DOI:

https://doi.org/10.14483/21450706.23681

Published:

2025-12-11

Issue:

Vol. 21 No. 39 (2026): enero-junio 2026

Section:

Sección Central

Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres

Commentary on The Crime of the Century, by Miguel Torres

Um comentário sobre O Crime do Século, de Miguel Torres

Authors

Keywords:

investigación-creación, intrahistoria, discurso histórico, ficción , relato oficial (es).

Keywords:

research-creation, intrahistory, historical discourse, fiction, official narrative (en).

Keywords:

investigação-criação, intra-história , discurso histórico, ficção, narrativa oficial (pt).

References

Archivo de Bogotá. (s. f.). El pasado según Sady. Secretaría General. Recuperado de https://archivobogota.secretariageneral.gov.co/noticias/pasado-segun-sady

Infobae. (2025, abril 10). Bogotazo: Los mitos que se mantienen sobre el 9 de abril de 1948 en Colombia. https://www.infobae.com/colombia/2025/04/10/bogotazo-los-mitos-que-se-mantienen-sobre-el-9-de-abril-de-1948-en-colombia/

Cabra Hernández, J. É. (2022). Una lectura sociocrítica de El incendio de abril, de Miguel Torres y La sombra de Orión, de Pablo Montoya Campuzano. Estudios Artísticos: revista de investigación creadora,, 130-145.

Torres, M. (2013). El crimen del siglo. Bogotá: Alfaguara.

How to Cite

APA

Cabra Hernández, J. E. (2025). Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres . CALLE14: revista de investigación en el campo del arte, 21(39), 131–150. https://doi.org/10.14483/21450706.23681

ACM

[1]
Cabra Hernández, J.E. 2025. Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres . CALLE14: revista de investigación en el campo del arte. 21, 39 (Dec. 2025), 131–150. DOI:https://doi.org/10.14483/21450706.23681.

ACS

(1)
Cabra Hernández, J. E. Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres . calle 14 rev. investig. campo arte 2025, 21, 131-150.

ABNT

CABRA HERNÁNDEZ, Jhon Erick. Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres . CALLE14: revista de investigación en el campo del arte, [S. l.], v. 21, n. 39, p. 131–150, 2025. DOI: 10.14483/21450706.23681. Disponível em: https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/c14/article/view/23681. Acesso em: 9 jul. 2026.

Chicago

Cabra Hernández, Jhon Erick. 2025. “Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres ”. CALLE14: revista de investigación en el campo del arte 21 (39):131-50. https://doi.org/10.14483/21450706.23681.

Harvard

Cabra Hernández, J. E. (2025) “Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres ”, CALLE14: revista de investigación en el campo del arte, 21(39), pp. 131–150. doi: 10.14483/21450706.23681.

IEEE

[1]
J. E. Cabra Hernández, “Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres ”, calle 14 rev. investig. campo arte, vol. 21, no. 39, pp. 131–150, Dec. 2025.

MLA

Cabra Hernández, Jhon Erick. “Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres ”. CALLE14: revista de investigación en el campo del arte, vol. 21, no. 39, Dec. 2025, pp. 131-50, doi:10.14483/21450706.23681.

Turabian

Cabra Hernández, Jhon Erick. “Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres ”. CALLE14: revista de investigación en el campo del arte 21, no. 39 (December 11, 2025): 131–150. Accessed July 9, 2026. https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/c14/article/view/23681.

Vancouver

1.
Cabra Hernández JE. Un comentario sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres . calle 14 rev. investig. campo arte [Internet]. 2025 Dec. 11 [cited 2026 Jul. 9];21(39):131-50. Available from: https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/c14/article/view/23681

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Recibido: 3 de julio de 2025; Aceptado: 24 de agosto de 2025

Resumen

Este comentario crítico sobre El crimen del siglo, de Miguel Torres se enmarca en una estrategia de investigación-creación que articula dos voces narrativas: una analítica y otra ficcional. A través de esta dualidad, el autor examina la figura de Juan Roa Sierra, presunto asesino de Jorge Eliécer Gaitán, desde una perspectiva intrahistórica que subvierte el relato oficial. El análisis resalta cómo la novela emplea un narrador heterodiegético omnisciente que, al ficcionalizar la figura del historiador, cuestiona la objetividad del discurso histórico. Paralelamente, emerge una voz homodiegética que actúa como contrapunto emocional y reflexivo, encarnando la subjetividad del investigador que se proyecta en el personaje. Esta polifonía narrativa permite una reconstrucción crítica de El Bogotazo, centrada en la marginalidad, la enfermedad mental y la desesperanza de Juan Roa Sierra. La obra de Torres, y el comentario que la acompaña, no buscan resolver el crimen, sino abrir nuevas preguntas sobre la verdad, la justicia y la memoria colectiva. Así, la literatura se convierte en un medio para interpelar los silencios de la historia y dar voz a las voces excluidas.

Palabras clave

investigación-creación, intrahistoria, discurso histórico, ficción, relato oficial.

Resumo

Este comentário crítico sobre O Crime do Século, de Miguel Torres, está enquadrado numa estratégia de criação de investigação que articula duas vozes narrativas: uma analítica e outra ficcional. Através desta dualidade, o autor examina a figura de Juan Roa Sierra, alegado assassino de Jorge Eliécer Gaitán, a partir de uma perspetiva intra-histórica que subverte a narrativa oficial. A análise destaca como o romance emprega um narrador omnisciente e heterodiegético que, ao ficcionalizar a figura do historiador, questiona a objetividade do discurso histórico. Ao mesmo tempo, emerge uma voz homodiegética que atua como contraponto emocional e reflexivo, incorporando a subjetividade do investigador projetada sobre a personagem. Esta polifonia narrativa permite uma reconstrução crítica de El Bogotazo, focando-se na marginalidade, doença mental e desespero de Juan Roa Sierra. O trabalho de Torres, e os comentários que o acompanham, não procuram resolver o crime, mas abrir novas questões sobre a verdade, a justiça e a memória coletiva. Assim, a literatura torna-se um meio de questionar os silêncios da história e dar voz às vozes excluídas.

Palavras-chave

investigação-criação, intra-história, discurso histórico, ficção, narrativa oficial.

Abstract

This critical commentary on Miguel Torres’s El crimen del siglo is framed within a researchcreation strategy that articulates two narrative voices: one analytical and the other fictional. Through this duality, the author examines the figure of Juan Roa Sierra, the alleged assassin of Jorge Eliécer Gaitán, from an intrahistorical perspective that subverts the official narrative. The analysis highlights how the novel employs an omniscient heterodiegetic narrator who, by fictionalizing the figure of the historian, questions the objectivity of historical discourse. Simultaneously, a homodiegetic voice emerges as an emotional and reflective counterpoint, embodying the subjectivity of the researcher projected onto the character. This narrative polyphony enables a critical reconstruction of El Bogotazo, focused on marginalization, mental illness, and the despair of Juan Roa Sierra. Torres’s novel, along with the accompanying commentary, does not aim to solve the crime but rather to open new questions about truth, justice, and collective memory. Thus, literature becomes a means to interrogate the silences of history and give voice to those who have been excluded.

Keywords

research-creation, intrahistory, historical discourse, fiction, official narrative.

Résumé

Ce commentaire critique sur Le Crime du siècle de Miguel Torres s'articule dans une stratégie de recherche et de création qui articule deux voix narratives: l'une analytique et l'autre fictive. À travers cette dualité, l'auteur examine la figure de Juan Roa Sierra, présumé meurtrier de Jorge Eliécer Gaitán, d'un point de vue intra-historique qui subvertit le récit officiel. L'analyse met en lumière comment le roman emploie un narrateur omniscient et hétérodiégétique qui, en romançant la figure de l'historien, remet en question l'objectivité du discours historique. En même temps, une voix homodiégétique émerge qui agit comme un contrepoint émotionnel et réflexe, incarnant la subjectivité du chercheur projetée sur le personnage. Cette polyphonie narrative permet une reconstruction critique d'El Bogotazo, en se concentrant sur la marginalité, la maladie mentale et le désespoir de Juan Roa Sierra. Le travail de Torres, ainsi que les commentaires qui l'accompagnent, ne cherchent pas à résoudre le crime, mais à ouvrir de nouvelles questions sur la vérité, la justice et la mémoire collective. Ainsi, la littérature devient un moyen de remettre en question les silences de l'histoire et de donner voix à des voix exclues.

Mots clés

recherche-création, intrahistoire, discours historique, fiction, récit officiel.

Imagen de portada de El crimen del siglo (2006), de Miguel Torres. Planeta Libros.

Figura 1: Imagen de portada de El crimen del siglo (2006), de Miguel Torres. Planeta Libros.


Imagen restaurada a color por Sietefotográfos.com. En la fotografía aparece Jorge Eliécer Gaitán siendo atendido por el personal de salud en la Clínica Central de Bogotá, ubicada en la Calle Doce entre Carreras Quinta y Sexta, luego de recibir los disparos que acabarían con su vida. Ver: https://sietefotografos.com/cronicas-fotograficas/el-bogotazo-a-color/

Figura 2 : Imagen restaurada a color por Sietefotográfos.com. En la fotografía aparece Jorge Eliécer Gaitán siendo atendido por el personal de salud en la Clínica Central de Bogotá, ubicada en la Calle Doce entre Carreras Quinta y Sexta, luego de recibir los disparos que acabarían con su vida. Ver: https://sietefotografos.com/cronicas-fotograficas/el-bogotazo-a-color/

El crimen del siglo es la primera entrega de la trilogía del autor bogotano sobre El Bogotazo. En ella, el interés narrativo se enfoca en la ficcionalización del entramado sociopolítico, histórico, cultural e ideológico que produjo la muerte de Jorge Eliecer Gaitán. El título, ya de por sí, es el primer argumento que nos devela Torres en su apuesta literaria que ficcionaliza el discurso de la historiografía, pues de entrada este nos lleva contra las cuerdas al proponer indirectamente una pregunta abierta, a saber: ¿Cuál vendría a ser el crimen del siglo en la novela? Sé que este cuestionamiento puede llegar a parecer incluso ofensivo para muchas personas, pues entenderían que estoy equiparando el asesinato del caudillo con el de su presunto homicida. Sin embargo, nada más alejado a mis pretensiones investigativas. Lo que sí quiero enunciar con este interrogante es que si bien la muerte de Gaitán quebrantó la historia de Colombia, la ejecución de Juan Roa Sierra la condenó a su impunidad. Nunca sabremos a ciencia cierta (y esto es lo que deja entrever la obra) quién fue realmente el asesino. ¿Estaba Roa Sierra allí para ejecutar el crimen? ¿Su labor era eliminar al verdadero culpable? ¿Acaso su presencia en el lugar del magnicidio sirvió como ficha estratégica para ser inculpado y así salvaguardar la mano asesina? Desde ese nueve de abril de mil novecientos cuarenta y ocho hasta la actualidad, las respuestas a estas interpelaciones siguen extraviadas en el aire. De manera lamentable, sin la aprehensión del respectivo sicario no es posible su interrogatorio y con ello un aparente “restablecimiento del orden”, como sucedía en la novela policial clásica. La ausencia total de un aparato judicial que garantice la justicia frente al acto criminal es evidente, pues la muerte de Roa Sierra solo deja al descubierto la manera operativa de toda una red delincuencial, a saber: silenciar a todo aquel que pueda llegar a poner en riesgo el funcionamiento de dicha maquinaria.

