DOI:
https://doi.org/10.14483/21450706.23902Published:
2025-12-11Issue:
Vol. 21 No. 39 (2026): enero-junio 2026Section:
Sección CentralDe la tradición religiosa a la deconstrucción herética: una exploración a los rostros del fantasma
From Religious Tradition to Heretical Deconstruction: An Exploration of the Faces of the Ghost
Da Tradição Religiosa à Desconstrução Herética: Uma Exploração dos Rostos do Fantasma
Keywords:
ánima, aparición, autoetnografía, brujería, fantasma, religión (es).Keywords:
ánima, autoethnography, ghost, ghostly apparition, religion, witchcraft (en).Keywords:
anima, aparição, autoetnografia, bruxaria, fantasma, religião (pt).Downloads
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Recibido: 11 de julio de 2025; Aceptado: 7 de octubre de 2025
Resumen
Este artículo presenta una retrospectiva conceptual en torno a la idea de fantasma, o ánima, en su acepción colombiana. Se confrontan los conocimientos que la tradición oral y la religión católica pueden entregar (cuyas fuentes principales son la abuela del investigador y el estudio iconográfico de Guzmán Almagro, 2017) frente a la idea filosófica de ‘lo anadiómeno’ en la imagen (Didi-Huberman, 2015) o las desavenencias literarias entre Margarita y su fantasma (de Francisco Bejarano, 2001). Finalmente, se teje un puente entre saberes canónicos y apócrifos que permite entender más panorámicamente la figura del ánima. Este artículo constituye un extracto sucinto del Capítulo II de la tesis de maestría ‘Animagorías: un estudio a los fantasmas de lo cotidiano a través del cortometraje de ficción’, en la que, por medio de un tríptico audiovisual, el espanto desata sus posibilidades narrativas en los argumentos y entornos más mundanos.
Palabras clave
ánima, aparición, autoetnografía, brujería, fantasma, religión.Abstract
This article offers a conceptual retrospective on the idea of the ghost, or ánima, as conceived in Colombian folklore. It explores the contrast between knowledge within oral tradition and Catholicism —whose the main sources are the researcher’s grandmother and Guzmán Almagro’s iconographic study, 2017)— with philosophical reflections on the anadiómenon in the imagery (Didi-Huberman, 2015) alongside the literary disagreements between Margarita and her ghost (de Francisco Bejarano, 2001). Ultimately, the article weaves a bridge between canonical and apocryphal forms of knowledge about the ánima, which in turn allows for a more panoramic understanding of this figure. This article is a concise excerpt from Chapter II of the master’s thesis “Animagorías: A Study of Everyday Ghosts through Fictional Short Films”, in which an audiovisual triptych gives space for the ghost to unleash its narrative possibilities within the most ordinary plots and settings.
Keywords
ánima , autoethnography, ghost, ghostly apparition, religion, witchcraft.Resumo
Este artigo apresenta uma retrospectiva conceptual sobre a ideia de fantasma, ou anima, no seu significado colombiano. O conhecimento que a tradição oral e a religião católica podem fornecer (cujas principais fontes são a avó do investigador e o estudo iconográfico de Guzmán Almagro, 2017) confronta-se com a ideia filosófica da ' adição' na imagem (DidiHuberman, 2015) ou com os desacordos literários entre Margarita e o seu fantasma (por Francisco Bejarano, 2001). Finalmente, tece-se uma ponte entre o conhecimento canónico e apócrifo que nos permite compreender a figura da anima de forma mais panorâmica. Este artigo é um excerto sucinto do Capítulo II da tese de mestrado 'Animagorías: um estudo dos fantasmas do quotidiano através do curta-metragem', no qual, através de um tríptico audiovisual, o terror liberta as suas possibilidades narrativas nos enredos e ambientes mais mundanos.
Palavras-chave
anima, aparição, autoetnografia, bruxaria, fantasma, religião.Résumé
Cet article présente une rétrospective conceptuelle sur l'idée de fantôme, ou anima, dans sa signification colombienne. Le savoir que la tradition orale et la religion catholique peuvent fournir (dont les principales sources sont la grand-mère du chercheur et l'étude iconographique de Guzmán Almagro, 2017) est confrontée à l'idée philosophique de « l'ajout » dans l'image (Didi-Huberman, 2015) ou aux désaccords littéraires entre Margarita et son fantôme (par Francisco Bejarano, 2001). Enfin, un pont est tissé entre la connaissance canonique et apocryphe, ce qui nous permet de comprendre la figure de l'anima de manière plus panoramique. Cet article est un extrait succinct du chapitre II de la thèse de master « Animagorías : une étude des fantômes du quotidien à travers le court métrage », dans lequel, par le biais d'un triptyque audiovisuel, l'horreur libère ses possibilités narratives dans les intrigues et environnements les plus banals.
Mots clés
anima, apparition, autoethnographie, sorcellerie, fantôme, religion.Introducción
Cuando lo pensamos con detenimiento, todas las personas tenemos una cierta cercanía hacia los fantasmas 1 . Son uno de esos temas que nos generan escalofrío y morbo en partes iguales. Por ello, somos incapaces de decirle que no a una historia de espantos cuando se nos relata en medio de la penumbra, a pesar de saber que podría desvelarnos como consecuencia. La tradición oral, las creencias —propias o ajenas—, la fe, las filosofías, las pseudociencias, así como los versos, rimas o prosas relacionadas robustecen el tema y hacen que cada quien elabore sus propias concepciones sobre lo que un fantasma es o no es.
