias, cata de partida y meta de pesquisas atentas a los estigmas del desarrollo educativo susceptibles de desbordar los límites andinos no menos que los continentales, cada vez que las cintas rodantes “legible/ilegible”, “delante/detrás”, “despliegue/repliegue”, “tangible/intangible”, “familiar/siniestro”, aquí y allende corren el riesgo de aflojar su tensión conceptual deslizándose en la posposición sin fondo de aporías indomesticables, donde seguir confundiendo desastrosamente riverrunas postkardistas con tarjetas postales contrespiríticas, escaños de soñadores de tierras bajas y mesas de amoblados de las altas, con anclas de arribistas globales tanto más inamovibles cuanto más frenéticos [como puede comprobarse al dragar los fondeaderos de asesoría cultural destinados a los Cresos internacionales cuyas conspicuas contribuciones se encargan de resaltar los primeros párrafos de una cautivadora documentación presentada en el interior del simposio de CASO en Washington, íntimamente comprometida con los interrogantes que, desde ese costado del communal chest académico que otros quizás llamarían “poscolonial”, inquieren por las múltiples formas de represión del corpus investigativo latinoamericano plasmadas en sus propias entretelas, sea para lamentar el despilfarro favorecido por iniciativas reformistas indiferentes a los contextos culturales específicos, sea para recomendar el desembravecimiento de las antiguas costumbres inseparables de esos contextos porque solidarias con la inveterada resistencia a la penetración colonial desde las gramáticas multidimensionales anteriores a la conquista, prácticas de inscripción más enfáticamente psicosomáticas que las fonéticolineares, camino del foro —“Algo peculiar aconteció —a curious thing happened— durante la primera década de la presente Reforma Educativa en Bolivia. El Ministerio de Educación boliviano, gracias a los fondos del Banco Mundial, la Organización Alemana para el Desarrollo, GTZ, y otros, gastó millones de dólares en el diseño y la elaboración de nuevos textos llamados ‘Módulos’ para la enseñanza de las matemáticas, los idiomas nativos, el español, etc., en atención a los nuevos métodos pedagógicos y entramados operativos en boga. Éstos deberían haberse aplicado —displayed— en el programa abierto ‘rincones de lectura —reading corners—’ según la transformación de las aulas de clase prevista por la Reforma. Pero en lugar de emplear esos textos de enseñanza en el aula de clase, a la que en principio estaban destinados, los Módulos han sido apartados bajo llave y candado, en cajones de vidrio, cajas de cartón, arcas —chests— de madera o petacas —hide trunks—, y dejados en algún oscuro rincón de la oficina del Director de la Escuela. Éste es el caso de las bibliotecas tanto en las escuelas tradicionales cuanto en los nuevos planteles de la Reforma, sea en las escuelas rurales como en las peri-urbanas. Así que, en lugar de hacer de la lectura una parte general de la actividad escolar, el resultado práctico de las instrucciones de la Reforma ha sido libros almacenados y desterrados en depósitos, sacados tan sólo en la eventualidad de una visita de los inspectores regionales, y aun en tal caso previa autorización del Director de la Escuela, cuando no de alguna instancia superior en la jerarquía administrativa, la oficina del Director del Distrito o más arriba [Véase Figura 1: Foto de un típico ‘rincón de lectura’ —Obsérvense los libros bajo llave y candado]. Este ensayo explora las razones detrás de —behind— este fenómeno. En mi argumentación sostengo que el actual intento de la Reforma Educativa, consistente en forzar las comunidades andinas a un dispositivo advenedizo de prácticas de lectura y escritura, tiene mucho en común con lo que aconteció inicialmente durante el período colonial. En este sentido los actuales obstáculos opuestos a la implementación de los ‘rincones de lectura’ de la Reforma deberían entenderse en los términos de efectivos actos de resistencia comunitaria —ongoing acts of communal resistance— (al mantener una antigua concepción de la forma apropiada de conocimiento autorizado), y a la vez en los términos de efectivos miedos a una presencia aliena encarnada en documentos escritos desde el período colonial, y todavía no suficientemente domesticada bajo las más familiares prácticas del lugar —as well as of ongoing fears of an alien presence incarnate in written documents since the colonial