Por esta razón es que pongo sobre la mesa el cuestionamiento sobre cuál de los dos asesinatos (además de las innumerables víctimas que perecieron ese día) es en verdad el “crimen del siglo”. La ejecución de Roa Sierra, a manos del pueblo bogotano, solo sirvió como un acto palpable de venganza frente a las injusticias experimentadas por las clases bajas de la época. El odio vindicativo explotó y se hizo manifiesto en aquel cuerpo mediante su sometimiento, tortura y posterior eliminación. Sin embargo, más allá de ser un posible acto de justicia ejecutado por mano propia, lo que se propició fue el entierro definitivo de una posible restauración en relación con saber la “verdad” frente a quién dio la orden de asesinar al líder político. Aquella muerte (la de Juan Roa Sierra) tal vez fue la estocada final de un plan perfectamente consumado por la red criminal detrás del magnicidio. Más allá de dar de baja a Gaitán, lo relevante era no dejar con vida al principal testigo del asesinato y con esto cerrar un ciclo. Así, pues, me permito afirmar que existe la posibilidad de que la muerte de Roa Sierra haya sido en definitiva el acto criminal que debía, en mayor grado, ser realizado. Si este presunto sicario no hubiese perecido en el acto, se habría abierto una gran puerta para una profunda investigación de los móviles y el esclarecimiento de todos los responsables que estuviesen inmersos en apretar el gatillo y disparar aquella tarde de abril.

Arden los ánimos. Fondo Sady González, n°264. Archivo de Bogotá. Ver: https://archivobogota.secretariageneral.gov.co/noticias/pasado-segun-sady

Figura 3: Arden los ánimos. Fondo Sady González, n°264. Archivo de Bogotá. Ver: https://archivobogota.secretariageneral.gov.co/noticias/pasado-segun-sady

De esta manera, la novela inicia con un Juan Roa Sierra abrumado y completamente enajenado. Su preocupación es más que evidente, pues sabe que Gaitán va a morir. Él está allí, junto a su amigo Umland, confesando su participación como verdugo. Busca en aquel astrólogo alemán una posible salvación, intentando apoyarse en una mano amiga que pueda detener la sentencia de muerte que ya fue dictaminada por una mano invisible (¿Para quién? ¿Para cuál de los dos? Nunca lo sabremos), pues, bajo los designios de un completo y complejo averno, el destino ha cubierto su existencia. El apocalipsis está a punto de arribar a Bogotá, aquella tarde del medio día:

El viernes 9 de abril de 1948 en las horas de la mañana un joven obrero sin trabajo llamado Juan Roa Sierra llegó al consultorio del astrólogo alemán Johan Umland Gert con las agallas previamente infladas para no desfallecer cuando lo tuviera delante de sus ojos…. He sabido, arrancó por fin, y no me pregunte cómo, que hoy piensan asesinar a Jorge Eliécer Gaitán. El impaciente Umland chasqueó la lengua. Eso se oye decir todos los días, Juan, no les pare bolas a esos rumores. No son rumores, reviró Roa Sierra. ¿Y usted cómo lo sabe? Roa Sierra evadió la pregunta. Qué importa cómo lo haya sabido, lo sé, eso es todo. Parece muy seguro, comentó Umland. Lo estoy. ¿Por qué?, insistió el alemán… Porque el que va a matarlo soy yo, le soltó a quemarropa, como si las palabras le ardieran en la lengua. (Torres, 2013, págs. 15-16)

Como ya lo sabes, apreciado(a) lector(a), Umland no le creyó ni una sola palabra al recién llegado. Ya fuera porque veía en él a un ser humano incapaz de realizar un acto criminal de tal envergadura, o porque conocía muy de cerca su historial psiquiátrico. Él, más que cualquier otra persona, estaba al tanto de los desórdenes mentales que padecía desde su niñez, pues lo atendió por orden expresa de su madre, quien como último recurso a una posible locura lo llevó a donde infirió que podría ser sanado: las manos místicas de un joven alemán residente en el centro de la capital colombiana. Desde esa época se entabló una amistad que duró hasta aquel linchamiento perpetrado el viernes 9 de abril. ¿Por qué no le creyó? Con esta magnífica escena, Miguel Torres abre el abanico de posibilidades para reinterpretar la historia de El Bogotazo desde una focalización particular: la construcción narrativa de la vida de Juan Roa Sierra, un completo subalterno social. Esta ficcionalización es, en definitiva, un aspecto que permite hablar de una novela intrahistórica, pues se deja a juicio de cualquier lector si en efecto él mismo es una víctima/victimario de un sistema criminal, del cual le es imposible escapar. Estará entonces atado a una gigantesca red de violencia y crimen organizado.

Asimismo, resulta interesante observar cómo Torres opta por elegir un narrador heterodiegético, completamente omnisciente. Este, como ya es sabido desde la teoría de la narrativa, sabe absolutamente todo lo que va a pasar, incluso conoce con anterioridad el destino de Juan Roa Sierra. De igual manera, tiene conocimiento absoluto de sus pensamientos, emociones y sentimientos. Aquí, en este punto, salta a la vista algo interesante y es la manera por medio de la cual se ficcionaliza la figura del historiador, en tanto el relato se focaliza en la mirada de un agente externo que cuenta la historia. Asimismo, el hacer evidente que este particular narrador también puede acceder al carácter subjetivo de Roa Sierra impugna la objetividad de la representación figural del “cronista”, pues se está proponiendo directamente una manera alterna para relatar. La ficción literaria entonces entra a jugar un papel relevante, en tanto permite otorgarle a la historiografía un nuevo camino posible de escribir la historia.

Relacionado con lo anterior, es menester recalcar que la elección, como ya se dijo, por literaturizar a Juan Roa Sierra, y no la vida del caudillo, también resulta una apuesta estética por ficcionalizar la historia desde otro lugar de enunciación: el de los subalternos sociales excluidos de los grandes centros de poder. Esto, sobre todo, si tenemos en cuenta que a lo largo de toda la novela se nos muestra a un tipo trágico, melancólico y víctima del mayor de los males posibles: la pobreza extrema. Tanto así que, durante las primeras páginas de El crimen del siglo, este personaje embargado por una tristeza absoluta opta por quitarse la vida lanzándose a las aguas turbulentas de El Salto de Tequendama. Nos enteraremos luego, no sé si por fortuna o desgracia, de que se arrepiente de tal cometido y decide volver a casa, abrumado por saber que esta posible salida a su martirio también le fue esquiva. ¿Acaso no es una muestra inefable de total pérdida de esperanza el decidirse por acabar con la propia vida? Esta imagen es ya una muestra perfecta de nuestro personaje principal, donde se hace más que evidente su carácter fatalista. Miremos a continuación la manera en que es descrito por el narrador, luego de sentir el abandono y la decepción absoluta generada por la respuesta negativa a la carta enviada al gobierno de turno, y cuya finalidad era solicitar empleo:

Mientras caminaba por la acera oriental de la Séptima, dorada a esa hora por el sol de los venados, fue haciendo un repaso de sus desdichas. Había estado a un paso de saltar al Tequendama, su mujer lo había abandonado, seguía sin encontrar empleo. En resumen, estaba más varado que un corcho en un remolino y solo, sin María. Seguro que las cosas se habrían dado de otra manera si Gaitán lo hubiera ayudado. (Torres, 2013, pág. 47)

¿Qué más se puede decir luego de la descripción puntual de sus desdichas? La pérdida de su esposa, junto con la imposibilidad de conseguir trabajo ponen sobre los hombros de Juan Roa Sierra una carga inconmensurable. ¿Debió saltar desde la piedra de los suicidas y caer estrepitosamente en el lago de los muertos, observando cómo su vida se perdía bajo aquella impresionante cascada? Lo cierto es que eso no pasó y gracias a ello tenemos la novela. Por otro lado, pero en este mismo orden de ideas, se nos presenta a un tipo de naturaleza retraída y en extremada timidez, quien además poseía ciertas “desventajas físicas con las que Dios lo había traído al mundo. A los trece años era un cachifo enclenque, paturro, desmirriado, un alfeñique que no hubiera aguantado la contundencia de una trompada” (Torres, 2013, pág. 62). Sabremos luego que esas “desventajas” también hacen referencia a su estado psiquiátrico, pues se nos cuenta cómo Roa estaba convencido de ser la reencarnación de Francisco de Paula Santander. Asimismo, resulta importante observar cómo el narrador se esmera por no caer en posibles anacronismos y narrar esta historia desde una configuración lingüística acorde con el tiempo relatado. Palabras como “cachifo” (muchacho), “paturro” (de poca estatura), “desmirriado” (delgado) y “alfeñique” (persona delicada en talla y complexión) se encuentran hoy (2024) en total desuso. Aquí reside un aspecto narrativo interesante en la respectiva novela: otorgarle el mayor grado de verosimilitud posible a lo narrado, desde la voz de quien narra. Se genera la sensación de leer de primera mano un testimonio fidedigno de alguien que estuvo presente en el momento indicado. Similar al trabajo etnográfico —y como ya se explicó en el apartado dedicado al análisis de las crónicas de José Antonio Osorio Lizarazo— esta estrategia narrativa pone sobre la mesa el ideal literario de abarcarlo todo de manera detallada.