Los saberes relacionados con lo fantasmagórico pueden dividirse en dos clases. La primera se encuentra animosamente aferrado a la fe religiosa, la honra a los sacramentos y lo considerado sagrado —se trata de un saber que durante mucho tiempo ha sido considerado canónico 2 . La segunda clase acoge aproximaciones que cuestionan lo fantasmal desde la filosofía, la psicología, las prácticas chamánicas y la catarsis del quehacer artístico. Este bien podría considerarse un saber apócrifo o herético, porque se sale de la línea trazada de lo que muchas religiones consideran correcto; escudriña en terrenos desconocidos o misteriosos (arcanos), los cuales son tabú. A partir de estas dos categorías, que dicho sea de paso comparten una génesis mítica y supersticiosa, comenzaremos a desglosar la polisemia del concepto de fantasma.
Para acercar la revisión a un terreno más autóctono e íntimo, se ahonda en la vida y prácticas espirituales de la Familia Mejía Gutiérrez 3 , más específicamente Hilduara y Carmen, abuela y bisabuela del autor del presente artículo. Como conclusión, se tiende un puente entre saberes, evocando un universo pinto-resco que oscila entre espantos, brujas, fenómenos visuales y espíritus que por momentos (y muy a su manera) se tornan palpables.
Breve sobrevuelo genealógico
Carmen Julia Gutiérrez Ordóñez e Hilduara Mejía Gutiérrez son madre e hija, respectivamente. Su relación ha estado marcada por dinámicas muy propias de la idiosincrasia antioqueña: mientras que la hija salía a rebuscarse el diario mediante múltiples y desgastantes trabajos, la madre se quedaba en casa cuidando de los niños. No hubo una masculina en sus vidas y “la mamita era la que cuidaba de los nietos”, como se diría popularmente.
Aunque las dinámicas del hogar y del cuidado ya eran lo suficientemente dispendiosas, Carmen no desperdiciaba la oportunidad para hacerse con ‘sus propios pesitos’. A través de habilidades que aún hoy en día resulta difícil precisar de dónde las aprendió, se comenzó a dedicar a la cartomancia 4 . Los niños a su cuidado rápidamente agotaron la curiosidad por lo esotérico, e hicieron parte de su paisaje las visitas los martes y viernes de damas encopetadas y muy atribuladas a la vivienda. Por ellos también era dado por sentado que los lunes, miércoles y jueves eran días destinados a abastecerse de materias primas para los ‘riegos y remedios’ que le encargaban. Las labores de Carmen se extendieron hasta los últimos días de sus 77 años.
Hilduara, no está de más decir, pasó la mayor parte de su infancia bajo el cuidado de su abuela Elisa 5 , siempre fue una católica fervorosa de manual. Rezaba, iba misa y peregrinaba a las necrópolis con la intención de saludar a los difuntos, ofrecerles oraciones e invocar su continuo auxilio para buscar alguna voz de aliento dentro de una existencia llena de dificultades y trabajo pesado. Más allá de las plegarias y los actos de contrición, ella siempre manifestó que los cementerios le transmitían cierto gusto estético; simplemente, disfrutaba recorrerlos. Fue cabeza de hogar durante años y nada nunca le hizo falta a los miembros de su familia. Una vez los más pequeños llegaron a cierta edad e independencia, Hilduara se dedicó a viajar con su compañero sentimental y a pintar con acrílicos todos esos dibujitos cándidos que desde niña ya delineaba en hojas sueltas. Sin pensarlo, se convertiría en una de las principales exponentes de su técnica en el país: el primitivismo. A Hilduara siempre le ha gustado contar historias, su memoria prodigiosa le facilita enfatizar hasta en los detalles más inocuos; sus experiencias paranormales, así como esos episodios enigmáticos del quehacer de Carmen6, han sido constantes dentro de su anecdotario durante las visitas familiares.
Figura 1: Carmen e Hilduara un 28 de marzo de 1952, Archivo familiar
El mito (o la necesidad por un origen)
Cada cultura en su afán por explicar un mundo que muchas veces se escapa de su entendimiento ha elaborado sus propias creencias y mitos respecto a la cotidianidad que la envuelve. Uno de los más importantes tiene que ver con la idea de qué ocurre con los seres queridos una vez mueren y la posibilidad de su retorno; esta es una actitud que no solo busca hacer de la realidad algo más tangible, sino concebir al óbito como algo menos aplastante.
Lucía Maina Waisman, en su artículo El mito del progreso’ (2014), explica cómo la humanidad se aferró a sus creencias y las hizo parte de su naturaleza. La autora fundamenta su explicación en una doble lectura de la historia (cíclica y lineal):
En el pasado, como hemos visto, la humanidad pudo soportar los sufrimientos históricos porque tenían un sentido metahistórico, natural o divino (...) Esta concepción cíclica del tiempo no puede escindirse, asimismo, del vínculo que estas sociedades poseían con la naturaleza, ya que es allí donde el tiempo se veía con mayor claridad como eterna repetición [las estaciones, temporadas de apareamiento] (...). En tanto, la visión lineal de la historia, que puso en manos de hombres y mujeres su propio destino, no podía resultar tolerable sin una fe que permitiera encontrar un fundamento último a los acontecimientos y al terror que inspira su irreversibilidad [la posibilidad de la existencia de un paraíso o un infierno]. (pp. 140 y 143).
