Vivir es sentir. La materialidad básica de las experiencias vividas que conforman nuestras historias de vida, está hecha de redes más o menos palpitantes de intercambios del sentir, desde donde creamos colectivamente intensidades y sentidos de nuestras existencias. El sustrato viviente y común de las prácticas a través de las cuales hacemos la vida tanto humanos como no humanos, es en todo caso corporal y por lo tanto inter sensible, en doble vía: a través de las capacidades sensibles y mediante las condiciones sintientes. Aun cuando estas capacidades y condiciones, ambas están circunscritas a la violenta valoración del ordenamiento bio y geo político de los cuerpos, las primeras son de contingencia biológica más particular (según las potencias del sentir del “mí mismo-piel” o del “mí misma-piel”), desde donde son posibles las infinitas maneras de modos de relación basados en el intercambio colectivo de las sensibilidades visuales, táctiles, olfativas, gustativas, cenestésicas, entre otras, mediante las cuales lo vivo va sucediendo y lo social va acaeciendo. Mientras, las segundas, más psico-socialmente corporalizadas, situadas, contextualizadas, generizadas y energéticamente significadas, dan significación a lo vivido en tanto sentido, “lo vivido como lo sentido”, al develar las gradaciones de intensidades, afectaciones y afectividades que estos intercambios llegan a tener, socio personalmente y socio ambientalmente hablando.

Publicado: 2019-01-29

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