Pero, volvamos a hablar de esas “desventajas” que se enunciaron párrafos atrás. Doña Encarnación, madre de Roa Sierra, fue consciente de ciertas conductas anómalas visibles en el carácter de su hijo y es por ello por lo que decide llevarlo al consultorio del astrólogo alemán Umland Gert, quien practicaba ciertas artes esotéricas. De este encuentro, el narrador nos dice que:

Lo hizo seguir al interior del consultorio mientras la madre esperaba en la sala. Allí lo puso a llenar un cuestionario con sus datos personales y su firma, y después le hizo algunas preguntas de rutina con el fin de ir sondeando su personalidad. Se dio cuenta de que se trataba de una persona elemental pero bastante compleja en sus rasgos sicológicos. En un principio había notado el azoramiento típico del individuo inestable, inseguro, con la mirada esquiva y el cuerpo rígido, a la defensiva, pero el tono y las palabras, así como la amigable seguridad y el respeto con el que le hablaba se fueron ganando su confianza y acabó, no sólo respondiendo sus preguntas, sino planteando algunas pequeñas inquietudes sobre los beneficios que le podía traer a él su sometimiento a los vaticinios de una ciencia en la que no confiaba, empezando porque no había ido allí por su propia voluntad, sino a instancias de los ruegos de su señora madre. (Torres, 2013, págs. 63-64)

De este primer encuentro nos queda la imagen de un ser bastante complejo en relación con sus “rasgos sicológicos”: un personaje inestable, inseguro, con el cuerpo rígido y la mirada esquiva. Esto es interesante, pues durante el desarrollo de la novela todas estas características irán incrementando hasta llegar a retratar a un Roa Sierra con episodios psicóticos, delirante y enajenado. Además, pensemos que también entablan las bases de un ser completamente solitario y que estará al borde de la locura. En definitiva, la representación de un ser de carne y hueso, abrumado por un sistema social que cada vez lo encierra en su propia pobreza, cercándolo a convivir con su propia psiquis. No estamos frente a la narración histórica de un ser impoluto, sino que el narrador nos ubica directamente con un marginado. Asimismo, en el párrafo siguiente se nos describe aún más sus características mentales en relación con ciertos atributos físicos, como pueden ser los trazos elaborados por las manos de Juan:

Un rápido vistazo a la caligrafía de Juan, ensortijada, con caracteres redondos, menudos, casi diminutos, así como a los trazos de su firma, le permitieron apreciar, con el consabido margen de error que siempre se debe conservar en estos casos, que su cliente era dueño de una personalidad medrosa, apocada, corta de espíritu, pero obstinada hasta la médula de los huesos y capaz de desplegar los más altos sentimientos o los más bajos instintos en situaciones extremas, diagnóstico que lo clasificaba dentro del mismo perfil de no pocas de las personas que visitaban su consultorio. (Torres, 2013, pág. 64)

La caracterización que se hace aquí sobre la personalidad de Roa Sierra es muy diciente, pues se nos hace entender que él es capaz de “desplegar los más altos sentimientos o los más bajos instintos en situaciones extremas”. ¿Qué quiere decir esto? ¿Será una premonición a la vorágine de violencia que vendrá el 9 de abril de 1948? Cual personaje trágico, ¿su caligrafía era el oráculo perfecto que dictaminaba su destino? Sea como fuere, lo interesante aquí es detenernos y observar en detalle cómo el narrador se preocupa por brindarnos una imagen bastante completa de Juan. Su carácter omnisciente, le permite conocerlo absolutamente todo y desde dicho privilegio mostrarnos un retrato literario inigualable. ¿Acaso es posible aseverar un dictamen así de certero con tan solo ver la caligrafía de alguien?

La novela nos presenta ahora una clara imagen sobre la superstición en Juan Roa Sierra, cuando emocionado este busca a Umland para decirle que su mala suerte ha llegado a su fin, y esto gracias al porte místico de un anillo en su mano izquierda. Sonriente estira su mano con la intención de hacerle ver a su amigo su nuevo amuleto y afirmando, con extrema alegría, las excelentes noticias abrigadas bajo una sonrisa extrema. Johan Umland es contundente y le responde que: “La suerte está regida por designios misteriosos que regulan los astros. Al contrario, según la ciencia Rosacruz, esa clase de amuletos lo llevan a uno a la desgracia”. (Torres, 2013, pág. 73) No sabemos si esta afirmación haya cumplido la función de

ser una premonición, pero…

fuera o no fuera por causa del anillo, la desgracia a la que se refería Umland, sin sospecharlo, no sólo afectaría a su dueño, sino a todo el país. Lo cierto es que el cadáver de Juan Roa Sierra, abandonado hecho un guiñapo en las puertas del Palacio de Nariño, conservaba puesto ese anillo en el dedo anular de la mano izquierda la tarde del 9 de abril, unas horas después de que se oyeran los tres balazos que volvieron añicos la historia colombiana del siglo XX con el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. (Torres, 2013, págs. 73-74)

De nuevo, resulta importante resaltar el papel del narrador en lo narrado, pues este cumple esa figura del historiador que sabe con anterioridad todo lo sucedido. Con esto me refiero a resaltar la siguiente idea: no hay testimonio más interesante y fidedigno que el que se da de sí mismo al hablar, pues las formas hablan por mí, sin que muchas veces lo sepa. Este presupuesto se propone interpelar la manera por medio de la cual el autor elige a su respectivo narrador, entendiendo el papel preponderante en la “forma” de relatar. ¿Qué quiero decir con esto? Sencillo: el narrador ya conoce con anterioridad el destino fatal de su personaje principal. Y si está al tanto de su final, ¿para qué entonces seguir con la novela? Tal vez una posible respuesta se refiera específicamente a la búsqueda de más preguntas y no, como se esperaría, la resolución del crimen. Esta muerte, la de Juan Roa Sierra, lejos de culminar de manera satisfactoria la investigación del magnicidio, inicia el camino tortuoso a la impunidad que aún hoy sigue imperando.

Ahora bien, en este mismo orden de ideas es posible denotar cómo el narrador, como ya dijimos, sabe desde el principio de la novela el destino fatal de Juan Roa Sierra y con ello nos propone la construcción de una imagen bastante detallada en interrelación con varios aspectos de su vida: forma de vestir, relación sentimental, edad, situación laboral, maneras de sentir y pensar. En definitiva, un retrato minucioso que da cuenta de un ser abrumado por diferentes problemáticas sociales, sicológicas, culturales, políticas y, como se intuye, signadas por el destino trágico de morir el 9 de abril de 1948 a causa de ser arrastrado y linchado, gracias a las manos de un torrente enfurecido de personas gritando y haciendo justicia por mano propia, en las ennegrecidas callejas del centro de Bogotá. Mira con detenimiento la siguiente fotografía hecha de palabras, querido(a) lector(a).

Ese que está sentado en aquella banca del parque Ricaurte, atribulado, cariacontecido, vestido de gris a rayas blancas, corbata roja, sombrero gris oscuro y zapatos carmelitas rejuvenecidos a punta de betún antes de salir de su casa, que tiene la pierna izquierda cruzada sobre la derecha, el sol a las espaldas, el ceño fruncido y la mirada fija en la puerta de la iglesia, es Juan Roa Sierra, desempleado, soltero, a su pesar, aún enamorado de la bella mujer que lo bajó hace meses de su cama. Tiene veintiséis años cumplidos y no alcanzará a cumplir los veintisiete, no por causa de algún accidente o de una enfermedad, desgracias que llegan, precisamente, sin pedirle permiso a la vida, sino por forzar su destino al encuentro de la muerte. (Torres, 2013, pág. 92)

“No alcanzará a cumplir veintisiete”, nos dice el narrador al final de la cita con un tono completamente desesperanzador. Su destino con la muerte lo alcanzará pasadas la una y cinco de la tarde en un medio día de abril. Acontecimiento que lo pondrá en las páginas negras de los libros de historia en Colombia. La figura presente ante nuestros ojos, luego de leer esta descripción, arroja una tristeza desoladora y desalentadora. Un Juan Roa Sierra sin esperanza alguna sentado frente a una iglesia, tal vez intentando buscar un poco de fuerzas para seguir en pie, se nos manifiesta anticipando la figuración de una vida llena de momentos lastimeros: sin amor, sin trabajo, sin dinero y cariacontecido. ¿No es esta la representación perfecta de la desdicha? ¿Acaso no estamos presenciando la vida de un sujeto arrinconado contra su propio sufrimiento?