Por su parte, elaborando sobre lo sagrado y lo profano, Mircea Eliade (1981) expone que el ser humano tiende a sectorizar los espacios en los que habita, categorizando unos como mundanos y otros como divinos. Esto le permite acceder a una especie de ‘fundación del mundo’.
Para vivir en el Mundo hay que fundarlo, y ningún mundo puede nacer en el «caos» de la homogeneidad y de la relatividad del espacio profano. El descubrimiento o la proyección de un punto fijo —el Centro— equivale a la Creación del Mundo. En la extensión homogénea e infinita, donde no hay posibilidad de hallar demarcación alguna, en la que no se puede efectuar ninguna orientación, la hierofanía 7 revela un «punto fijo» absoluto, un «Centro». (p. 12)
Ahora, un cuestionamiento a considerar: ¿Esta necesidad por sacralizar el mundo se nos es inculcada, o viene de dentro? Eliade complementa su tesis sugiriendo que la religiosidad es una pulsión instintiva, un conocimiento a priori que simplemente ponemos de manifiesto. “No se trata de especulación teológica, sino de una experiencia religiosa primaria, anterior a toda reflexión sobre el mundo” (p. 12), enfatiza el autor rumano.
El nexo entre la humanidad y la religiosidad es tan firme, que aún los más racionales en su existencia más desacralizada, conservan vestigios de una lectura espiritual del mundo (Eliade, 1981). La principal prueba de ello es la importancia que atribuimos a lugares significativos de nuestras vidas (el pueblo natal, el colegio, los sitios de encuentro con el primer amor) o a fechas importantes del año (el día de la madre, navidad, o cumpleaños). Waisman (2014) mencionaba la fe, que suele conectarse directamente con una religión formal o una(s) deidad(es) en específico; no obstante, paralelamente existe la superstición, que es un poco más abierta y dúctil.
Suspensión y suspenso, palabras muy cercanas, que nos llevan a una tercera en este orden de ideas de un algo suspendido en el aire, sutil, sin asiento, por encima o alrededor nuestro: es la palabra “superstición”, que significa en principio el hecho de mantenerse por encima, el hecho de dominar desde arriba (...) Lo que nos obsesiona o nos amenaza no tiene siempre la forma de una espada suspendida sobre nosotros, pero puede igualmente existir, e incluso en grado sumo, en el polvo que baila por encima de nosotros, a nuestro alrededor”, explica Georges Didi-Huberman en la primera parte de sus Ensayos sobre la aparición. (2015, p. 60)
En cierto sentido, a través del cumplimiento y desobediencia de los dogmas o la concepción de atraer la buena o mala suerte, podemos extraer una radiografía sobre las convenciones éticas y morales con las que una sociedad decide cómo actuar. Este tipo de lógica otorga cierta sensación de control sobre el devenir, el futuro; el ansia por el “¿qué pasará mañana?”, se torna pasajero. Entonces nos vemos encerrados por dos polos diametrales; uno capaz de brindar abundancia y bendiciones (cuando convencionalmente se “actúa bien” y se siguen sin reproche las sagradas escrituras, atrayendo la buena suerte), mientras que el otro depara represalias e infortunios (cuando se cometen “actos reprobables”, se entra en pecado y se llama a la mala suerte).
Saberes canónicos (tradición y fe) Revisión histórica
Tomando la tradición helénica como punto de partida y rastreando esas primigenias apariciones fantasmales en la cultura y la literatura, nos damos cuenta que ya
en la Odisea encontramos el relato del primer encuentro con fantasmas de la literatura de Occidente. Las almas que son invocadas por Ulises (...), se presentan como un remolino de sombras que luego de beber la sangre toman forma humana y pueden transmitir mensajes y mantener una conversación. Este regreso implica la existencia de una conexión de los difuntos con el mundo de los vivos y la posibilidad de interacción a través de un acto voluntario de comunicación. (Lázaro Olier, parafraseando los textos de Alejandra Guzmán Almagro, 2021, p. 3).
Figura 2: Aquiles tratando de agarrar la sombra de Patroclo (1803), por Johann Heinrich Füssli.
A los relatos orales, los poemas y la dramaturgia griega, le sigue la tradición romana (Guzmán Almagro, 2017), dentro de la cual aparece el concepto de “casa embrujada”. Se atribuía a un daimon , una entidad que se halla en un punto intermedio entre los mortales y las divinidades, que deambulaba por los habitáculos del hogar, la percepción de ruidos extraños, sensación de inquietud constante, y que los objetos se movieran de su lugar sin explicación dentro de una casa, lo cual podía incluso desvalorizar un inmueble.
Con la llegada de la Edad Media, se da un proceso de radicalización entre el bien y el mal (Olier, 2021). Los teólogos debieron hallar la manera de vincular las tradiciones paganas con las doctrinas cristianas, que habían adquirido popularidad (a la fuerza) por aquellos años.
