La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]

Autores/as

  • Juan Moreno Blanco Université Michel de montaigne Bordeaux III, Francia

Palabras clave:

Gabriel García Márquez, literatura, colombia, entrevista (es).

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Cómo citar

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Moreno Blanco, J. (2000). La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]. Enunciación, 4(1), 14–21. https://doi.org/10.14483/22486798.2526

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[1]
Moreno Blanco, J. 2000. La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]. Enunciación. 4, 1 (ene. 2000), 14–21. DOI:https://doi.org/10.14483/22486798.2526.

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(1)
Moreno Blanco, J. La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]. Enunciación 2000, 4, 14-21.

ABNT

MORENO BLANCO, J. La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]. Enunciación, [S. l.], v. 4, n. 1, p. 14–21, 2000. DOI: 10.14483/22486798.2526. Disponível em: https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/enunc/article/view/2526. Acesso em: 25 ene. 2022.

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Moreno Blanco, Juan. 2000. «La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]». Enunciación 4 (1):14-21. https://doi.org/10.14483/22486798.2526.

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Moreno Blanco, J. (2000) «La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]», Enunciación, 4(1), pp. 14–21. doi: 10.14483/22486798.2526.

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[1]
J. Moreno Blanco, «La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]», Enunciación, vol. 4, n.º 1, pp. 14–21, ene. 2000.

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Moreno Blanco, J. «La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]». Enunciación, vol. 4, n.º 1, enero de 2000, pp. 14-21, doi:10.14483/22486798.2526.

Turabian

Moreno Blanco, Juan. «La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]». Enunciación 4, no. 1 (enero 1, 2000): 14–21. Accedido enero 25, 2022. https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/enunc/article/view/2526.

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Moreno Blanco J. La cepa de las palabras. Intercambio lingüístico Wayúu y continente biográfico garciamarquiano]. Enunciación [Internet]. 1 de enero de 2000 [citado 25 de enero de 2022];4(1):14-21. Disponible en: https://revistas.udistrital.edu.co/index.php/enunc/article/view/2526

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Enunciación, 2000-08-00 vol: nro:4-5 pág:14-21

La Cepa De Las Palabras

[Intercambio lingüístico wayúu y continente biográfico garciamarquiano]

Juan Moreno Blanco

Estudiante de doctorado en Etudes Ibériques et Ibéro-Americaines en la Université Michel de Montaigne Bordeaux III, Francia.

« Las herencias históricas hay que asumirlas totalmente o para nada en absoluto . »

                                                                        Arturo Uslar Pietri


Los comentarios y las críticas a la obra literaria de Gabriel García Márquez han formado una estela en donde es notable la tendencia a vincular el continente de la ficción al continente biográfico. Es frecuente que como médula del proceder interpretativo se ponga en relación la imagen o el fragmento extraídos de la ficción narrativa con la vida del escritor. Para ilustrar esta tendencia evocaremos el caso de Dasso Saldivar, el biógrafo de García Márquez, al describir la casa donde se crió el escritor: «... la casa de los abuelos es literalmente la de 'La hojarasca' y} con apenas modificaciones, la de 'Cien años de soledad'. No podía ser de otra manera. Ál despertar en ella el autor a la vida consciente y subconsciente, a la memoria hedónica, emocional y afectiva, empezaba también en ella el espacio de su futura obra. Sus habitaciones, sus objetos, las historias, los sabores, olores, colores y sonidos serían filtrados por la memoria y luego transpuestos por una poderosa imaginación que los convertiría en cuentos y novelas memorables » (Saldivar, 1997 : 91); « Al seguir, en 'Cien años de soledad', el curso del hilo de sangre que mana del cuerpo muerto de José Arcadio, se visualiza mejor en conjunto, la casa de los Buendía, viéndose que ésta es casi idéntica a la de los Márquez Iguarán ...» (Saldivar: 93). Esta inclinación a unir la ficción a la biografía, alimentada locuazmente desde siempre por el mismo escritor, es ineludible y tal vez será inagotable. Sumándonos a ella, podemos emplearnos a ilustrarla con un vínculo nuestro . Se trata de un fragmento de una entrevista al escritor, tal vez la primera, realizada en 1954 para la Emisora H J.C.K., respecto a lo que él llama « la pesadilla perfecta » y que posteriormente dará lugar a una imagen de la ficción :

Entrevistador: «... ¿y puede darnos un ejemplo de pesadilla perfecta ?