Páginas más adelante de esta descripción, aparece una escena que se conecta magistralmente con el suceso anterior. Una noche cualquiera, Juan Roa Sierra se encierra en su habitación y, rodeado de velas alumbrando su cuerpo, toma una fotografía del general Santander, donde aparece en uniforme de gala, posando de pie junto a una silla Luis XV y empuñando su espada en la mano izquierda. La observa con detenimiento, mientras de repente inicia su transformación en aquel prócer de la independencia. Un corcho quemado, viejo truco de maquillaje en el arte teatral, es el elemento cosmético pertinente para resaltar las cejas y pintarse un falso bigote. Una vieja chaqueta militar de segunda mano acompaña el vestuario de nuestro querido personaje. Sus ademanes intentan simular la imponente presencia de un héroe de guerra. Mirada fija en el espejo. Junta los talones, endereza el cuerpo, cruza los brazos a la altura del pecho y levanta la cabeza. Todo está en su respectivo lugar. La representación hace parte ya de una rutina cargada de misterio, noche y silencio. Sin embargo, algo no sucede como de costumbre y el encantamiento de la escena se quiebra de un momento a otro. Todo se realizó igual que siempre, pero en esta oportunidad es distinto. La máscara ha cambiado. En el fondo del cuarto, el reflejo proyectado en aquel viejo espejo se ha transformado. Esta vez no logra observar a Santander como de costumbre. Por el contrario, aparece el reflejo fulgurante de un sujeto de carne y hueso, muy lejano a la figura heroica que acababa de observar en el retrato fotográfico. Ante sus ojos emerge una realidad atroz y…

ve a Roa Sierra disfrazado con una burda casaca y el rostro hecho una máscara cubierta de pelos pintados. La imagen que le devuelve el espejo es la de un pobre payaso. Un matachín de feria lastimoso y patético. Incrédulo, aterrado, tembloroso, Juan no puede impedir que el simulacro de afuera se conecte con la impostura de adentro. La farsa se derrumba. ¿Dónde están el coraje, la llama, la grandeza del alma de Santander? Ahora, como si estuviera contemplando en aquel espejo su imagen interior, reconoce, con verdadero horror, al pusilánime, al resentido, al fracasado que ha sido y seguirá siendo mientras carezca de la fortaleza y de la ambición que un alma como la suya necesita para alcanzar sus sueños de grandeza. Pero si su alma está contenida en él desde recién nacido, y no le tocó en suerte la del general Santander, ¿cómo aspirar a alcanzar la grandeza de uno de aquellos seres predestinados a conquistar la gloria? Él no había sido digno de que el alma de Santander se hubiera metido en su pellejo. (Torres, 2013, pág. 97)

La imagen quimérica reflejada en el espejo se rompe ante los ojos de Roa Sierra y con ello el sueño de alcanzar la gloria se ha difuminado por completo. Acaba de comprender que no es y nunca será el general Santander. Este golpe contra la realidad es contundente; elimina de tajo el lugar donde habitaba tal vez su única esperanza: la fantasía. Aquel estado de enajenación, en relación con la idea de reencarnar en el prócer de la Independencia, mantenía a Juan de alguna u otra manera con ánimos de seguir en pie día a día y alcanzar un leve triunfo en su lastimera vida. Ahora, por el contrario, luego de comprobar la ilusión de aquella máscara, se dibujó en su cara un estado de desolación absoluto. Arrojado contra sí, entiende que su destino es ahora en definitiva el fracaso. La farsa de su existencia se derrumbó de inmediato al comprobar que era él mismo quien estaba frente al espejo, como nos lo dice el narrador en la cita anterior, y con ello su anhelo de poder convertirse en un sujeto lleno de virtudes se fue a un precipicio. Así, pues, su destino, como ya sabemos, sigue su fiel camino hacia la desventura y de esta manera la escena se nos presenta totalmente desesperanzadora.

Asimismo, el rostro de un Juan Roa Sierra solitario y ensimismado es una constante pintura durante toda la novela. Unas páginas más adelante somos testigos de un episodio en el cual se hace evidente su completo aislamiento, gracias al encierro en su habitación por tres días consecutivos. Es menester recalcar que esta es una práctica repetitiva en la vida de nuestro personaje. Así lo presenta el narrador: “Juan, en efecto, se pasaba las horas tendido en la cama mirando para el techo, con la vasija del brebaje milagroso al alcance de su mano, y solo abandonaba su cuarto para ir al baño o para salir a darle vueltas al patio como un león enjaulado” (Torres, 2013, pág. 106). Esta situación de encierro seguirá aumentando y le producirá, casi que de manera irreductible, un estado delirante. Días después la situación empeoró, mientras doña Encarnación escuchó gritos incontrolables, cuando lavaba los platos usados en el respectivo almuerzo:

Juan no pronunciaba palabra alguna, lanzaba bramidos de animal moribundo recorriendo la habitación de un lado a otro. Qué le pasa Juan, ábrame esa puerta, por Dios, se lo suplico, rogaba la madre dando golpes en la puerta, pero Juan, sordo a sus ruegos, no abrió la puerta ni dejó de gritar, por el contrario, las súplicas de doña Encarnación, que tampoco cesaban, parecieron incentivarlo a gritar con más bríos, pero todo lo que comienza, por fuerza, termina, y eso fue lo que ocurrió después de un largo rato de padecimientos del hijo adentro y de la madre afuera… A eso de las cuatro la casa volvió a remecerse bajo la acometida de una nueva tanda de alaridos, revueltos esta vez, para variar, con un rosario de vulgaridades que hacía tiempos habían echado telarañas en la memoria de los viejos que habitaban la casa, de juramentos de venganza y amenazas que de tan veladas nunca se supo a quién iban dirigidas. (Torres, 2013, pág. 106)

Como se enunció párrafos atrás (además de verlo narrado en la cita), es evidente que esta situación tan particular ya había inundado la casa con anterioridad, solo que hacía tiempo no se presentaba este grado de enajenación en Juan. Tanto que hizo que uno de los inquilinos saliera corriendo despavorido del susto al verse enfrentado a este dantesco escenario. Los gritos y las vulgaridades mencionados son reflejo del complejo estado mental de nuestro protagonista. Sin embargo, es relevante mencionar cómo el narrador ya nos había preparado para la llegada de una situación de este tipo, pues el abandono de su esposa (y el respectivo alejamiento de su hija), el desempleo, la falta de dinero, un intento de suicidio, la pobreza, el hambre y la respectiva decisión de no apoyarlo en cuestiones económicas, por parte de su madre, fueron sin lugar a duda un caldo de cultivo que culminó con la desestabilización emocional y psicológica de Roa Sierra. Aquí me llama la atención decir de nuevo que es bastante interesante la toma de posición del autor, en tanto su preocupación se centra en mostrarnos una radiografía bastante completa de la vida del presunto asesino de Gaitán. Esto con la finalidad de presentarnos un fresco de las condiciones sociales, culturales, políticas, ideológicas y, sobre todo, monetarias que inundaron a Juan y de manera directa lo conllevaron a su trágico destino. ¿Será esta una interesante reflexión sociológica de aquella premisa que nos plantea la pregunta sobre la maldad innata en el ser humano o su respectiva influencia contextual? Sea como fuere, tengo la sensación de ver este caso particular como la intersección de ambos postulados.

En la segunda parte de El crimen del siglo se nos muestra cómo, a pesar del paso del tiempo, las condiciones sociales de Juan Roa Sierra siguen siendo las mismas. Intentó hacer el respectivo trámite para obtener la licencia de conducción y manejar un taxi, pero esto no tuvo un feliz término. Pretendió hipotecar la casa con el visto bueno de doña Encarnación, pero, al igual que la situación del documento para poder manejar automóvil, todo resultó en un fracaso. Sus posibilidades para trabajar y salir de la pobreza cada vez lo encerraban más en la desesperación, en la desesperanza. Arrojado ante sí, no le queda más que la resignación y la paciencia por ver una pequeña luz alumbrando las sombras de su inestabilidad emocional. Todo, absolutamente todo, se presenta como una vorágine de malos momentos, cuando uno tras otro solo logra hundir cada vez más la estabilidad sentimental de Juan. Tras un golpe llega otro con mayor fuerza. Estamos observando la vida de un ser destinado a la mala suerte, pues todo lo que intente hacer para mejorar su calidad de vida se hunde en las profundidades de su existencia. Es un náufrago intentando salir a flote. Asomémonos pues a ver la manera en que el narrador nos vuelve a mostrar la situación de Sierra

En cuanto a su situación actual, al margen de las expectativas de última hora, ésta seguía siendo la misma. En resumidas cuentas su existencia seguía subordinada a las ayudas económicas de su madre, tan esporádicas como irrisorias, y siempre insuficientes para responderle a María y atender los pequeños gastos que le demandaba su diario vivir. Es decir, las mismas privaciones y dificultades que venía padeciendo desde hacía mucho tiempo. Llevaba años sin poder comprarse un vestido, un par de zapatos, una camisa. La suya era, en verdad, una situación ya insostenible. Todas las mañanas se despertaba con el corazón aplastado bajo el peso de su propia miseria. Incluso algunas veces, al afeitarse, había llegado a sentir lástima por el hombre cuyo rostro lo miraba desde el fondo del espejo, un rostro ceniciento, anubarrado, melancólico, que se resistía a aceptar como el suyo. Tal confrontación le había aguado los ojos más de una vez. La horrible certeza de hallarse solo frente a un mundo adverso, donde su existencia no contaba para nada ni para nadie, lo hacía sentir como un animal en derrota expulsado del rebaño, sin un rastrojo hospitalario adónde arrimar, condenado a vivir arrastrando el castigo de esa horrenda soledad que se hacía más insoportable en las noches, bajo la embestida de las tremendas arrecheras que lo ponían a delirar con la posesión de una hembra bien acuerpada, impúdica y fogosa, de carne y hueso. (Torres, 2013, pág. 138)

- ¿Qué pasa contigo, Juan? ¿Acaso no puedes comprender la mísera existencia que te tocó vivir? ¿No eres consciente de que eres un ángel caído? De nuevo la pobreza golpea tu puerta y te haces el imbécil intentando apagar un incendio de tal magnitud con los préstamos de tu madre. ¡Qué ridículo te ves! ¿No lo has notado bajo la sombra de tu mirada? Cada día que pasa estás peor, mendigando un plato de comida para ti, tu exesposa y tu hija. Das mucha lástima. ¡Me apiado de ti, desgraciado! Yo también sé cuál es esa sensación de levantarse de la cama con el estómago vacío y salir a conseguir trabajo, encontrando un “no hay” como única respuesta. Entiendo esa sensación de verte al espejo y observar un amasijo de mierda sin un futuro próspero, preguntándote si en verdad vale la pena seguir intentándolo o acabar de una vez con toda esa porquería que se refleja en el psyqué del baño. Tomar la navaja de afeitar y hacer un corte limpio y seco a la altura del cuello. Rasgar todas las capaz de esa piel grasienta y detenerse a observar el chorro de sangre inundando el lavamanos. Caer al piso y por fin ganar la batalla, ante las adversidades. Pero no, los dos sabemos que habitamos la cobardía y eso nunca pasará. Nuestro castigo es vernos desbaratados y no poder hacer nada para mejorar. Estamos, como lo dice el narrador, arrojados a la soledad y con ello destinados a coexistir un mundo hostil, como aquellos animales alejados del rebaño, sin un lugar a donde ir. Hasta la sexualidad se afecta con dicho aislamiento, cual enfermedad penetrando cada centímetro de la piel, carcomiendo los huesos. Es que es lamentable ver cómo ni siquiera en la satisfacción de las pulsiones sexuales puedes tener algún refugio y debes volver a ti, a la miseria. ¡Patético!