En primer lugar, la creación del purgatorio que recupera la existencia de un más allá igual para todos como en los relatos grecorromanos, también retoma de la tradición judía el Sheol, un lugar intermedio donde iban a parar las almas después de la muerte para luego ser enjuiciadas por sus actos. A los malos se los condenaba al Gehenna y los buenos podían resucitar. (p. 5)
Figura 3.: Spirit (1885), por George Roux
Esta apropiación y reinterpretación de prácticas espirituales de culturas divergentes continuó con el pasar de los años; es así como, explica Guzmán Almagro (2017), la idea del diablo como entidad omnipresente, los exorcismos como método para apaciguar y espantar a los fantasmas, e incluso la aparición de los tratados demonológicos se hicieron un espacio dentro del canon religioso regente. Con la llegada del Renacimiento, la época moderna, la imprenta y, con ellas, un mayor grado de alfabetización entre el vulgo, estas ideas y tesis sobrenaturales comenzaron a hacerse parte de la cultura popular. Olier (2021) explica que estos tratados en cierto modo tendían un puente entre el mundo más erudito y la fe más ardiente; aparte de intentar responder a controversias teológicas, se buscaba por medio de los estudios en física o los conocimientos anatómicos entender los fenómenos paranormales. Lo irónico es que si la exégesis aún no era lo suficientemente convincente, el diablo era el comodín absoluto al cual culpar.
Me resulta deslumbrante pensar cómo muchos de los clichés, generalidades o estereotipos que hoy en día tenemos sobre la idea de fantasma, llegan a ser rastreados hasta un punto tan remoto de la civilización humana. En muchos sentidos, podríamos estar hablando del tatara-tatarabuelo de los monstruos, el espanto más viejo por excelencia. Un motivo más, y de bastante peso, para tenerle aprecio. (p. 9)
La evolución la figura del fantasma persistió a lo largo del tiempo. Aunque hubo periodos históricos en los que su interpretación mística fue condenada y contrapuesta a lecturas más intelectuales, filosóficas y científicas, como ocurrió durante la Ilustración, tarde que temprano volvió a emerger como una perspectiva arcana y esotérica que, dicho sea de paso, ahora generaba curiosidad y fascinación, especialmente durante el Romanticismo. Dentro de este contexto, tomó forma la novela gótica y subsecuentemente se desprendieron otro tipo de narraciones que serían llevadas a otros medios de expresión emergentes, como el cine. Este último, tanto en su etapa más primitiva como en sus periodos modernos, amplió los alcances y las representaciones visuales del espíritu atormentado que retorna de la muerte. Mediante sombras, superposiciones de planos, complejos entramados de cableado para hacer levitar actores u objetos, los cineastas buscaron materializar todo ese imaginario místico colectivo que durante siglos había cultivado la humanidad.
Ánimas del purgatorio, ¿quién las pudiera aliviar?...’: El fantasma en Colombia
Vayamos ahora la vista hacia un entorno más autóctono, Colombia, y su entendimiento del fantasma a lo largo de los años. A pesar de haber sido declarado como país laico en su constitución política de 1991, la religión continúa siendo una pieza estructural en la vida del colombiano de a pie. Según un estudio de Ipsos (2023), el 73% de la población se reconoce como cristiana, lo cual sugiere que el país cafetero mantiene un arraigado fervor religioso y una fuerte inclinación hacia lo supersticioso. Esta tendencia se explica, en gran medida, por influencia de la colonización española (siglos XVI–XVIII), el precario nivel de alfabetización de la población (siglo XIX y parte del XX) y una tradición oral autóctona que tendía a justificar cualquier fenómeno a través de la fantasía, lo divino o lo esotérico. De este modo, tales sucesos eran apropiados, normalizados e integrados en la cotidianidad… con un toque de realismo mágico y de gótico tropical.
Una de las prácticas o tradiciones más fascinantes, siniestras y curiosas que profesa la doctrina cristiano-católica, no podría ser otra que el fervor del fiel hacia las omnipresentes ‘ánimas 8 benditas del purgatorio’. La religión católica es intrínsecamente culposa y violenta. Como sangre, estas características bañan todos sus modos y prácticas. El catolicismo asume que la vida es una seguidilla de sufrimientos constantes, pues mientras más miserable se es en el plano terrenal, mayor será la recompensa en el plano celestial: “Dichosos los que sufren, porque serán consolados” (Mateo 5:4). La principal prueba de ello es ni más ni menos que su figura central, su mártir por excelencia, la figura enclavada repleta de cardenales al fondo de todas las parroquias, Jesús de Nazaret. Detallar su calvario (pasión, muerte y resurrección) resume un poco el tipo de vida que se espera del buen cristiano. ¿Y después de la vida, qué?
Otro de los principales preceptos del catolicismo es la cuestión sobre dónde se pasará la eternidad. El purgatorio es en definitiva uno de los destinos más comunes, aunque de lo menos apetecibles a aspirar. Se trata de una especie de antesala repleta de almas que no tuvieron los suficientes méritos en vida para poder ascender al cielo. Allí, los afligidos piden intercesión a través de rezos para expiar sus pecados, bajo la condición de ofrecer favores a los vivos. Se trata de un diálogo continuo entre la iglesia militante y la iglesia purgante.
Si bien actualmente semejante veneración culposa es más propia de adultos mayores y las generaciones más antiguas del país, existen zonas como Yolombó - Antioquia, donde oficios como el del ‘ animero ’ estuvieron en vigencia hasta hace muy pocos años. El documental corto de 2015 realizado por estudiantes de Comunicación Social - Periodismo de la Universidad de Quindío, El último animero, nos cuenta cómo, sotana puesta, campana en mano y rezos en la boca, Roberto Arboleda sacaba a pasear a las ánimas por todo el pueblo a media noche. “Récenles a las ánimas benditas porque se está pidiendo un padrenuestro para que ellas descansen en paz; porque de todas maneras son espíritus que compartieron con nosotros muchas cosas”, repetían los padres de Fanny Agudelo, habitante del municipio, una vez escuchaban al animero transitar por alguna calle cercana.