period, and still not domesticated enough under the more familiar practices of the place. En este contexto, quisiera sugerir que los modernos libros de texto de la Reforma Educativa no han sido todavía suficientemente incorporados en el sistema curricular de instrucción pública, ni en el universo asociado con un nacionalismo fundamentado en la categoría de ‘ciudadanía’. Más bien siguen relegados al anterior sistema de venerables manuscritos que pertenecen a un orden social, político, intelectual y textual mucho más antiguo. Sabine MacCormack nos hace saber de qué manera, en el período colonial, la gente iletrada miraba con miedo la página escrita ‘como si fuese habitada por espíritus’, y tal parece seguir siendo el caso hoy en día. Para entender este fenómeno...”— (Arnold, 2005: 93-95), en otras palabras, la desinhibición ciudadana de la gramatofobofilia que informes tan celosos permiten nombrar con la lucidez requerida más allá de toda puesta a prueba del aguante instrumental de los nombres, sin olvidar los análisis de Joanne Rappaport (Arnold, 2005: 95), ni otras aproximaciones igualmente indispensables para el debate en el ámbito colombiano, máxime habida cuenta de la abstracta suspicacia y del pudoroso positivismo que en el norte andino parecen retener el estudio de los síntomas masivos de fascinada inhibición ante el temblor de la letra y la obscenidad apotropaica del cuerpo enseñante muy lejos del teatro de una crueldad como la que evidencian los ejemplos comprendidos en el horizonte argumentativo de Denise Arnold y Juan de Dios Yapita (entre otros complejos registrados con perspicacia digna de la mayor deferencia por parte de todo gramatólogo ajeno a la apología del espeluzno sacrificial y a la celebración de la sacramentalidad imperativa, aunque no por eso ignaro del respeto que la cópula de traza y sombra segrega, propiciadora y hostil, propiciadora porque hostil, don envenenado, tan ineludible para el sobresalto del erudito analfabeto en Lascaux como para el duermevela del scholar embrutecido en la Biblioteca Ambrosiana, deriva de cantonero milanés, tettanigul, “mamanubes”, chupador de arreboles cantoneses más bien, evocado por Mahomed Len Baid en sintonía con la presión desafiante que los circuitos de aeración onírica ejercen por igual sobre el perfeccionismo espiritual y la chapucería criminosa, fantasmologías subversivas, alzamientos órficos y arrecheras plutónicas, ventilando a todo dar “la revolución que cree una indeterminable fuerza de creación, que fortalezca los recuerdos, que precise los sueños, que corporice las imágenes, que le dé el mejor trato a los muertos, permitiendo a los vivientes una navegación segura y corriente por ese tenebrario, una destrucción de esa acumulación, no por la energía volatilizada por el diablo, sino por un cometa que los penetre por la totalidad de una médula, oblongada, de un transmisor que vaya de lo táctil a lo invisible, y que allí después de siete días sumergido, ingurgite portando una espiga de trigo, chupando la estalactita estelar como un caramelo, lo que se llamaba en el ceremonial de los antiguos chinos, mamar el cielo” (Lezama, 1977: 67), a que cada cual se las arregle para rearmar según las circunstancias sociohistóricas del entorno que le compete la fantasmática dilucidada como “dos constelaciones de ideas” (Arnold, 2005: 100), a partir de la conformidad del miedo a la amnesia causada por la visión irreverente de un cadáver en cueros con el recelo del olvido absoluto producido por el acercamiento no autorizado a un vetusto pergamino, pues “en una de algún modo se relacionan memoria y ropa, como si las ideas en la mente (o en el corazón) del que está en vida proporcionasen el provisional abrigo de un tejido. En la otra, los antiguos documentos parecen embebidos de alguna fuerza ancestral y espantosa, a la vez muerta y despellejada, como las pieles de las que se hicieron —some ancestral and fearsome force, at once dead and skinned, like the hides from which they were made” (Arnold, 2005), pues letras por pecas en rostros de zodiaco cruento, antes de emprender la lectura, para sosegar el ímpetu del desuello, piden a gritos que se degüelle la bestia cuyas “manchas de sangre salpican la tapa y las primeras páginas de tales documentos” (Arnold, 2005: 108), una vez más y de una vez por todas, si me resisto a parar orejas velludas deseando leer el texto de Arnold y otros pocos que pueda haber husmeado