La melancolía presente en la corporalidad de Juan Roa Sierra era un resultado palpable de todas esas adversidades ya mencionadas, pues los límites de su cordura cada día se difuminaban más y la desesperación causada por aquella vida llena de sombras y fracasos era más que evidente. Un odio vengativo emergía en la consciencia de Juan y este se dirigía hacia la única persona que pudo ayudarlo en verdad, pero se rehusó a ello: Jorge Eliécer Gaitán. Debido a esta situación, nuestro fracasado protagonista ha decidido espiar al líder político con el único propósito de acabar con su vida. Ante esta monumental tarea, decide asistir día tras día a las inmediaciones de la vivienda del reconocido abogado para conocer y memorizar sus horas de llegada y salida, tanto en la mañana, como en la tarde y, por supuesto, la noche. Luego de hacer esto con regularidad, constató que al anochecer el barrio se transformaba en un lugar vacío y oscuro, donde asesinar a alguien podría ser como quitarle un dulce a un niño, siguiendo esta frase coloquial. Esta idea criminal irá en aumento, empantanando la visibilidad de Juan. Y sí, aquella mirada contaminada por su deseo de venganza tendrá un estallido inexplicable. El nombre de Gaitán, replicado por todo el mundo, era un estruendo en sus oídos. Lo abarcaba de pies a cabeza, a toda hora y en cualquier lugar. Su obsesión por el “negro”, como siempre lo llamaron sus contradictores, se había convertido en el síntoma de una enfermedad, pues con solo oír la pronunciación de las letras que componían su apellido, de inmediato se activaba un severo dolor de cabeza en Roa Sierra. De esta manera, así lo presenta el narrador (cito in extenso):

Las manos le sudaban. La pierna que tenía cruzada se le había dormido, y al descruzarla sintió blando el piso bajo los pies, como si estuviera pisando barro. En ese momento las escaleras de aquel subterráneo comenzaron a retorcerse delante de sus ojos mientras el estruendo de las voces rebotaba contra el techo y las paredes semejante a la embestida de una ola gigantesca penetrando a raudales en la caverna de un acantilado, y esa caverna, repleta de cavernícolas que giraban en sus mesas, oscilaba y se remecía como una barcaza atrapada en el remolino de un tifón. Roa entró en pánico. Sacó de su bolsillo, con una parsimonia de pesadilla, tres monedas de cinco centavos y las puso sobre la mesa. Pero cuando intentó ponerse de pie las piernas se le doblaron y volvió a caer en el asiento, arrastrado por el vértigo de aquel espantoso carrusel que no cesaba de girar. Cerró los ojos y apoyó la frente sobre los brazos cruzados encima de la mesa, y así permaneció un largo rato, hasta sentir el alivio de una progresiva lentitud que comparó con la culminación de un viaje a bordo de la temible licuadora mecánica de la Ciudad de Hierro. En efecto, al levantar la cabeza comprobó que todos los seres vivos y las cosas inanimadas continuaban en los mismos lugares donde los había encontrado al entrar a ese sitio. Una mirada a su alrededor le bastó para confirmar lo que ya sospechaba, y era que nadie parecía haberse dado cuenta del horrible trance por el que acababa de pasar.

(Torres, 2013, pág. 167)

Este ataque de vértigo es la muestra fehaciente del avanzado estado de enajenación que empezaba a manifestarse en la corporalidad de Roa Sierra. La minuciosa descripción del narrador permite observar en detalle la revelación del pánico metamorfoseándose desde su conciencia y somatizándose en su corporalidad. Esto, que podría ser un efecto secundario de la enfermedad de la pobreza, muestra a un sujeto al borde del colapso y en los límites de la locura. De esta manera, las pesadillas invadiendo las noches de Juan, ahora se están convirtiendo en realidad. Al paso de los días, la interconexión entre mente y cuerpo evidencia signos avanzados de degradación y con ello unas leves señales de psicosis empiezan a ser más constantes y evidentes, pues las sensaciones oscilan el cuerpo de Juan Roa Sierra como un péndulo desbocado a punto de estallar. Sin embargo, para nuestro personaje lo más complicado no es esto, sino la total indiferencia de las personas a su alrededor. El desprecio manifestado por sus congéneres es más que evidente y es esta la razón la que lo invade de una tristeza lastimera. No logra comprender los porqués de su invisibilidad ante el mundo. Es un completo don nadie y este es su mayor suplicio. ¿Acaso es tan minúscula su presencia en aquel lugar como para no producir en los demás ni el más mínimo grado de conmiseración? La respuesta afirmativa a esta pregunta terminó por hundir sus esperanzas, sepultándolo de manera irreductible al más desagradable anonimato. Ni siquiera la palabra “pesar” se asoma en aquel lugar, cumpliendo la función de un simple alivio. Juan está entonces condenado al ostracismo y la degradación constante.

Retomando la narración, vemos cómo la idea constante de asesinar a Jorge Eliécer Gaitán, emergiendo en la mente de Juan Roa Sierra, es evidente desde todo punto de vista e irá en aumento. La sangre galopando en sus sienes cada vez que escuche la pronunciación del nombre de aquel abogado bogotano será una constante. De esta manera, la confluencia de todas sus desdichas serán el detonante perfecto de la ira acumulada por años de frustración y atropellos. Ira que detonará un tiempo después y cambiará la historia de Colombia para siempre. Sin embargo, a pesar del evidente estado delirante, Roa es consciente de las implicaciones existentes en ejecutar a una persona por el simple hecho de no prestarle un favor. En el fondo de sus pensamientos, algo le indica que aquella idea no es del todo correcta, pues de ser así, todos los individuos de una sociedad irían disparando a diestra y siniestra estableciendo una suerte de justicia por mano propia. En relación con esto, el narrador nos dice lo siguiente:

Después de todo, ¿qué sentido seguía teniendo para él la idea de matar a Gaitán? Que lo mataran otros. Clientes para hacerlo no faltarían, según los comentarios de todo el mundo. Además, todavía no estaba preparado. Tenía por delante la tarea de definir los detalles cruciales del crimen. Cómo, cuándo, dónde. El cómo y el dónde estaban por verse, y de eso dependía el cuándo, y precisamente, tal como pintaban las cosas, si no se daba prisa, ¿quién le aseguraba que no lo iban a dejar con los crespos hechos? Pero lo más importante de todo era que a pesar de las adversidades que le hacían la vida imposible él no quería morir. Ese era un riesgo que ya había sopesado. El problema no era sólo matarlo, sino cómo matarlo sin poner en peligro su propia vida. Porque nadie puede ir matando por ahí, de buenas a primeras, a un hombre sin jugarse su propio pellejo, y a un hombre, nada más y nada menos, que de la talla de Gaitán. Es verdad que él, Juan Roa Sierra, ansiaba ser un héroe, pero un héroe vivo, y así cumpliera la misión para la que estaba destinado, si eso le costaba la vida, ¿qué ganaría con su sacrificio? Nada. Con el miedo que le tenía a la muerte. Tal vez acabaría convertido en el cadáver tristemente célebre de un vil asesino, y en ese caso, adiós celebridad, adiós honores, adiós gloria. (Torres, 2013, pág. 172)

Y sí, con estas palabras de anticipación, el narrador nos devela el triste destino de Juan: acabar convertido en el triste cadáver de un asesino, arrastrado por una turba enfurecida en las calles del centro de Bogotá. Su heroísmo se esfumaría para quedar plasmado en los libros de Historia como el individuo que sepultó las esperanzas de una gran parte del pueblo colombiano. La vida de este vil personaje se nos presentará como el cumplimiento fehaciente de un destino lleno de momentos catastróficos. Sin el amor de pareja, de una madre y, en general, de la humanidad de sus semejantes estará arrojado al vacío de la soledad. ¿Dónde buscar un lugar seguro para poner en él sus cavilaciones? ¿Cómo encontrar esperanza en medio de las desdichas de ser lo que es? ¿A dónde huir cuando todo está perdido? La única respuesta posible por ahora nos la retrata, como ya es costumbre en esta historia, el narrador:

Se quedó recostado en su cama, mecido en el manto de una penumbra que lejos de intimidarlo lo tranquilizaba, porque, al fin y al cabo, era la suya, la penumbra del refugio de su cuarto, el único lugar del mundo donde se sentía protegido y seguro, lejos de los peligros que lo acechaban afuera, lejos de interrogatorios y amenazas de muerte, lejos del terror de estar solo en medio de las tinieblas de la noche, como sucede en las más horribles pesadillas. (Torres, 2013, pág. 210)

Y sí, Juanito, en ocasiones el único rincón del mundo en donde podemos estar un poco seguros es el encierro en nuestra alcoba. Atrancar la puerta, poner doble llave, volver la mirada y llorar de manera incontrolada sobre la cama, humedeciendo la almohada que horas antes nos sirvió de guarida ante las pesadillas de la noche. Sentir cómo todo te envuelve en un maremágnum de melancolía y tristeza. Somatizar esa tristeza de la soledad a través de un grito retumbando las paredes, inundando las sombras tras las velas. Sollozar la vida entera, mientras aprecias que todo se va a la mierda. Estar contigo, por fin, sin el peso de todas esas obligaciones respirando a la altura de tus hombros. Querer meter la cabeza bajo las cobijas y esperar que el mundo se detenga. Paralizar la inmunda realidad del afuera y poder contemplarte sin todas esas miradas hostigadoras. En fin, intentar evadir por todos los medios posibles la crudeza de una existencia carente de sentido y repleta de angustias. Y sí, te entiendo, Juanchito… ¡Entiende algo, por Dios! En este mundo lleno de injusticias, la suerte está dictaminada solo para algunos y más allá de cualquier cosa, el destino juega un papel muy importante en todo esto. No deseamos nacer pobres, pero la ruleta de la existencia así lo determina, nada por hacer, estimado amigo. Unos nacen para ser exitosos y otros para sufrir. ¿Acaso no lo dijo ya el narrador de la novela donde habitas? Mira esto, pedazo de pendejo:

A Gaitán y a Roa los une la coincidencia de haber nacido en el mismo barrio, con más de veintitrés años de diferencia y a menos de un centenar de metros de distancia. En la vida todo los separa. Uno elige un camino sembrado de espinas, el otro es un juguete en las manos del destino. Los dos son distintos, opuestos, incompatibles como el agua y el aceite. Pero la coincidencia cobra dimensiones extraordinarias cuando el ciclo de sus vidas, al cerrarse, los vuelve a unir en el trágico encuentro que les señala el mismo día, la misma hora y el mismo lugar para morir. (Torres, 2013, pág. 238)

Dos destinos incompatibles y opuestos en todo sentido se entrecruzan un nueve de abril de mil novecientos cuarenta y ocho, a la una y cinco de la tarde y en aquella vieja edificación ubicada en el centro de Bogotá. Fecha dictaminada por una mano invisible para cerrar el ciclo de sus respectivas vidas. La tragedia ya está escrita: tres disparos acaban con la vida del primero; un linchamiento descomunal difumina la existencia del segundo. No hay escapatoria. No habrá sobrevivientes. Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. El ángel exterminador ha llegado. ¿Cuál vendrá a ser el crimen del siglo entonces? Sea como fuere en ambos estás implicado. Eres principio y fin de la existencia. Sobre tus hombros recae el peso de esta tormenta, pues el manto negro de dicha tempestad cubrirá a Colombia por un par de días. Yacerás en medio de la Carrera Séptima, como un animal recién cazado. ¡Bienvenido al apocalipsis, Juan! -

¡Mmmmm, pero antes de morir, no lo recordaba, es necesario padecer aquellos suplicios atormentando tu cerebro. Alucinaciones efímeras recorriendo tu cabeza, mientras intentas salir a flote en medio del caos que siempre te rodea. Tan solo es salir a la calle un segundo para sentir el golpe directo del delirio. Eres un enajenado intentando sopesar los últimos días de tu malograda existencia. A un lado ha quedado la seguridad de tu habitación, ese mundo cerrado de tu infancia, y ahora naufragas en las calles de la ciudad que te vio nacer, tomando bocanadas de aire al mismo tiempo que te hundes en la desolación. Estás, y todos lo vemos, aterrado. ¿Qué pasa contigo, Juan? ¿Te sientes bien? ¿Necesitas un Mejoral? ¿Quieres un vaso con agua o deseas mejor un cambio de vida? -.

Caminaba bajo el tenue estertor de los resplandores fronterizos del Ricaurte cuando sintió como si alguien le hubiera puesto por detrás una venda en los ojos. Se volvió sobresaltado y descubrió la silueta carbonizada de las manzanas vecinas contenida entre el vaho espectral de las tinieblas. De súbito el barrio se había transformado en el silencioso escenario de una pesadilla y Roa Sierra empezó a recorrerlo de vuelta a su casa con el pánico atascado en la garganta y el aliento extraviado, tanteando las paredes, tropezando con piedras y canecas, esquivando postes y árboles y transeúntes encarnados en sombras, unas petrificadas, otras braceando a tientas, como si fueran nadando de pie contra las turbias corrientes de la oscuridad. (Torres, 2013, pág. 312)

Desde esta perspectiva, y continuando con la idea sobre la seguridad percibida por Juan Roa Sierra al encerrarse en su habitación, es posible aseverar que, de manera contraria, el enfrentarse al exterior causa en él una realidad caótica interior, reforzando la hipótesis sobre su grave condición psiquiátrica. Un estado delirante empieza a apoderarse de su corporalidad. Aquella vorágine interna es somatizada a partir de varios efectos fisiológicos, culminando con el horror de una pesadilla. La realidad referencial se ha metamorfoseado en un monstruo de varias cabezas coexistiendo en el cerebro de Juan. Ni siquiera en la soledad de su propia mente puede estar seguro. Los caminos cada vez se cierran más y la única salida que empieza a ser posible es la enajenación. Nadar a pie contra “las turbias corrientes de la oscuridad”, como nos lo dice el narrador, es ahora lo que le queda. De esta manera, la narración comienza a dar cuenta del aumento de esta condición en este personaje y con ello focaliza lo narrado en presentarnos a un Roa Sierra abrumado por su propia condición especial: la locura y la desesperanza. Para resaltar esto de nuevo, el narrador nos dice lo siguiente:

Se sentía triste, desesperanzado y vacío, como un desahuciado que ve pasar el tiempo que corre hacia su muerte. Esa mañana había vuelto a recapacitar en el hecho de que su angustia no sólo estaba ligada a la condena de tener que matar a Gaitán, sino al riesgo de perder su propia vida. Era el mismo miedo que había experimentado la primera vez, y una de las razones que más habían pesado en su decisión a la hora de renunciar a la idea de matarlo. Mientras lo asimilaba, había tenido la revelación de que ese miedo había estado agazapado en algún recoveco de su conciencia durante los últimos días, relegado a un segundo plano, tal vez represado por el dique de la culpa de verse convertido en una amenaza mortal para los dos seres que más amaba en el mundo. (Torres, 2013, pág. 321)

Es evidente cómo el narrador omnisciente elegido por Torres conoce a la perfección los sentimientos de Juan Roa Sierra y los centra en la tristeza, la desesperanza y el vacío. Una tríada aterradora. De nuevo, la imagen fantasmagórica de su hija y exmujer aparece para llenarlo de un remordimiento melancólico, en tanto aquí se nos presenta una situación trágica, en todo el sentido pleno de la palabra. En sí, Juan tiene dos opciones en sus manos: asesinar o no asesinar a Gaitán. Cualquiera que elija tendrá consecuencias negativas para él. Si se decide por la primera, es indudable que perecerá en el lugar de los hechos, bajo los brazos asesinos de una muchedumbre deseosa de venganza. En caso contrario, al elegir la segunda, es posible salvar su vida, pero a costa de la ejecución de su exesposa y, junto con ella, al fruto del respectivo amor de la pareja: su hijita. Como decimos en lenguaje coloquial, “está contra la espada y la pared”. No hay salida. ¿No es esta una situación arquetípica de la tragedia griega? Obviamente, sin caer en reduccionismos frente a este género literario. Cuando se observa con detalle esta escena, junto a un Roa pensativo y angustiado, es más que entendible los sentimientos negativos experimentados por él. No existe escapatoria alguna. Otra vez, una suerte de mano invisible dictamina las fichas de esta historia y es esa respectiva voz narrativa quien nos la cuenta de primera mano lo siguiente:

Se sentía más solo y desamparado que nunca, apabullado por un sentimiento de absoluta indefensión frente al mundo y consumido por los estragos de una depresión que lo mantenía en un estado permanente de tristeza. Esa mañana, después de ocho o nueve años de haberlo hecho sin falta día tras día, había renunciado a afeitarse al ver su cara en el espejo y reconocer en ella el rostro abominable de un asesino. Esa visión espantosa era, al mismo tiempo, la imagen del hombre derrotado, indigno, asqueado de sí mismo, la de un ser ruin y despreciable doblegado bajo el peso de la culpa, una carga insoportable que rebasaba el endeble caparazón de su conciencia, macerada, además, por los remordimientos que gravitaban alrededor de su fracaso como padre y como hijo, y también como esposo. (Torres, 2013, pág. 335)

¿Qué pensar frente a lo narrado en la cita anterior?

¿Ahora, la depresión absoluta invade el cuerpo de Juan? Y es que un estado depresivo puede sentirse como una profunda tristeza que no parece tener fin. Las personas que lo experimentan, como Roa, a menudo se sienten atrapadas en una nube oscura, donde la esperanza y la alegría parecen inalcanzables. Un sinsentido del mundo aparece de manera abrupta, nublando cada rincón de su inconsciente. Las actividades que antes disfrutaban ya no les interesan, y pueden sentirse agotadas, incluso después de descansar. La mente puede estar llena de pensamientos negativos y autocríticos, pudiendo ser difícil concentrarse o tomar decisiones. Este estado puede afectar tanto el cuerpo como la mente, causando problemas de sueño, cambios en el apetito y el estado de ánimo y una sensación general de malestar. ¿Acaso no es todo esto lo que se nos ha presentado a lo largo de la novela en relación con el estado sicológico y psiquiátrico de Roa Sierra? ¿Verse al espejo y observar la derrota y la vergüenza no es signo de que algo muy malo está ocurriendo? Aquellos remordimientos gravitando alrededor de su vida fracasada como padre, como hijo y como esposo sepultan toda esperanza en la consciencia de un Juan Roa Sierra al borde del colapso. Para subrayar esta condición límite es interesante la manera en que con el leve detalle de abandonar la afeitada recurrente, el narrador nos muestra a un ser enfrentado a la completa desesperanza. No preocuparse por arreglar un poco su cuerpo, representado en el respectivo descuido de la barba, es un indicio del abandono del cuidado de sí. La sensación de desamparo aquí es lamentable. Estamos en presencia de la caída en desgracia de este particular personaje. No hay vuelta atrás y con esto se devela otra vez un abismo sin salida. De esta manera, la voz narrativa vuelve a la escena para relatarnos el último día de vida de Juan:

Nadie sabe cómo pasó Roa Sierra la última noche de su vida, si logró pegar los ojos en algún momento, y si logró pegarlos qué criaturas o monstruos, qué bestias o demonios, qué voces y caras y fantasmas y sombras y calles y nieblas y paisajes invadieron los descarrilados vagones de sus sueños. O si fue una horrenda sucesión de delirios engarzados por sobresaltos y temores mientras contaba el tiempo en el reloj sin manecillas de sus desvelos viendo aparecer y esfumarse a cada latido el rostro altanero de Gaitán. Lo cierto fue que al levantarse se metió bajo el chaparrón helado de la regadera y dejó escurrir todos sus olores, sudores y temblores en un charco cenagoso que acabó por chuparse el remolino del desagüe. Tampoco esa mañana se afeitó, pero se cambió de camisa y se puso una corbata azul y el otro vestido, molido y en físicas hilachas que tenía, el gris claro a rayas blancas, anchas y vistosas, y los viejos zapatos carmelitas que nunca se quitaba… ¿Hoy tampoco va a venir a almorzar?, le preguntó cuando salieron de la cocina y lo vio ponerse el sombrero. Juan la contempló con un lampo de tristeza en la mirada. Quién sabe, mamá, el golpe avisa, dijo, sin sospechar que a la hora del almuerzo ya estaría muerto. (Torres, 2013, págs. 367-368)