Roberto Arboleda, por su parte, afirma que nunca sintió miedo de lo que una vez fue su oficio. La vejez, así como el crecimiento demográfico de Yolombó, le han impedido continuar con la labor. De hecho, afirma que ha podido realizarse como persona gracias a las ánimas, pues pactó ser quien las sacara a pasear por el municipio en las noches, a cambio de que le permitieran conseguir una vivienda. ¡Y cumplieron! “Lo que dan las ánimas eso no lo puede robar nadie (...) Esta casa es de ellas”, afirma con resolución.
Ortodoxia familiar
Interceder por las ánimas no implica únicamente diezmos cuantiosos, organizar un sinnúmero de misas, servir un vaso de agua a la vera de la puerta para que no estén sedientas o clamar hasta perder el sentido “¡Qué Dios las saque de penas y las lleve a descansar!” (Apostolado Bíblico Católico, 2023). También representa, según las generaciones mayores, visitar cementerios (lugar de descanso de sus restos mortales). Hilduara Mejía Gutiérrez, matrona, creyente piadosa y pintora primitivista 9 de 90 años, asegura haber sido espantada durante su juventud, cuando pasaba de largo sobre las lápidas sin tocarlas, sin saludarlas… Hubo orbes de luz que se abalanzaron sobre ella desde el templete de la necrópolis. También escuchó voces finas y quedas que le ordenaron callar (“¡Shhh!”) o que directamente llamaron su atención al verla caminar: “Adiós…” (Bitácora de una tesis III - 2023, 5m05s).
El ánima es un espíritu acompañante que establece un vínculo simbiótico con el vivo; que puede ser tan benigna y a la vez tan siniestra como perniciosa. El ánima es un ser querido que nunca nos abandona aunque ya se haya ido. El ánima es una reflexión existencialista, un bálsamo que nos asegura que aunque la cruda realidad y la fría muerte digan lo contrario, no estamos solos.
Yo antes de acostarme o levantarme me despido de la Virgen o el Señor… me echo la bendición… Mijo, si usted analiza uno a veces está muy solo. Usted cree… uno que tuvo tanta gente, y llega el momento en el que no hay nadie… ¡Nadie! (...) uno tirado en una cama solo… ¡nadie!. (Mejía Gutiérrez, H., Bitácora de una tesis III - 2023, 9m29s).
Para la pintora nonagenaria, las ánimas son más que entidades etéreas descritas en evangelios y novenas, día a día están atentas y dispuestas en las esquinas de las piezas, en el altar de la cocina, en el escapulario que se amarra al cabezal de la cama. La prueba máxima de su manifestación bien podría radicar en sus actos de servicio, es decir, su habilidad para conceder favores, milagros, o tareas dificultosas.
Saberes apócrifos (razón, poiesis y herejía) El cisma (o la necesidad por ir más allá de los sesgos)
Cuando las explicaciones religiosas o espirituales resultaron demasiado incipientes, insípidas, repetitivas, herméticas o tal vez insostenibles; el ser humano comenzó a buscar caminos alternativos (disidentes) que pudieran ir más allá de lo que los dogmas o el consciente popular podían formular. Terrenos particularmente fecundos serían el campo de la filosofía, el de las artes plásticas y la literatura. Con anterioridad, ya se habló sobre un periodo donde la poiesis 10 encontraba un particular interés en lo arcano, lo siniestro y todo aquello que produjera terror (el romanticismo, la novela gótica). A esta necesidad por expandir el entendimiento desde otras aristas del prisma, lo llamaremos apócrifo .
Apariciones en las imágenes: Lo anadiómeno
Georges Didi-Huberman analiza el fenómeno del fantasma desde lo físico y lo material. Su compendio de ensayos, ‘Fasmas’ (2015), trae múltiples ejemplos a la mesa. A través de las fotografías de Victor Regnault -más concretamente de una pieza inédita y sin título que data de 1850-, el autor reflexiona, divaga y diserta sobre la fragilidad del negativo; lo que representaba una imagen fotográfica para la época y su impacto futuro tras una invasiva alteración (el esbozo de una “fatalidad” latente).
Para resumir la historia sobre un calotipo 11 en el que retrataba a su familia, Regnault repasó con un lápiz un rostro que se posaba sobre el hombro de su esposa (justo al lado derecho de la imagen). Se asume que la faz ennegrecida se trataba de su hijo inquieto, quien seguramente habría arruinado el aplomo de la fotografía con alguna mueca o movimiento. Cuando este negativo se positivó, este tachón oscuro transmutó en una especie de aureola de luz blanca autocontenida (no posee un efecto lumínico sobre las personas y objetos que la rodean). “Es algo como un espectro: monstruo de la desemejanza. Es un don de disimulación” (2015, p. 62), describe Didi-Huberman. La práctica de Regnault buscaba invisibilizar algo indeseado, pero terminó por resaltar otro elemento del encuadre. Se trata de la existencia desde el vacío o desde la ausencia. La integridad material, la mella o la pátina, termina siendo pues aquello que recarga al objeto con un halo fantasmagórico.