y deseado echarme encima, en el tajo de lo insubstituible substitutos, si temo desplegarlo y desplegarlos abusivamente, sin recato, en la torsión de la diferencia entre metáfora y propiedad, la ofrenda del mismo animal deletreado hace siglos, igual a la ofrenda de la misma palabra de entonces degollada ahora, tiene que ver, tocar, oler, oír y hacer con la vida de esta verdad de lo mismo y con la muerte de esta misma verdad, “como si el mismo acto de la recitación tuviese que ver con desatar el chorro de sangre —as if the very act of reciting had to do with releasing the flow of blood. Por eso los comunarios comentan entre sí la falta de respeto de los investigadores que llegan de visita para consultar antiguos documentos sin tener en cuenta esas precauciones. Lo que asimismo explica —accounts for— su reluctancia a satisfacer la exigencia de la Reforma Educativa de tener un nuevo rincón de lectura ‘abierto’ en la escuela” (Arnold, 2005: 109), fenómeno cuya contraparte reclama lecturas de fiera estampa guerrera, en particular “cuando los niños de las escuelas rurales deben combatir con las ‘letras’ extranjeras de los libros de texto, al inicio del año escolar, como si fueran enemigos que han de ser engullidos, regurgitados después en los exámenes” (Arnold, 2005: 109), ni tan indefensos gramatófagos que embutirían atormentadas libretas de notas con voracidad parecida a la de vencedores despiadados levantando blasones de kipus como otras tantas extremidades cefálicas agarradas por las mechas, admitiendo que “en este sentido el miedo común a la interfaz escrita replica un anterior miedo a los equivalentes tejidos andinos, kipus y otros, y su incorporación de esencia ancestral encarnada en la tierra del ayllu, igual que de Otros enemigos en ella enterrados” (Arnold, 2005: 109), siguiendo simultáneamente múltiples pistas exegéticas: analogías bélicas, que remiten los orígenes del arte textil de la región de Qaqachaka a la “manipulación de los cabellos de la cabeza-trofeo de un enemigo Otro templados sobre piernas de telar, a la manera de lizos primordiales. Esa cabeza-trofeo, tal como las reducidas tsantsa de los Achuar o las cabezas-trofeo de otros cazadores-de-cabezas-amazónicos, fue entonces convertida en linaje del propio grupo, mediante la acción de tejer” (Arnold, 2005: 110), deducción confirmada no sólo por el hecho de que en la misma región el kipu enrollado, para que pueda caber en su kajita al lado de un feto de llama después de haber sido estrujado con grasa extraída del mismo camélido, hoy todavía “es llamado ‘una cabeza’ (p’iqi)” (Arnold, 2005: 126), sino también en razón de los prolijos gorros-pelucas que sobre las momias de Wari del Norte y Paracas dejan caer lluvia y nieve de pelo humano trenzado y anudado con lana o algodón según series coloreadas de enlaces que “frecuentemente forman pautas geométricas como si tuviesen que ser ‘leídas’ en conjunto” (Arnold, 2005: 111-112), amén de la ilustración de Guaman Poma de Ayala en la que “la forma de un kipu enrollado puede ser la de una cabeza-trofeo” (Arnold, 2005: 115-116), en suma y en términos generales, toda vez que “la evidencia sugiere que el origen de los kipus persigue la misma lógica, por lo cual los lizos pendientes eran originalmente cabellos colgantes de una calavera” (Arnold, 2005: 111); afinidades que participan tanto del sueño germinativo de fosas infectas, como de la vigilancia de poco asépticos muebles católicos, analogías telúrico-atmosféricas emergentes con singular contundencia —“Aquí, me impresionan sumamente —here, I am struck by— las similaridades entre las arcas comunales, que albergan documentos escritos, y las ‘arcas de monte’ empleadas para albergar ofrendas sacrificiales. Éstas en Qaqachaka son llamadas t’uxu, ‘hueco’, y en otras regiones samanchi, ‘el que envía aire —air sender—’, samiri, ‘lo que respira’, o marqa qullu, ‘pueblo monte’, aunque se use con frecuencia el empréstito español caja. Estos pozos sagrados contienen los huesos del sacrificio sobre las laderas de los montes guardianes (uywiri) de las comunidades andinas contemporáneas, pero ilustraciones correspondientes a las arcas de monte como las de la iconografía Moche sugieren que la tradición es mucho más antigua... (...) Se dice que el esqueleto entero colocado en el interior actúa como un illa, o esencia, del animal en cuestión, facilitando la reproducción de sus vástagos (aptasiña) durante el año