Así como lo dice el narrador, ¿quién iba a pensar que pasadas la una de la tarde de ese nueve de abril, Juan Roa Sierra estaría destrozado por los golpes y patadas recibidos por una turba enardecida, y que su cuerpo yacería carcomido por los hematomas a cielo abierto de aquella tarde soleada? ¿Qué tipo de pesadillas tuvo que soportar esa noche, sabiendo que horas más tarde debería cumplir una orden de la cual dependía su vida? ¿Cómo lograría cerrar los ojos e intentar descansar de esa pesadilla? Lo cierto es que ya tenía plena seguridad de su destino y, más allá de todo intento por evadirlo, se enfrentó de una manera insospechada a esa bestia. ¿Cuáles podrían ser los pensamientos de una persona caminando hacia la horca? Nunca sabremos lo que pasó en verdad, aunque ya sabemos que eso de la “verdad” es bastante relativo, pero sí conocemos este relato ficcional donde Torres especula sobre lo sucedido en la vida de Roa Sierra y el asesinato de Gaitán. Precisamente, en este accionar narrativo se devela ese sujeto cultural intrahistórico: darle voz a los silenciados por los discursos de la Historia oficial. Por ello, durante algunas páginas he reflexionado sobre la manera en que Miguel Torres juega con ese título abierto, brindando posibilidades de interpretación: El crimen del siglo. ¿En verdad ese crimen es el de Gaitán o la balanza se inclina hacia el de Roa Sierra? Leemos un indicio y este es la focalización narrativa en la literaturización de la vida del segundo. Allí está, precisamente, la perspectiva de lo narrado: centrase en la vida del presunto asesino. Esto de ninguna manera significa minimizar el homicidio del abogado bogotano, ni restarle importancia. Por el contrario, ayuda a comprender los móviles de un sistema criminal constituido de manera perfecta, donde Juan solo cumplía el papel de un engranaje reemplazable. La máquina encendió ese día, luego de tres detonaciones retumbando el edificio Agustín Nieto Caballero, y a la fecha no ha dejado de funcionar. Su nombre es en definitiva: Impunidad.

Por otro lado, resulta importante ver la manera en que algunos párrafos después de este episodio, y bajo un narrador indirecto libre, la historia nos devuelve hacia el principio del relato y nos muestra a Juan Roa Sierra intentando, como último recurso, hablar con su amigo alemán Umland para pretender impedir el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. Sea como fuere (y las razones nunca las conoceremos) el astrólogo no le creyó e ignoró la advertencia. Pero, será mejor que tú, estimado lector, leas con tus propios ojos lo que te estoy diciendo. Aquí te adjunto pues la respectiva escena:

He sabido, arrancó por fin, y no me pregunte cómo, que hoy piensan asesinar a Jorge Eliécer Gaitán. El impaciente Umland chasqueó la lengua. Eso se oye decir todos los días, Juan, no les pare bolas a esos rumores. No son rumores, reviró Roa Sierra. ¿Y usted cómo lo sabe? Roa Sierra evadió la pregunta. Qué importa cómo lo haya sabido, lo sé, eso es todo. Parece muy seguro, comentó Umland. Lo estoy. ¿Por qué?, insistió el alemán… Porque el que va a matarlo soy yo, le soltó a quemarropa, como si las palabras le ardieran en la lengua… ¿De dónde sacó semejante disparate? Piense lo que quiera, profesor, replicó Roa Sierra, pero vine a decírselo para que usted trate de impedirlo, yo no puedo hacerlo, pero usted sí, con tal de que no mencione mi nombre. (Torres, 2013, pág. 370)

Lo cierto es que Umland, conociendo la manera de ser de Roa Sierra, hizo caso omiso a la confesión del futuro asesino y decidió cortar de tajo las palabras de su amigo. No sabemos si la profunda nobleza o el estado delirante de Juan fueron las causales de dicha omisión, pero sí comprenderemos luego que era verdad. En este orden de ideas, la intención de frenar el magnicidio quedó reducida y archivada en el cajón del olvido. La llegada de una bella mujer a la oficina del astrólogo fue la excusa perfecta para despachar al visitante, dejándolo a su suerte que, como ya sabremos, estaría manchada por el manto oscuro de la muerte. Acto seguido, el confeso sicario abandonará el recinto con la mirada consternada y su última esperanza echada al bote de la basura. También estaremos al tanto sobre el arrepentimiento posterior de Umland al no haberle creído a su pupilo, aunque dicha cavilación nunca sería manifiesta en las investigaciones del crimen y solo lo podemos conocer gracias al poder del narrador, quien continua su relato de la siguiente manera:

Roa Sierra aguantaba recostado contra el muro, lívido, afiebrado, pescando el aire a sorbos, pero ya en últimas, sabiendo que no le quedaba de otra, resuelto a apretar el gatillo si es que cuando bajara Gaitán todavía le quedaban alientos para levantar el revólver. El Flaco seguía ahí, a tres pasos de la puerta, con los ojos clavados en el corredor, y Roa Sierra no le quitaba los suyos de encima sin darle un pestañazo de ventaja, no fuera que su facha acabara por desvanecerse entre el bosque de niebla que se había tragado la calle. De súbito lo asaltó el recuerdo de su encuentro con Gaitán siendo niño, allí, muy cerca, en el parque Santander, y en el preciso instante en que alargaba su pequeña mano para saludarlo, vio al Flaco levantar el mentón señalando hacia el corredor y sintió la sangre como granizo derretido en sus venas mientras un estremecimiento le recorría la espina dorsal cortándole de un tajo el resuello. (Torres, 2013, pág. 382)

- Leo esto y lo único que se me ocurre es intentar comprenderte en ese preciso momento, Juan, segundos antes de las detonaciones. “¿Qué estoy haciendo? Mis manos tiemblan, pero no puedo detenerme ahora. Todo lo que he escuchado, todo lo que me han dicho, me lleva a este momento. Gaitán… ese hombre que todos admiran, ¿es realmente el salvador que dicen? ¿O es un obstáculo que debe ser eliminado para un futuro mejor? Siento el peso del arma en mi bolsillo. Cada paso que doy me acerca más a él. La multitud no sospecha nada, todos están absortos en sus propios pensamientos, en sus propias vidas. Pero yo… yo estoy a punto de cambiarlo todo. ¿Será esto lo correcto? ¿O simplemente soy una marioneta en manos de fuerzas más grandes? Mi madre… ¿qué pensará de mí? Ella, que siempre ha visto a Gaitán como un héroe. ¿Podrá perdonarme alguna vez? ¿Podré perdonarme yo mismo? No hay vuelta atrás. Debo hacerlo. Debo cumplir con lo que se espera de mí. Ahí está, a unos metros de distancia. Su figura imponente, su voz resonando en el aire. Este es el momento. Respiro hondo, trato de calmar mi mente. Todo se reduce a este instante. Que Dios me perdone”. Quiero intentar, como Torres hizo en este universo narrativo donde habitas, darte un poco de voz, aunque en esta oportunidad ficcionalizándote a partir de un narrador homodiegético. ¿Para qué? Podrías preguntarte, Roa. La respuesta no es nada trascendental, ni busca dar una respuesta verdadera a lo que sucedió ese abril del cuarenta y ocho. Simplemente, puedo decir que es para comprenderme en tanto busco comprenderte. Sé que esto suena extremadamente raro, y lo es, no tengas la menor duda, pero me refiero al poder de la ficción, en tanto nos vemos reflejados en lo que leemos. ¡No! No voy a intentar asesinar a nadie, me refiero a la idea de ahondar en las profundidades de tu alma atormentada por todo lo que te abrumó y así observarme desde la distancia, habitando también mis propios fantasmas. Negras reminiscencias inundando mi consciencia, abarcándome de pies a cabeza todos los días, todo el día... ¿Acaso no cargamos todos con nuestros oscuros espectros retorciéndonos la cabeza? En fin, perdona mi devaneo y volvamos a la novela y con ello al crítico literario que escribe sobre ti.

En la cita anterior resulta relevante observar cómo el respectivo narrador nos presenta a un Roa Sierra afiebrado, débil y resignado por su destino: asesinar a Gaitán y perecer en ello (aunque, se sobreentiende que él no lo sabe). Está paralizado, mudo y completamente indefenso frente al edificio Agustín Nieto Caballero, donde se ubica la oficina del respetado abogado. Frente a esta situación, los recuerdos de infancia destellan en la mente de Juan, iluminando un encuentro pasajero en el parque del barrio Santander, en el centro de la ciudad capital, con el mismísimo caudillo del pueblo. Sus manos se entrecruzan en aquella imagen del pasado. Este cruce de caminos pone al descubierto el porvenir de dos niños bogotanos, cuyos respectivos destinos serán disímiles en todos los aspectos posibles, pero unidos bajo una siniestra realidad: morir el mismo día y bajo la misma orden. Asimismo, esta pequeña reminiscencia se esfumará de tajo y traerá de nuevo a la realidad a nuestro personaje principal. Este episodio (podría ser psicótico, más que un recuerdo) se difumina gracias a la irrupción del ensueño a través del golpe continuo de la voz de su amigo, el Flaco, indicándole el arribo del líder liberal. Es la una y cinco de la tarde; el reloj de la iglesia de San Francisco corrobora la información. De inmediato, una mano emerge y empuña un revolver brillante y recién cargado con las respectivas municiones. Estamos, tú, querido(a) lector(a), Juan y yo, contemplando de primera mano el magnicidio que partió en dos la historia de Colombia:

vio a Gaitán de espaldas a él, de abrigo y sombrero, caminando muy despacio, atento a la voz que susurraba en su oído, pero en ese mismo instante, más allá, como por entre los velos cenagosos de una tormenta, alcanzó a distinguir la silueta de un hombre que levantaba el brazo con un objeto reluciente en la mano. Roa Sierra pensó que el blanco de esa amenaza era él y brincó al quicio del corredor para resguardarse afianzando su mano izquierda en el marco de la puerta mientras levantaba la pesada carga del revólver con la derecha. En ese momento el pitazo del cambio de vía en el cruce de la Jiménez con Séptima erizó el silencio de la cuadra, y fue entonces, sobre los vibrantes estertores del pitazo, cuando se oyó un disparo seguido muy de cerca por otro al que sobrevino un silencio de muerte que estalló con el tercer disparo. (Torres, 2013, págs. 383-384)