¡Pero la imagen aún no termina de compartirnos su historia!
Resulta que uno a uno, los miembros de la familia de Regnault fueron muriendo. Su hijo, en particular, sepultado en el calotipo gracias al polvo del grafito, moriría en un terroso campo de batalla en 1870 12 . Pareciera ser que el acto de alteración fotográfica, hubiese presagiado el cruel y fatídico destino de su descendiente. Para el siglo XIX, la tenencia de la foto de un ser querido era un recuerdo invaluable sobre su trasegar en vida. En otras palabras, se podían considerar como el tiempo mismo encapsulado en un cuadro de papel… estropear, rasgar o tirar una evocación de este tipo, era el equivalente a perder una parte de la materialidad (aún terrenal) del pariente fallecido.
La naturaleza intrínseca de la fotografía desprende un aura tétrica y mística per se. Como si más allá de procesos químicos y ópticos, aquella cajita negra de diminutas aberturas (la cámara) conjurara algún encantamiento capaz de capturar al detalle una mueca, una pose, una persona, un momento del tiempo. No es de extrañar que durante los años más primitivos y rudimentarios de esta técnica, se tejiera en torno a él agüeros que relacionaban el proceso de obturación con el de extraer el alma de un cuerpo. También, proliferaban creencias sobre su capacidad de registrar y capturar a entidades sobrenaturales (la fotografía espiritista de mediados del Siglo XIX). Para Derrida y Benjamin,
Figura 4. :
Sin título (1850), por Victor Regnault
Figura 5.: Familia Mejía Gutiérrez. De izquierda a derecha: Alberto (hija), Carmen (madre), Hilduara (hija), Sonia (hija). Abajo, Elisa (abuela). A la fecha, solo Alberto e Hilduara siguen con vida. Fotografía archivo.
Lo que se fotografía no es el objeto sino el tiempo al que éste está sometido (…) Toda fotografía anuncia la inminencia de la muerte, la muerte que atraviesa la vida de parte a parte. El estremecimiento que produce observar la fotografía de algún ser amado que ya no está se debe a que sabemos que en ese preciso momento se captó su condena a muerte” (Llevadot, 2018, p. 116).
Aunque hoy en día el proceso análogo ha entrado en desuso, siendo sustituido por la fugacidad, frivolidad y sobreestimulación de la fotografía digital (y de redes sociales), el hálito de fatalidad y espectralidad de la fotografía se sigue conservando en su núcleo.
Figura 6.:
Venus Anadiómena (s.f.), por Apeles.
El obturar representa comulgar con la muerte, pues sobre nuestras manos reposa el eterno presente atrapado en una pantalla de millones de píxeles. Es inquietante pensar cómo se ignora que las personas que reposan sobre la superficie de una imagen recién capturada, son eternamente más jóvenes que las mismas personas que segundos después examinarán la calidad de la mencionada foto.
Para continuar con sus descripciones sobre el fantasma (fasma), el historiador Didi-Huberman rescata términos del mundo de la pintura de la Edad Antigua, más específicamente del cuadro de Apeles, Venus Anadiómena. Este último vocablo, poco común, es paladeado un buen rato en sus discursos. Es la palabra del flujo y la palabra del reflujo: lo anadiómeno expresa lo que está presente, pero que al unísono se oculta. “Significa a la vez lo que emerge, lo que nace, y también lo que vuelve a sumergirse” (p. 114). Que académicos como Regnault se animen a hablar desde las lúdicas que pueden suscitarse gracias a la imagen emborronada o quemada, o el movimiento dentro de algo que por antonomasia debería percibirse estático, es una de las lecturas más tácitas que podemos tener sobre qué y cómo se revela un espíritu. Es lo más cercano a tocar a un fantasma.
Hasta ahora, podemos detectar un elemento perenne en los postulados de Didi-Huberman: la (in)constancia de la aparición… la entidad que asalta nuestra retina y permanece proyectándose (titilante) en ella. Un postulado ideado para la comprensión de la imagen, pero que nos remite con suma facilidad a las figuraciones fantasmales y animistas que Hilduara carga en su día a día y sus historias sobrenaturales.
Grafías del más allá
Por el lado de la ‘literatura fantasmagórica’ encontramos un sinnúmero de ejemplos que parten de los relatos Homéricos -siempre tan épicos, trágicos y dramáticos-, hasta nuestros días –con un Stephen King que en su prolífica bibliografía de mamotretos, detalla el lado más sórdido del alma humana-. Nos centraremos en un autor cuyos métodos de aproximación al terreno del fantasma poseen puntos de giro brillantes y perturbadores.
Se trata de Francisco Bejarano (2001), quien en un cuento corto, sencillo y además enigmático como lo es Margarita y su fantasma, podemos apreciar un desarrollo de múltiples temas y un juego constante con el título del relato.
De entrada, se cultiva esa idea de cómo en nosotros duermen fantasmas del pasado y de alguna manera buscamos darles caza. Durante esta persecución se materializan obsesiones y frustraciones: acaso buscamos recomponer algo que ya está deshecho, reencontrarnos con algo que ya no existe, o incluso llenar esas partes de un hueco (pensemos en cómo Margarita se encapricha con una casa que le había fascinado desde pequeña).