siguiente al ‘respirar’ (samaña) más animales. Se dice que la ‘boca’ del arca de monte (lakap qullu) se ‘abre’ al colocársele adentro las ofrendas; ‘abre sus entrañas y escucha a la población bajo su mando’ (...). Su ronca voz es imitada mediante actos de ventriloquia por especialistas del ritual, comúnmente en forma de diálogo relativo al sacrificio. En el arca las ofrendas se descomponen poco a poco, despidiendo peligrosas emanaciones, y del sitio se dice que ‘exhala’ neblina (sama), considerada la ‘ofrenda’ de las colinas. Durante una suerte de fase de crisálida, esta neblina poco a poco va acumulándose en nubecillas (llamadas ch’iwi/u qallu, urpu qallu), las que en seguida acaban por metamorfosearse en lluvia, que la wak’a o el uywiri lleva a la comunidad en recompensa de las ofrendas entregadas”— (Arnold, 2005: 117, 119), ciclo inserto en la vastísima textura asimilativa de lo heterogéneo concebida por cuenta y riesgo de Arnold como “depredación ontológica —ontological depredation” (Arnold, 2005: 107), a expensas de, y gracias a la permanencia transformativa o “esencia” de granos y animales, enemigos decapitados convertidos en deudos y santos cristianos trasmutados en momias soportes de la bendita identidad grupal —“Asimismo me impresionan sobremanera las similitudes entre las arcas comunales, las arcas de monte y aquellas arcas que en la iglesia del ayllu sirven para albergar a los santos locales (y aún el dorado ostensario que alberga la hostia). También en este caso las arcas han de ser bien pintadas para que resulten atractivas a los santos, de los que se dice que están ‘durmiendo’ en ellas. En otro lugar describo la similitud entre estos santos coloniales y republicanos, embozados en estratificaciones de tejidos y acompañados por sus atributos personales, y los antiguos fardos de las momias de los ancestros del ayllu, guardados de manera semejante y sacados tan sólo en ocasión de determinadas fiestas, cuando se les alimenta abundantemente y se les da chicha (cerveza de maíz) para que beban (Arnold, Adam). Se considera que también estos fardos a manera de simientes —seed-like bundles— ayudan a engendrar el bienestar y las capacidades productivas de quienes les sirven. En cada ejemplo, la función de las arcas parece ser reforzar más aún la función de la interfaz textual en ellas contenida (trátese de ofrendas sacrificiales, cabezas-trofeo, textiles, kipus, o documentos escritos), es decir guardar seres capturados y restringir sus movimientos allí adentro mientras realizan alguna importante función en la reproducción y regeneración de la tierra del ayllu, rebaños y poblaciones. En este sentido, las arcas actúan también como una suerte de esencia (illa) o ‘simiente’ de la cosa en cuestión —a kind of essence (illa) or ‘seed’ of the thing in question—, en primer lugar al contener su ‘espíritu’ y en seguida contribuyendo a irradiar su poder en cierta jurisdicción territorial”— (Arnold, 2005: 120); “analogías vegetativas” (Arnold, 2005: 110), si no la única sarta de equivalencias expeditamente restituible a un futuro en trance de recuperación, como deja creer la editora de las memorias guardadas en el volumen aquí demasiado rápidamente hojeado, para quien la autora de “The Social Life of a Communal Chest” destaca la ritualización del acceso a los libros contemporáneos como “un modo de compensar la alienación producida por la escritura” (Salles-Reese, 2005: III), mientras “explica cómo la escritura y lectura se interpreta al interior de la comunidad en los términos agrícolas de siembra y cosecha donde los niños son quienes hacen germinar las simientes, es decir, las letras en el proceso de la lectura” (Salles-Reese, 2005: 110), serie analógica seleccionada para encajar en la noticia del prontuario introductivo de Repensando el pasado, recuperando el futuro a manera de balance asimilativo sumiso a usos y consumos de transmisión ritual aún imperantes en las comunidades universitarias más poderosas, cuyos miembros no suelen contradecir la compacidad apodíctica de aquellos statements aliados de las constricciones genealógico-doctorales que Arnold parecería aproximar a los marcos auráticos de apoderados andinos de la talla del Inka Maraza de Livichuco en el acto de leer en voz alta documentos coloniales, “la diseminación de cuyo conocimiento tiene también ciertas semejanzas con la hermenéutica de la escritura docta —has certain similarities with the hermeneutics