- Así es, estimado Juan, te encuentras en la concurrida carrera Séptima de Bogotá, el 9 de abril de 1948. El bullicio de la ciudad te envuelve, pero tu mente está fija en un solo objetivo. Pareces un perro de caza asechando a su presa. Caminas con determinación, sintiendo el peso del arma oculta bajo tu abrigo. Cada paso que das te acerca más a tu destino. Ves a Jorge Eliécer Gaitán salir del edificio Agustín Nieto, rodeado de sus seguidores y amigos más cercanos. Su figura imponente, junto con su carisma, llenan el ambiente de un aire embelesador. Te detienes por un momento, dudando, pero la decisión ya está tomada. La multitud a tu alrededor parece moverse en cámara lenta mientras te acercas. Tu corazón late con fuerza, casi ensordecedor. Levantas el arma, apuntando con mano temblorosa. En ese instante, el tiempo se detiene. Se aprieta el gatillo y el estruendo del disparo rompe el aire. Gaitán cae al suelo, y el caos se desata a tu alrededor. La gente grita, corre, y tú te quedas paralizado, observando el resultado de las tres detonaciones. No hay vuelta atrás. En cuestión de segundos, te ves rodeado por una multitud enfurecida. Sientes los golpes, los gritos, y el dolor se vuelve insoportable. Sabes que este es tu fin, pero en ese momento, solo puedes pensar en lo que has hecho y en las consecuencias que traerá lo que acabas de presenciar. El Bogotazo ha comenzado y tú, Juan Roa Sierra, te conviertes en una figura trágica en la historia de Colombia. –

Lo interesante en la cita anterior es la manera en que se presentan los hechos que dieron muerte al “caudillo del pueblo”, pues el narrador nos deja la duda sobre quién en verdad fue el que disparó ese nueve de abril del cuarenta y ocho, a la una y cinco de la tarde. Esto, sin lugar a duda, es un aspecto relevante en la historia colombiana. Al cuestionar la culpabilidad del presunto sicario, se abren las especulaciones sobre la mano que realizó las tres detonaciones. En este caso, no se asegura que haya sido Juan, pero tampoco se niega por completo. Al mostrarnos a un sujeto levantando la mano y empuñando un elemento reluciente, se siembra la duda sobre quién es ese tipo y qué es lo que en verdad lleva consigo. ¿Para qué está ahí en ese preciso momento? No lo sabemos con certeza, pues la situación se interrumpe con el pitazo respectivo del cambio de vía en el cruce de la Calle Jiménez con Carrera Séptima y allí, precisamente allí, a la par de una suerte de unísono, retumban los disparos. Luego de esto, la escena se empaña de un caos sin igual y Roa Sierra queda paralizado por la impresión de la situación. ¿Disparó? No lo sabemos y, de hecho, esa es la intención del autor: poner en duda la culpabilidad de Juan Roa Sierra y así excavar en un pasado que sepultó dicho crimen a la completa impunidad. Hoy, setenta y seis años después de El Bogotazo, las investigaciones siguen sin arrojar resultados esclarecedores. El reinado del silencio continua su marcha triunfal.

Foto tomada de: https://www.infobae.com/colombia/2025/04/10/bogotazo-los-mitos-que-se-mantienen-sobre-el-9-de-abril-de-1948-en-colombia/

Figura 4: Foto tomada de: https://www.infobae.com/colombia/2025/04/10/bogotazo-los-mitos-que-se-mantienen-sobre-el-9-de-abril-de-1948-en-colombia/

En este mismo sentido, al finalizar la novela, el narrador nos cuenta los últimos minutos de vida de un Juan Roa Sierra completamente entristecido y abrumado por el pánico ante el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán. El terror invade la corporalidad del presunto asesino, mientras un caos de extrema violencia envuelve a la ciudad. Resulta pertinente resaltar cómo esta situación es narrada a través de un gigantesco párrafo que pareciera no culminar, transmitiendo una sensación de confusión y desconcierto en el lector. Un río del tiempo empantana las últimas páginas de la obra. La heteroglosia emerge desde diferentes ángulos y con ello se da una compleja impresión de confusión y desconcierto. La multiplicidad de voces entremezcladas, junto con descripciones topográficas detalladas del entorno, brindan un escenario apocalíptico. Hay gritos, murmullos, insultos, llantos y lágrimas por doquier. El piso manchado con la sangre del caudillo se ha convertido en un altar de lamentaciones. Todo, desde ahora, parece un torbellino de brazos y piernas yuxtaponiéndose sobre el escuálido cuerpo de Juan:

Días después de ser linchado, Juan Roa Sierra, es sacado de la fosa común. Fondo Sady González, n°237. Archivo de Bogotá. Ver: https://archivobogota.secretariageneral.gov.co/noticias/pasado-segun-sady

Figura 5: Días después de ser linchado, Juan Roa Sierra, es sacado de la fosa común. Fondo Sady González, n°237. Archivo de Bogotá. Ver: https://archivobogota.secretariageneral.gov.co/noticias/pasado-segun-sady

¿Usted por qué asesinó a Gaitán? Silencio. ¿Quién lo mandó?

Ay, señor, gime Roa Sierra, yo esas cosas no las puedo decir, Por qué lo hizo, diga, insiste Quesada Anchicoque, tiene la blusa blanca de trabajo manchada de chorriones de sangre, Señor, tenga piedad de mí, no deje que me maten, suplica Roa Sierra con la cara y las manos embadurnadas de sangre, saca las cinco balas que guarda en el bolsillo y las arroja al piso que ha ido dejando regado de sangre a su paso, y al ver a la montonera energúmena remeciendo las rejas hace un nuevo intento por escabullirse hacia el interior del negocio, pero un empleado que está detrás del mostrador lo rechaza con violencia haciéndolo caer de espaldas al piso, Virgencita del Carmen, ayúdame, exclama el detenido sollozando como un niño, afuera la gritería es feroz, la multitud golpea las rejas con sillas, con garrotes, con cajas de embolar intentando echarlas abajo. (Torres, 2013, págs. 385-387)

- Te encuentras en medio de una multitud enfurecida y sedienta de un odio vindicativo. Los gritos y los insultos te rodean, cada vez más cerca, cada vez más intensos. Sientes el sudor frío recorriendo tu espalda, y tu corazón late con una fuerza que parece querer romper tu pecho. Te preguntas cómo llegaste a este punto, cómo tu vida se desmoronó hasta este instante de desesperación. Recuerdas tu infancia en Bogotá, los días en que corrías por las calles empedradas, soñando con un futuro diferente. Eras un niño lleno de esperanzas, con una sonrisa que iluminaba tu rostro. Pero la vida no fue amable contigo. La pobreza, la falta de oportunidades, y las malas decisiones te llevaron por un camino oscuro. Piensas en tu madre, doña Encarnación, en su rostro cansado pero siempre lleno de amor. Ella hizo todo lo posible por darte una vida mejor, pero el destino parecía empeñado en ponerte obstáculos. Te duele recordar cómo la decepcionaste, cómo tus acciones la llenaron de tristeza. La política, la injusticia, la rabia acumulada… todo se mezcló en tu mente, llevándote a cometer actos que ahora te parecen lejanos, casi irreales. Te preguntas si en algún momento podrías haber tomado un camino diferente, si podrías haber sido alguien mejor. La multitud se acerca más, y sientes el miedo apoderarse de ti. Pero también hay una extraña calma, una aceptación de tu destino. Sabes que no hay vuelta atrás, que tus acciones te han llevado a este punto sin retorno. Cierras los ojos por un momento, tratando de encontrar un último resquicio de paz en medio de la tempestad. En esos segundos eternos, te das cuenta de que, a pesar de todo, eres humano. Cometiste errores, sí, pero también tuviste sueños y esperanzas. Y aunque el final esté cerca, esos recuerdos te acompañarán hasta el último suspiro. El ruido afuera se intensifica y parecen gritos infernales. Sabes que no hay escapatoria: vas a morir. Cierras los ojos y piensas en los días soleados de tu infancia, en los momentos de inocencia antes de que la vida se volviera tan complicada. Y en ese último instante, te aferras a esos recuerdos, esperando encontrar un poco de paz en medio de la catástrofe. –

Fotografía restaurada a color por Sietefotográfos.com. Aquí se observa cómo quedó la ciudad luego del estallido social producto de El Bogotazo. Ver: https://sietefotografos.com/cronicas-fotograficas/ el-bogotazo-a-color/

Figura 6: Fotografía restaurada a color por Sietefotográfos.com. Aquí se observa cómo quedó la ciudad luego del estallido social producto de El Bogotazo. Ver: https://sietefotografos.com/cronicas-fotograficas/ el-bogotazo-a-color/

Referencias

Archivo de Bogotá. (s. f.). El pasado según Sady. Secretaría General. Recuperado de https://archivobogota.secretariageneral.gov.co/noticias/pasado-segun-sady [Link]

Infobae. (2025, abril 10). Bogotazo: Los mitos que se mantienen sobre el 9 de abril de 1948 en Colombia. https://www.infobae.com/colombia/2025/04/10/bogotazo-los-mitosque-se-mantienen-sobre-el-9-de-abril-de-1948-en-colombia/[Link]

Cabra Hernández, J. É. (2022). Una lectura sociocrítica de El incendio de abril, de Miguel Torres y La sombra de Orión, de Pablo Montoya Campuzano. Estudios Artísticos: revista de investigación creadora 130-145.

Torres, M. (2013). El crimen del siglo. Bogotá: Alfaguara.

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