De igual manera, dentro de este universo siniestro nos enmarca en un ambiente donde la predestinación y la desgracia aguardan. José, su esposo, desde el principio le advierte: “en esa casa hay un fantasma; y es un fantasma que te espera a ti, no a mí (...) No quiero vivir aquí Margarita. El fantasma se va a manifestar” (p. 11). Podría suponerse en primera instancia que este espectro 13 referencia la obsesión de Margarita por su ‘hogar platónico’. No obstante, nos damos cuenta a mitad de la narración -a modo de punto de giro- que Don José se transforma en un alma en pena tras suicidarse. Magarita conserva su comunicación con él a pesar de que ya no está, a sabiendas de que familiares, amigos y sirvientes comienzan a reconsiderar el estado de su cordura. El fantasma ya no es solo la casa, sino que esta categoría se ha proyectado (metonimizado 14 ) y abrazado al propio José… pareciera que todo este tiempo estuvo vaticinando su azar.
Estas nuevas interpretaciones que expone la literatura no solo son mis favoritas, al mismo tiempo, son con las que más encuentro sintonía. A través de ellas, veo que el eterno tormento y acecho del fantasma se esclarece y profundiza. Su estado de la materia cambia; la imagen se enfoca, la dolencia adquiere por fin un nombre: desamor. Ya no hay que estar muerto para convertirse en un ser penante… y yo me he encontrado ahí.
Entonces, tenemos el concepto de fantasma como recuerdo opresivo del pasado, como profética calamidad, y como una grieta comunicativa que poco a poco se expande hasta un quiebre. Este nuevo trío de significados establece, en cierta medida, una resonancia con lo que Didi-Huberman consideró en
otro ensayo llamado El Gesto del Fantasma (2008). En él, analiza Las Piedades de Pascal Convert y medita en torno a la pérdida de un ser querido por la guerra. Concluye -parafraseando a Janine Altounian- que uno de los fantasmas más devastadores y mortificantes que podemos encontrar, es aquel que se ha alojado dentro de nosotros. “Lo terrible de los muertos son sus gestos de vida en nuestra memoria. Pues entonces viven atrozmente, y nosotros ya no entendemos nada […] Estos gestos, que sobreviven extrañamente a los seres que les insuflaban vida, se graban por así decirlo en nuestro cuerpo psíquico y nos habitan sin poder separarse de nosotros. Están cautivos en nosotros, que somos para siempre sus únicos poseedores” (p. 290). No se trata de un acto de posesión y tampoco -necesariamente– de una muerte, sino de una tristeza enquistada.
¿Será esta melancolía imperecedera la que lleva a Hilduara a esa constante invocación de los seres queridos que ya han partido?
Heterodoxia familiar
Mientras que Hilduara comentó su devoción hacia las ánimas y a los actos de intercesión, su madre, Carmen Julia llevaba sus convicciones hacia otras resonancias. Como ya se explicó con anterioridad, desde el comedor o el patio de su casa, mientras cuidaba a sus nietos de soslayo- atendía visitantes que solicitaban sus ‘servicios mágicos’: lectura de cartas y del tabaco, riegos y brebajes a base de plantas para atraer la fortuna o repeler el mal de ojo, amarres y venta de talismanes protectores (réplicas de La Cruz de Caravaca 15 )... ¡qué era una bruja! “Desde los 20 años se enfocó en aprender ese arte y lo hacía muy bien, además (...) Alguna gente [aristócratas manizaleños] le tenía mucha fe, y otros le tenían como miedo”, asegura Juan Carlos Martínez, al describir algunos de los trabajos por los que era consultada su abuela (Bitácora de una tesis III - 2023, 12m44s).
De manera general, podría decirse que la praxis de Carmen se trataba de una mixtura entre rituales chamánicos venezolanos, saberes de la tradición oral (ascendencia antioqueña), creencias en algunas reliquias divinas 16 (católicas) y santería.
Figura 7: Frasquería. Ya eran veintiocho años tras la muerte de Carmen; su nieto Juan Carlos aún conservaba intactos los frascos e insumos con los que hacía sus riegos. Estaban en un viejo armario de madera, en una de sus repisas internas… era un museo, un museo de la bruja (Fotografía del autor)
A ella no le faltaban (...) el jabón Rey [derretido] para mandar ‘los baños’ (...) la citronela, la albahaca, la hierbabuena, la ruda (...) ‘el Quereme’ se los daba a las muchachas cuando estaban emproblemadas con los novios”; comenta con una sonrisa
en los labios Patricia, también nieta de Carmen, quien durante años la acompañó a la Plaza de Mercado de la ciudad a comprar todos los ingredientes para sus pócimas. (Escobar, P., Bitácora de una tesis VIII - 2025, 11m56s).
Juan Carlos rememora, asimismo, que cada tanto, parroquianos venían a implorar a su abuela para que solucionara sus desamores. Ella, asiduamente recurría a los “ alumbramientos ”, que consistían en poner una foto del ser querido ausente detrás de una imagen enmarcada de “El ángel negro”. A la foto se le atravesaban en cruz alfileres en la zona de la cabeza y el pecho, y al mencionado ángel se le cubrían los ojos con una cinta y se le ofrecían velones. Carmen explicaba que en lo que el cirio era consumido poco a poco por el fuego, el amado comenzaba a sentirse atormentado y desesperado… tanto así, que más pronto que tarde retornaba dócil y arrepentido a los brazos de la persona que había abandonado (Martínez Gutiérrez, J.C., Bitácora de una tesis III - 2023, 13m18s).