of scholarly writing— en que la calidad oracular de la voz se presta a la autoridad del Inka” (Arnold, 2005: 98), siempre que el recuerdo de una diseminación muy distinta, una vez fagocitados los probables ecos del léxico desconstruccionista que lo comprometen, se considere perfectamente compatible con los intereses sintéticos de semejante escrutinio de las contribuciones al First International Interdisciplinary Symposium de la Colonial Americas Studies Organization (CASO), en bucólica armonía con un recobro de los datos lingüísticos y antropológicos que vierte en pastizales los textos escolares, sus lectores en dóciles rumiantes, “sentados de dos en dos, como ovejas, en los pupitres de la escuela” (Arnold, 2005: 110)], valga observar que el proceso mediante el cual un buen escrito, verbigracia el de Denise Arnold, llegase algún día a ser más ilegible que ahora, somáticamente irrecuperable por haberse entregado a una indisponibilidad indómita, despetalado a los cuatro vientos y desaparecido en carne y huesos a lo largo y a lo ancho de los más hondos túneles de entretenimiento, tal proceso seguiría echándose con las petacas, vastísimas y acogedoras, garantizadas a prueba de susto, dentro del umbral contemplado por el enésimo programa de amaestramientos humanísticos y exorcismos paleoiluministas reacio a reconocer en las encrucijadas de ectoplasmas hipertextuales de hoy el chance de una cita huidiza con los espectros textuales de ayer, en las destrezas de hackers indios y prestidigitalistas mestizos, los favores de un entrenamiento incalculable cuya involuntariedad expropia los asentamientos cronológicos pringando nuevos lazos de letra y fantasma, lentitud de huella y tempestividad telepática, raciocinio metódico y visum exódico, electricidad y letricidad, electrónica y letrónica de sampleos interculturales que procuren evitar fusiones regresivas (como la que condenaría a la soledad de la estirpe logocéntrica la voz visible y palpable asumida por los apoderados, singularmente cuando su respetabilidad coincide con la estatura de los “yatiris, hombres que han sido golpeados por el rayo” (Arnold, 2005: 98), si el lance comparativo lograse encerrar la idea en una cápsula arrebatada a la trastienda de la farmacia platónica —“En este sentido, las actitudes textuales de los apoderados y comunarios de Qaqachaka, enfrentadas a las prácticas de escritura hispánicas, son como las de Sócrates enfrentado a Platón en el Fedro. Sócrates también defendió la transmisión oral enfrentada a la escritura ‘perdida en el mundo’, reconociendo una genealogía de transmisión en la que el ‘progenitor’ es palabra y la ‘ofrenda’ es escritura”— (Arnold, 2005: 101), para reconducir así a la metafísica de la presencia el evento inesencial de la fisión contingente en y por el “rayo”, illapa, kipu de arriba que regala su nombre a Illa, Fugacidad en persona, “sabio amauta inventor de los kipukuna”, según informa el Diccionario Kichua-Castellano de Glauco Torres Fernández de Córdoba, mamotreto digno de figurar en el escaparate de una escuelita escondida en una remota vereda del Alto Putumayo), confluencias cuya Unheimlichkeit no se rendiría a la acusación de obscurantismo involutivo sin hundir consigo las extensiones del pensamiento contemporáneo que apaciguan las rasaduras recíprocas de lo exotérico y lo esotérico, ni se explicitaría esa clausura desinhibitoria siguiendo la torsión de un córner propenso a extraviar en la niebla de los Andes la pelota terminológica de modales presuntamente desconstructivos que en lugar de apartar de sí al Mismo hacia el Otro, tal como enseñaría la hospitalidad incondicional según Derrida, se empacan y tragan al Otro en esencial compendio de Sí mismo —“Este razonamiento (scil. el que descifra la ‘escritura vocal’ de la libación que acompaña el fecundo despertar de los nudos como la participación de ‘un actor que interpreta un papel’) explica por qué los miembros de la comunidad siguen prefiriendo la elegante simplicidad de una lógica desconstructiva andina a la ‘confusión de letras’ de la escritura alfabética. En la primera el Otro es destruido para reconstituir el Sí; en la segunda, tú intentas construir el Sí, pero el proceso mismo termina en confusión —the elegant simplicity of an Andean deconstructive logic instead of the ‘confusion of letters’ of alphabetic writing. In the former, the Other is destroyed to reconstitute the Self; in the latter, you attempt