G.G.M. : « La tengo en mi colección. Sueño que estoy en una habitación cuadrada de paredes lisas, sin otra comunicación con el mundo externo que una pequeña puerta cerrada. Abro la puerta y al salir de la habitación me encuentro con otra exactamente igual: cuatro paredes lisas y al frente una pequeña puerta cerrada. Intrigado, abro esa segunda puerta y me encuentro con una tercera habitación exactamente igual a la anterior y luego en-una cuarta y en una quinta y en una sexta... ».(Guerrero, 1987 :17)

Un episodio de « Cien años de soledad » será el calco de esta experiencia onírica del escritor :

« Cuando estaba solo José Arcadio Buendía se consolaba con el sueño de los cuartos infinitos. Soñaba que se levantaba de la cama, abría la puerta y pasaba a otro cuarto igual, con la misma cabecera de hierro forjado, el mismo sillón de mimbre y el mismo cuadrito de la Virgen de los Remedios en la pared del fondo. De ese cuarto pasaba a otro exactamente igual, cuya puerta abría para pasar a otro exactamente igual y luego a otro exactamente igual, hasta el infinito ... ».

Innumerables son los puentes que confirman este nexo entre la ficción garciamarquiana y su biografía, como si se tratara de dos organismos que no pueden ser independientes, tanto más por cuanto la materia de cada uno de ellos es la misma : la palabra, el narrar, la creación verbal, el decir del mundo en el lenguaje. La palabra y su río de experiencias en García Márquez une la literatura a la vida ; es el « ahí » que preexiste a la literatura y entra en ella como materia prima, es lo que Mario Vargas Llosa llama la « cantera », el « botín », que permitirá al narrador la « edificación deicida » de su obra literaria: « La afirmación [de García Márquez] 'Yo no podía escribir una historia que sea basada exclusivamente en experiencias personales' encierra una triste verdad: el suplantador de Dios no sólo es un asesino simbólico de la realidad, sino, además, su ladrón. Para suprimirla debe saquearla ; decidido a acabar con ella, no tiene más remedio que servirse de ella siempre. Así, respecto a la materia de su mundo ficticio, ni siquiera es un creador: se apropia, usurpa, desvalija la inmensa realidad, la convierte en su botín. De esa ilimitada cantera que pone al servicio de su empresa deicida, surgen ciertos rostros, ciertos hechos, ciertas ideas que ejercen sobre él una fascinación particular, que aisla de los demás para, combinándolos, organizándolos, nombrándolos, edificar 'su'realidad »(Vargas Llosa, 1971 : 102)

El río de la palabra va en el escritor colombiano de la vida al arte literario y ello se ha vuelto una verdad perenne en la interpretación crítica de su obra. Pero es preciso resaltar que existe un implícito acuerdo general para dar lugar de excepción en ese ir y venir entre la obra y la vida a un cúmulo muy particular de experiencias del escritor : las de su infancia[1] . El mismo García Márquez lo ha dicho : « ... todo lo que he escrito hasta ahora lo conocía ya o lo había oído antes de los ocho años » ( Harss, 1975 : 393). Así las cosas, para comprender la obra del adulto es obligada tarea comprender la vivencia del niño, ese más acá histórico que hace las veces de dimensión germinadora de la palabra del futuro ficcionador. Ahora bien, de esa infancia habrá que explorar la huella que el tiempo ha dejado en las palabras, mas no las palabras supuestamente originarias y autónomas del niño como isla humana sino más bien el comercio de la palabra, el intercambio lingüístico, en el entorno de quienes fueron sus adultos tutelares y que hicieron que el niño fuera siendo, pues «... el niño no sabe que él es un niño, él es un reflejo de la persona de la que él es interlocutor. Se imagina en una actividad que lo valoriza todo el tiempo, y que sostiene su yendo-volviéndose grande » (Dolto, 1987 : 31). La niñez y su palabra nutricia sólo puede aparecérsenos entonces como tejido que el medio humano allegado le ha dado, medio que de suyo, y respecto al niño, lo que ha hecho es «... entrar en comunicación con él a propósito de su deseo, y abrir el mundo en palabras para su ocasión, un mundo de representación, un mundo de lenguaje, de vocabulario, un mundo de promesas de placer» (Dolto, 1987 : 73). El individuo se hace sujeto gracias al lenguaje mediador y protector que lo lleva a conocer el mundo y lo marca para siempre. Su paisaje doméstico lo conduce y lo forma. Como dice Dolto, « Un ser humano está marcado por las comunicaciones verdaderas que ha tenido con el consciente y el inconsciente de sus allegados, en primer lugar la madre, el padre, y las primeras personas que cumplen el papel de otros de la madre » (Dolto, 1987 : 49). No obstante, para el caso de Gabriel García Márquez, niño confiado a sus abuelos, la madre y el padre casi no harán parte de ese paisaje gracias al cual la niñez ávida se inserta en el tránsito humano del mundo. Según Saldivar, Gabriel García Márquez « ...pudo haber conocido a su madre (...) teniendo casi tres años y medio (...) Hasta ese día el niño había concebido a la madre como un ser múltiple... » (Saldivar : 89); « ...Gabito se quedaría con sus abuelos y sería para siempre más hijo de su abuelo que de su padre y más hijo de su abuela y de sus tías que de su madre » (Saldivar: 87). La fatría del niño está constituida entonces por un conjunto de adultos que no son la familia en el primer grado de consanguineidad, de ahí que las palabras que lo rodean, y el linaje de la semántica que circula en esas palabras, se sitúan en un radio de una amplitud que sobrepasa la órbita de lo típicamente familiar.