Figura 8: La más tenebrosa de las noches (años 60), por Hilduara Mejía. ¡Uno de los cuadros más particulares y fantásticos de su prolífica obra! En él podemos contemplar la visión colorida de la autora devota, sobre cómo debería verse un aquelarre de brujas
La relación con la santería implica tener convicción sobre la existencia de entidades un tanto difusas, que se bambolean entre lo exótico, lo pagano, lo demoníaco y la fe más radical (los mártires 17 cristianos, por ejemplo). El pacto que se acuerda con estas entidades es exactamente igual al que se lleva a cabo con las ánimas: producen milagros o favores a cambio de ofrendas.
Pero no solo eso, lo más intrigante de Carmen es que encontró la manera de continuar manifestando su presencia después de desencarnar en este mundo. Juan Carlos explica que tiempo después de su muerte, escuchó en el piso deshabitado de arriba, en donde su abuela vivió y practicó su oficio los últimos años de vida, cómo la tapa del inodoro caía constantemente. Al subir y revisar, en total oscuridad, descubrió que debajo del lavamanos, cubierto por el pedestal de apoyo había una bola de tela. Al desenrollarla descubrió que era la ropa interior seca de su abuela. “Dicen ellas [una tía y una amiga penitentes] que de pronto como ella estaba enfermita, llegó y los escondió ahí… y posiblemente eso era lo que la tenía penando (...) y desde ese momento [cuando hizo su hallazgo] dejaron de sonar cosas”, concluye (Martínez Gutiérrez, J.C., Bitácora de una tesis VIII - 2025, 23m45s).
Figura 9: Virgen del Carmen, quien con su hijo en brazos, socorre a las ánimas calcinadas extendiéndoles unos escapularios. Gráficas Molinari, años 50s. Carmen Julia nació un 16 julio, Día de la Virgen del Carmen en Colombia, de ahí la razón de su nombre.
Independientemente del oficio de Carmen como pitonisa y de sus tendencias a interpretar el mundo desde (algunos) aspectos de la herejía, los ecos de su existencia resonaron en los muros de las estancias en las que alguna vez habitó, así como en los corazones de las personas que compartieron tiempo con ella.
¡La abuela bruja, devino en ánima!
A diferencia de mis familiares, nunca he sentido presencias del más allá o, tan siquiera, extrañeza dentro de la casa durante la que tanto tiempo viví, es decir, la última morada de mi bisabuela antes de partir. Mi interacción con las ánimas se ha mantenido exclusivamente en las salas de velación de las funerarias. Entonces, ¿creo en ellas, las he invocado? Simplemente, les presento sumo respeto, por educación, porque así se me ha indicado que lo haga cuando es debido. Al final del día, por más agnóstico que quiera mostrarme, existen algunas creencias de las que es difícil desprenderme… en especial cuando han estado acompañándome durante tanto tiempo.
Conclusiones: La forma y fondo del fantasma
Tras este choque conceptual entre tradición, creación artística y creencias opuestas, podemos deducir que, antes que repelerse, tanto los saberes canónicos como los apócrifos encuentran una complicidad lúdica e íntima. Estas dinámicas nos plantean una inquietante pregunta: ¿Acaso todos estamos en la potencialidad de convertirnos en ánimas?, de ser así ¿cómo y cuáles serían nuestras caras fantasmales?
● Interpretaciones apócrifas como las literarias ponen en tela de juicio el condicionante máximo de que para ser un fantasma la muerte es antesala. Existen algunos dolores que resultan tan corrosivos en vida, como un trauma, un proceso de duelo, una duda, una grieta comunicativa, etc-.,que la persona exuda un halo de abatimiento y aflicción propio de un espíritu. Tristeza.
● Por su parte, los saberes canónicos dejan contemplar la incertidumbre por el vacío existencial desde un punto de vista apacible y reconfortante. Si bien no se trata de una explicación irrebatible sobre qué hay más allá de la muerte o la trascendencia de nuestro ser en los otros, en definitiva nos expone una respuesta alentadora: no estamos abandonados a nuestra suerte y nunca lo estaremos. Esto aplica tanto en vida como después de ella que somos protegidos y en algún punto protegeremos. Cuidado.
● Los saberes apócrifos propenden hacia la materialidad, peso y entereza de las cosas. Allí el fantasma se manifiesta gracias a la intermitencia de la imagen —lo que aparece y desaparece— y el paso del tiempo que agita el semblante de la forma. Un espectro también es una fotografía ajada… tanto por lo que se representa en ella como por la mancha de humedad que la deteriora. Desgaste.
● El puente que termina por conectar los saberes en controversia se erige cuando detallamos la relación entre Hilduara (la hija, la fiel piadosa y arquetipal de la religión católica) y Carmen (la madre, un personaje también devoto, pero adentrado por completo en terrenos oscuros y “blasfemos”). En el momento en el que la madre muere, transmuta en ese grupo de entidades a la que la hija ofrece tantas velas, misas, oraciones y pensamientos; de manera simbiótica, la madre ahora concede amparo [cuidado y favores] a su hija desde el purgatorio. Así, Carmen se perpetúa a través de las historias, anécdotas (tradición oral) y objetos (fotos y brebajes) que sus hijos, nietos y bisnietos aún conservan de ella aún tras tres décadas de su partida. Familia.
Referencias
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