to construct the Self, but the same process results in confusion”— (Arnold, 2005: 127), mucho menos consignando simultáneamente desconstrucción y síndrome logocéntrico o fonocentrismo platónico como vocaciones indoamericanas primordiales, envío multitraductivo que debería comprometer protocolos cuyas premisas hipotéticas, por fuera de un vastísimo y moroso programa comparativo de arborescencia transdisciplinaria, resultarían cuanto menos ligeras de lengua, en esta oportunidad servicio facilitado del primer voleo por la relampagueante versión de illa en “esencia” (Arnold, 2005: 119, 120), prenda levantada en ideal consonancia con los óptimos deseos de la ontoteología misionera, así como sobre el plato de los apartes intitulados “Conclusión: la vida social de un documento escrito” (Arnold, 2005: 128-129) se eleva el sombrero de “Derrida” coronando la simplicidad, que en un desfile de modas merecería el epíteto de casual [a diferencia de las demás fuentes de apoyo, señaladas en atención a las convenciones del género, ningún indicio permite asegurar qué lugar o lugares, momento o momentos de la-vida-la-muerte más o menos social de De la gramatología excitarían anhelos de intimidad capaces de dar por descontada la diferencia “entre escritura ‘concreta’ (más mundana y humana) y escritura ‘metafórica’ (más vinculada con el espíritu y la voz)” (Arnold, 2005: 128), contrastes en los que ningún estudiante de buena voluntad estaría dispuesto a vislumbrar alguna vaga reminiscencia de ésa u otras publicaciones del mismo autor, más bien contrapalos de ideas refractarias u hostiles a las prácticas desconstruyentes, concupiscencia onomástica que habría que cuidarse de comparar con la sed de consanguinidad de los depredadores andinos cada vez que “el propósito de los miembros del ayllu sería apropiarse de otras subjetividades, aun de las escritas, adoptándolas y convirtiéndolas en parientes, aunque sea sobre el papel. En esta instancia, en lugar de la relación asesino-víctima propia de una abierta acción de guerra, este proceso se realiza mediante el acto de nombrar —the aim of the ayllu members would be to appropiate other subjectivities, even written ones, adopting them and converting them in to kin, at least on paper. In this instance, rather than the killer-victim relation of overt warfare, this process occurs by naming” (Arnold, 2005: 107), máxime al estar en juego una coyuntura crucial para la economía demostrativa de un texto que pretende dar con su clavis scientiae confrontando al filósofo que supuestamente se habría encargado de oponer “escritura ‘concreta’ (más mundana y humana) y escritura ‘metafórica’ (más vinculada con el espíritu y la voz)”, vale decir el sustento teórico necesario a las recomendaciones de las que Arnold toma impulso aconsejando de antemano la intensificación del amanse secularizador, en empate con las concreciones más familiares, ahí donde el bulto hermético del significante, grávido de la “presencia aliena” de espíritus siniestros (Arnold, 2005: 94) le parece impedir el aprovechamiento social, real y actual de los libros propiamente dichos, cautivos tras los destellos de las vitrinas del caso], marca probablemente confundida con la de “Rousseau” por interpuesto remedo de una lectura de la lectura del Ensayo sobre el origen de las lenguas o de la Carta a d’Alambert, quizás algunas páginas dedicadas a la exploración del “alojamiento —logement— de la escritura” que, tal como debería haber permitido entender el subcapítulo “La metáfora originaria”, el Ensayo sitúa como avance progresivo de “propiedad”, “exactitud” y “univocidad” opuestas a la temible efervescencia de la metaforización primitiva (Derrida, 1976b: 381-397; traducción: 339-353), sin descartar que el quid pro quo se haya ovillado más aún creyendo leer “El teorema y el teatro” (Derrida, 1976b: 428-441; traducción 381-393) y restituyendo por ende a Derrida la antítesis de presencia y ausencia, combate de rostro y máscara que la Carta a d’Alambert exalta al distinguir entre dos contrastantes modalidades de intervención pública: por una parte la voz que coincide con la puntualidad personal del orador o del predicador, genuina y positiva faz del pacto social, por otra la distante y repetitiva resonancia del comediante, grafismo negativo y espectacular del mismo pacto, a cuya silueta Arnold habría sobrepuesto el donaire seductor del indio en el acto de prestar su acento al kipu —“Esto