Los recuerdos del escritor, y los que le han sido transmitidos, muestran bien el proceso en el qué él se constituye como sujeto de palabra y autopresentación en nexo con la palabra ambiente de sus allegados : « Quienes me conocieron por aquellos años dicen que era un niño ensimismado que sólo hablaba para contar algún disparate. Ahora sé porqué : lo que contaba era en gran parte episodios simples de la vida diaria, que yo hacía más atractivos con detalles fantásticos para que los adultos me hicieran caso. Mi mejor fuente de inspiración eran las conversaciones que los adultos sotenían delante de mí creyendo que no las entendía. Y era todo lo contrario : las absorbía como una esponja, las desmontaba en piezas, las recomponía para que no se les reconociera el origen y volvía a contárselas a los mismos adultos, que se quedaban perplejos por las coincidencias entre lo que yo contaba y lo que ellos habían dicho ». (G.G.M., 1995 : 13 A). El grupo primario[2] , cuyo intercambio lingüístico introduce al autor al mundo gracias a la dimensión cognitiva y afectiva social, no estará constituido por sus padres sino, principalmente, por personas de generaciones anteriores: sus abuelos y sus tías. Si el niño se hubiera ido con sus padres a Riohacha habría estado en contacto con adultos que para la época de su nacimiento no habían llegado todavía a la edad de treinta años; la circunstancia de haberse quedado en Aracataca, en la casa de sus abuelos maternos, por el contrario lo puso en contacto con palabras e imágenes más clavados en la memoria del tiempo en virtud de la mayor vivencia histórica y duración memorística de estas personas de edad, ya se ha hablado hasta la saciedad de la imborrable marca que imprimieron en la personalidad del escritor la actitud de desparpajo con que su abuela le contaba las cosas más extraordinarias y la fuerza impugnadora de las imágenes que el abuelo le transmitía de su vida personal y militar. La sensibilidad y formación simbólica del niño quedan en contacto con palabras densas de imaginería y hondura temporal que sin duda alguna sus jóvenes padres no podrían haberle brindado y a través de las cuales el niño aprehenderá y vivirá el mundo de una forma muy particular. Bien sabemos que la palabra no habla neutralmente del mundo sino que en ella se encarna una perspectiva del mundo que revela la cepa, el nicho, la filiación histórica y antropológica a la cual esa palabra pertenece. La palabra porta en sí más que una capacidad designativa, ella también encarna una duración de maneras de ver y la longevidad de una tradición. Es el nexo entre la palabra y la memoria e imagen del mundo del que habla

Jacqueline de Romilly : « Las palabras aprendidas y retenidas sirven de relevo a la memoria. Son como la cadena del cubo que se tira al fondo del pozo : mientras más larga más posibilidad hay de subir agua (...) esos recuerdos enterrados constituyen un conjunto de referencias que nos ayudan a pensar y a vivir...».