nos lleva a una pregunta clave: ¿hasta qué punto las prácticas textuales andinas se fundamentaban en la voz, tal como Derrida propone en De la gramatología para las prácticas textuales del Viejo Mundo, en su teoría de la prioridad conceptual de la ‘palabra’ por encima de la ‘escritura’ en la tradición escrita europea? Ciertamente, en todos los ejemplos de arcas y cosas protegidas en ellas contenidas aquí examinados, la teoría dominante de la transmisión sobre la que se apoya la legitimidad del conocimiento depende de una tradición intelectual según la cual la escritura es conceptualmente subordinada al poder vocal. La longue durée de esta historia textual regional implicaría que la escritura europea fue recibida en los Andes como una forma intermediaria para facilitar la repetición oral, y no como un fin en sí mismo. Podemos confrontar la diferencia que Derrida traza entre escritura ‘concreta’ (más mundana y humana) y escritura ‘metafórica’ (más vinculada con el espíritu y la voz) —We might face the difference that Derrida draws between ‘concrete’ writing (more mundane and human) and ‘metaphoric’ writing’ (more tied to the spirit and the voice). En los Andes, la ‘palabra recitada’ era privilegiada por encima de la ‘palabra escrita’ por situarse más cerca de las fuentes de poder y autoridad de la transmisión textual legítima, sobre todo en la memoria social de la figura del Inka. Sin embargo también cuando la ‘palabra escrita’ estaba en disputa, entonces ésta también ocasionaba la misma fuente de poder y autoridad, esta vez en la ‘escritura’ de los kipus del Inka”— (Arnold, 2005: 128), espejismos de misreading que la mimesis parasitaria y el comensalismo de la desconstrucción no justifican, así como no alcanzan a dar razón del flujo devolutivo de síntomas y tesis que tozudos adversarios y seguidores turulatos le atribuyen por igual, intactas y campantes como si jamás Derrida se hubiese dado el trabajo de desconstruirlas. Es así que la tradición oral bogotana, recogida hace muchos años por algunos artistas de circo de los labios de las sombras chinescas de Giorgio Antei, devuelve todavía a “La palabra soplada” (Derrida, 1967a) y a “El teatro de la crueldad y la clausura de la representación” (Derrida, 1967b) el fin de la representación y el rigor de la presencia absoluta vindicados por Artaud, mientras un inquisidor bromista, partidario del “pensamiento postoccidental” y de la “transmodernidad”, cuyas espumosas agudezas se destacan en medio del oleaje terminológico que refresca rítmicamente las theoretical jetties de los Estudios Culturales acreditando su vitalidad salvaje, después de haber asegurado que el canibalismo cultural u “orientalismo” de Derrida es la comidilla de los sinólogos de los círculos académicos por él frecuentados, no necesariamente por el argelino, desde luego, amén de viajeros o residentes que, en los mismos u otros ámbitos comentarísticos, sí estarían al tanto de las características socioculturales del Extremo Oriente —“Es común, entre intelectuales y académicos especialistas o especialistas y con experiencia de educación y morada en la sociedad y la cultura china, hablar del orientalismo implícito en Derrida cuando su crítica al logocentrismo de Occidente se confronta con otras memorias de conocimiento. Un botón de muestra...”— (Mignolo, 2000: 11), resumidos los anónimos datos de dicha encuesta en el ejemplo único de la palabra dada por un experto confuciólogo que, aunque sea someramente, se guarda de identificar los indicios de una inescrupulosa manipulación de cierto fetiche chino —“Un botón de muestra son las observaciones de Jensen al analizar las reflexiones de Derrida sobre la escritura y la historia de China. ‘Además de la persistente falta de conocimiento del idioma chino que niega sus críticos aspectos fonéticos, la mejor razón para rechazar la ‘lectura’ derridiana, o más bien construcción, de lo chino es su explícito sesgo orientalista. Al elevar la civilización china sobre la base de su ‘ausencia’ de logocentrismo, Derrida logra exorcizar a China como fértil reserva de efectos contrastantes que resaltan la terminante incoherencia de la tradición intelectual occidental. Vestigios de la fetichización propia del Iluminismo que consideró a China como ‘otro’ razonado o contraste halagüeño permanecen en la estructura misma de la sensibilidad filosófica de Derrida —vestiges of the Enlightment fetishization of China as the reasoned ‘other’ or flattering contrast remain in the very structure of Derrida‘s philosophical sensibility”— (Mignolo, 2000: 11), primicias noticiosas despachadas por obviedades cuyas fuentes difícilmente esperaría rastrear con éxito el estudiante de buena voluntad a través de todo el resto de la obra de Derrida si se resignase al repaso del abecé gramatológico, no sólo para admitir sin mayor esfuerzo que para el autor de De la gramatología “esta fonetización tiene una historia, ninguna escritura está absolutamente exenta de ella” (Derrida, 1976b: 134; traducción: 119), que “en verdad cada forma gráfica puede tener un doble valor —ideográfico y fonético—” (Derrida, 1976b: 135; traducción 120), que “hace mucho tiempo sabíamos que la escritura china o japonesa, masivamente no-fonéticas, han comportado desde muy temprano elementos fonéticos” (Derrida, 1976b: 137; traducción 122), y que la negación de esos elementos está involucrada en el simulacro que Derrida ya había apodado “prejuicio ‘chino’” (Derrida, 1976b: 112; traducción 100) delatando “todos los proyectos filosóficos de escritura y de lenguaje universales, pasilalia, poligrafía, pasigrafía, llamados así por Descartes, esbozados por el P. Kircher, Wilkins, Leibniz, etc.” (Derrida, 1976b: 112), en particular la función del modelo chino en los proyectos de Leibniz pues, “a su juicio, lo que libera a la escritura china de la voz es también lo que, por la arbitrariedad y el artificio de la invención, la arranca a la historia y la hace propicia para la filosofía” (Derrida, 1976b: 113; traducción 100), filosofía de Leibniz, no de Derrida, si en atención al empleo eurocéntrico del término “filosofía” sigue siendo la soñarrera de quien, lejos de predicar la “‘ausencia’ de logocentrismo” o su vigencia en la civilización china, se habría preocupado por interrogar el origen de la fonetización refiriendo entre otras la perspectiva de Jacques Gernet, para quien “debe destacarse que no se encuentra en China esta sorprendente valoración del habla, del verbo, de la sílaba o de la vocal, que se encuentra en todas las grandes civilizaciones antiguas desde la cuenca mediterránea hasta la India” (Derrida, 1976b: 138; traducción 123), cita ofrecida como “testimonio de un poderoso movimiento de civilización desenvolviéndose al margen de todo logocentrismo” (Derrida, 1976b: 137; traducción 122), testimonio del citado Gernet, no de la operación desconstruyente que sobre la marcha se encarga de ponerlo en tela de juicio, no para que algún día el resuelto estudiante llegue a sospechar que el señalamiento de la perversión “orientalista”, ademán crítico manifiesto desde 1978, tal vez no se habría perfilado con igual perentoriedad si once años antes alguien no hubiese señalado un encubrimiento que, “lejos de proceder, en apariencia, del desprecio etnocéntrico, adquiere la forma de la admiración hiperbólica” (Derrida, 1976b: 119; traducción 106), o sea el disimulo mediante el cual en tiempos de Leibniz y hasta el siglo XX “el concepto de la escritura china funcionaba como una especie de alucinación europea. Lo cual no implicaba nada de casual: ese funcionamiento obedecía a una necesidad rigurosa. Y la alucinación traducía menos una ignorancia que un desconocimiento negador” (Derrida, 1976b), al amparo de semejante muestra y de quién sabe cuántos otros botones esgrimidos en anteriores desafíos, después de haber picado el ojo al lector observando que “afortunadamente los escritos de Derrida no son sagrados...” (Mignolo, 2000: 11), no sin antes haber rendido el tributo prescrito en estas ocasiones por el galateo académico —“... de tal modo que poner de relieve sus límites no implica desconocer la inmensa contribución de su obra”— (Mignolo, 2000), a renglón seguido deja saber que “a veces, la crítica deconstructiva del logocentrismo arrastra el peso de la universalidad del logocentrismo que critica” (Mignolo, 2000)—, a cuentas hechas y en nombre de los concretos parámetros de vida ciudadana adherentes a la diferencia colonial más pedestre, cotilleo de post-cocktail party que sobre un andén de la Séptima, a las tres de la mañana, resultaría tan íntimo y tertuliante cuanto la argumentación entrecruzada por las gemelas siamesas Ultranza y Cadencia, en esta zona de Bogotá conocidas como las fabulosas Cutout Sisters, disputándose la puerta de un taxi, a la salida del Billar Club la U.


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