Ciertamente tiene razón Dasso Saldivar cuando afirma que «la biografía de Gabriel García Márquez [empieza] antes de su nacimiento »(Saldivar: 27)[3] ya que todo sujeto, además de ser un organismo de vida biológica, es un organismo de vida lingüística, él llega a tomar para sí las palabras que ya han sido hechas para decir y comprender el mundo, las palabras del lenguaje que como cantera común permiten pensar, vivir y no olvidar la historia pasada engendrados de la historia presente. Saldivar acierta al reconocer que la presencialidad de la palabra se enraiza en una dimensión que le precede; antes de la palabra que dice el mundo está, originándola, el lenguaje del mundo que los acuerdos colectivos han construido. La palabra de hoy deja ver un lenguaje ordenador de las narraciones que está desde antes, una racionalidad construida socialmente y brindada en la infancia, la cual gobierna y regla el todo existencial de los hombres, su ser y estar en el mundo, y, además, ocupa otras dimensiones diferentes a la de la palabra : « El lenguaje preexiste a la palabra, está antes de la palabra, en las mímicas, los gestos, las actividades corporales y sensoriales, y las pasividades, por las cuales se establece complicidad de sentido entre el niño y sus allegados » (Dolto, 1994 : 115). Hay, en efecto, un lenguaje alojado en el organismo transubjetivo del que el niño no será creador sino, al contrario, heredero. Un lenguaje y una capacidad de la palabra para ir al «fondo del pozo» y traer «el agua» de las imágenes y las memorias.

No obstante, para el caso de García Márquez - y ahí reside lo más extraordinario de su infancia en la casa de Aracataca-, su crianza no estará rodeada exclusivamente por el lenguaje de la ascendencia familiar del lado de la madre. La fatria del novelista colombiano fue mucho más amplia; no creció rodeado de un lenguaje sino de dos : al intercambio lingüístico de la parte de la fatría que habla español conio lengua materna y enraiza el tronco principal de su memoria cultural en Occidente, se suma el de la servidumbre amerindia que estuvo desde siempre en la casa : los wayúu, tal como nos lo dice Ligia García Márquez, una de las hermanas del escritor:

« Con el tiempo, el abuelo Nicolás fue haciéndose un nombre en Aracataca y la gente lo respetaba mucho. Era el tesorero del pueblo y allá entraba mucha plata gracias al banano. Tenía una casa grande, yo la conocí; había un patio inmenso sembrado de palos de mango, de guayaba y de níspero; tenía una pesebrera con caballos y hasta una vaca; en la misma casa había una carpintería, una dulcería y una panadería con dos indias para amasar y dos indios para vender los dulces y el pan en la calle. Los había comprado en la Guajira y los habían traído para ayudar en los oficios de la casa, pero los cuatro llevaban los apellidos de la familia Márquez Iguarán. Esa era la costumbre » (Galvis; 1996 : 152)

El testimonio de la hermana de García Márquez permite vislumbrar lo que era la presencia necesaria de esos «indios» en el engranaje económico de la casa de los Márquez Iguarán. No eran una presencia decorativa, lujo de supuestos amos aristócratas, sino, por el contrario, personas activas en una esforzada geografía doméstica. No es difícil imaginar una cotidianidad donde todos los adultos se distribuyen funciones productivas. Cada cual tiene una tarea : « Tranquilina, aparte de dar órdenes, se ocupaba de cosas puntuales, como cocinar cuando no había sirvientas, y siempre estaba al frente de la panadería doméstica...»(Salvivar : 98); « Y todavía le quedaba tiempo [a Francisca Cimodosea] para ganarse la vida y aportar su granito de arena a la economía familiar, pues, al igual que Tranquilina y Elvira, también fabricaba dulces de leche, coco y guayaba para la venta »(Saldivar : 100). De su lado, los wayúu parecen designados para «vender los dulces y el pan en la calle ». Estas personas, que según Ligia eran cuatro, están integradas al tiempo, el espacio y la economía doméstica. También, indudablemente, la palabra y el lenguaje wayúu están ahí, aportando su dimensión semántica a la cotidianidad aparentemente sin fronteras ofrecida al nieto-de los amos, futuro gran fabulador de Aracataca :

«... la casa de Aracataca estaba llena de guajiros - de indios guajiros, no de habitantes del Departamento de la Guajira. Eran gente distinta, que aportaba un pensamiento y una cultura a esa casa que era de españoles, y que los mayores no apreciaban ni creían. Pero yo vivía más a nivel de los indios, y ellos me contaban historias y me metían supersticiones, ideas que yo notaba que no tenía la abuela - porque ella tenía otras, pero eran completamente católicas, más ligadas a ese culto católico de la muerte, porque es una religión que está hecha para no ser feliz sino en la muerte, y no hay que preocuparse de cuando se arregla esto » (G.G.M., 1994 : 36)[4] .

Hay entonces en el continente biográfico garciamarquiano la presencia de una tradición amerindia. De eso estamos seguros. Las palabras y las representaciones de mundo pertenecientes a una civilización de la América milenaria participaron en el contexto lingüístico donde se crió el escritor y, como lo hemos mostrado en otra parte (Moreno Blanco, 1997), entraron también en su continente literario.

Los nexos entre ese universo amerindio y García Márquez han sido apenas superficialmente tocados por los estudiosos del escritor. Mario Vargas Llosa bien señaló que los wayúu, ocupando la función de base de la pirámide social, eran una presencia más bien marginal en la intriga narrativa de la novela «La hojarasca» :

«... podemos avistar un segundo segmento social en Macondo, inmediatamente por debajo del vértice aristocrático: la clase media (...) por debajo de aristocracia y de este sector intermedio, se hallan los guajiros. (...) ¿Qué sabemos de ellos? Son sirvientes, viven adscritos a la familia. El coronel se refiere a ellos diciendo 'mis hombres' En los monólogos de la novela se precisa varias veces que hay tres personas velando al médico: el coronel, su hija, su nieto. En realidad en el cuarto también están los guajiros. Se hallan sentados allí, pero no los sentimos: son unos objetos más, entre los otros del cuarto, los objetos del coronel. Se trata de seres tan por debajo de la familia, o incluso del Alcalde, que apenas son personas: meras presencias, se confunden con las vigas, con el catre solitario, con el ataúd. (...) Esos sirvientes, además, son de otra raza, se les llama 'indios', lo que indica que el coronel y sus familiares son o se consideran 'blancos' El vértice de la pirámide no tiene niucha conciencia de los seres que le sirven, pero, a veces, las expresiones que utiliza permiten suponer que, seguramente sin saberlo, los considera personas a medias, contagiadas de cierta animalidad (...) para el vértice de lá pirámide, los guajiros no son totalmente humanos (...) De un lado están 'los hombresde otro los guajiros' »(Vargas Llosa, 1971:255,257,258).

De parte del biógrafo de García Márquez no hay un gran interés por la presencia de los wayúu en la casa de Aracataca. Én su biografía podemos ver un croquis que representa de un punto de jista vertical la distribución de la casa, pero no ha incluido las «habitaciones» del patio donde dormía la servidumbre wayúu. Incluso hace una descripción del patio donde olvida las enramadas donde ellos dormían:

« En el patio se encontraba el baño con su alberca ... y en un extremo, el cuarto rústico de la carpintería. En el traspatio o caballeriza, llamado 'la roza', se levantaba el famoso castaño... y, en uno de los extremos laterales, estaba la letrina. Pero casi todo el espacio era de dominio de las gallinas, los cerdos y los chivos guajiros destinados a la próxima navidad » (Saldivar: 94).

De la misma manera que los personajes de «La hojarasca» ignoran a los wayúu, el biógrafo reproduce una actitud inconsciente que le impide ver a esas personas no obstante perceptibles en el paisaje humano que él estudia. Al hilo de una frase, a propósito de las personas que vivían con el futuro novelista, el mismo gesto reaparece:

« Como hermana mayor tuvieron a su prima hermana Sara Márquez, la hija natural de Juan de Dios Márquez... Así que, aparte de los abuelos y las tías, fue la persona que más tiempo vivió con Gabito en la casa de Aracataca » (Saldivar : 90).

En 1981 sucederá, en un terreno diferente al de los estudios literarios, una comparación entre la obra garciamarquiana y los wayúu. El etnólogo Jean-Guy Goulet, en su libro «El universo social y religioso guajiro», buscando ilustrar la noción wayúu de patria en nexo con el lugar en donde reposan ios restos de los ancestros, se libra a un ejercicio comparativo entre una representación de esta cultura y una representación de la ficción garciamarquiana:

« De los Jinnu, Ipuana, Uliana y Epieyu de Aliu se dice que tienen su patria en otras partes de la península. En un diálogo en la novela "Cien años de soledad" de Gabriel García Márquez una pareja expresa un concepto de patria análogo al concepto guajiro que se discute aquí. La heroína de García Márquez, Ursula, se opone a su marido José Arcadio que quiere mudarse de su residencia actual. Ursula dice, 'no nos iremos. Aquí nos quedamos porque aquí hemos tenido un hijo'. José Arcadia Buendía, 'Todavía no tenemos un muerto' Uno no es de ninguna parte mientras no tenga un muerto bajo tierral Por tanto los Epieyu de Aliu que no tenían un cementerio y no habían enterrado los restos de ninguno de sus parientes uterinos, están sin patria en el sentido guajiro de la palabra » (Goulet, 1981:59).

El descubrimiento de esta analogía era posible para un conocedor del universo imaginario wayúu; por el contrario, esto ha escapado a los críticos literarios. En 1979, dos críticos habían expresado su sorpresa en cuanto a la ausencia del elemento amerindio en las ficciones de García Márquez. Guy Martiniére escribe:

« Pero el lugar del mundo indio en García Márquez es un lugar anexo: la epopeya heroica de los Buendía es la epopeya de los con- quistadores, esos caciques originarios de Castilla que afirmaron contra viento y marea su hispanidad y rechazaron, incluso después de haberlo utilizado en su provecho, todo acercamiento con el mundo indio. No se encuentra lugar de indigenismo en García Márquez, contrariamente a numerosos autores andinos o centroamericanos, como Asturias. » (Martiniére, 1979: 101) Lucila Inés Mena, de su lado, en notas a su trabajo sobre «Cien años de soledad», hace en dos acasiones este señalamiento :

« Siendo la historia de Macondo un microcosmos de la historia de Hispanoamérica, resulta un poco extraño que entre los diferentes grupos humanos que intervienen en la creación y desarrollo del pueblo, los indígenas aparezcan muy esporádicamente, y no como grupo sino como individuos aislados que no tienen mayor influencia en la comunidad. Este hecho puede ser explicado si se tiene en cuenta que el olvido está irremediablemente ligado a ellos, configurando así su destino de raza olvidada y alienada » (Mena, 1979 : 95), « Como hemos explicado en el Capítulo Primero, los indígenas están fatalmente ligados al olvido, pues, indirectamente, ellos son los responsables de la peste del insomnio que acarrea como consecuencia el olvido colectivo. Esto puede explicar la ausencia de los indígenas como grupo cultural influyente en la comunidad, al mismo tiempo que explica el destino de la raza indígena en la América hispana »(Mena: 189).

Podemos pensar que los críticos literarios no podían avisarse de los nexos existentes entre esta literatura y las representaciones wayúu debido al no conocimiento de esa cultura amerindia; también hemos de lamentar su ausencia de curiosidad en cuanto a los estudios etnológicos sobre una de las más grandes sociedades amerindias de Colombia. Habría que comenzar a reconocer el rol que ha jugado una mentalidad, reflejo de los valores Occidentales, proclive a no ver en una literatura universalmente legible la presencia de elementos culturales no Occidentales. Afirmar que la obra de García Márquez no tiene nada que ver con las tradiciones narrativas amerindias se ha vuelto una verdad corriente ; la crítica literaria parece haber caido en las trampas de lo que la psicología social llama estereotipos sociales [5].

Si hasta ahora se ha visto a García Márquez como el escucha de una tradición, de un lenguaje y de una memoria de la historia recibida de sus abuelos y tías, afirmaremos que en virtud de la presencia de los wayúu en esa casa donde el escritor se hizo persona, su sensibilidad será heredera de dos tradiciones, dos culturas, dos lenguajes diferentes de la apropiación del mundo. El continente biográfico garciamarquianó se nos aparece así enriquecido por los matices de la América mestiza en donde la vertiente Occiental es sólo una de las c culturales que la nutren. El sabor profundamente americano de la ficción garciamarquiana sin duda tiene que ver con este substrato cultural con el que el escritor tuvo contacto en su infancia. García Márquez no es el primero ni el último de los latinoamericanos en llevar consigo esta discreta herencia - esta pedagogía no Occidentalque palpita en la imaginación constructora y creadora de hombres y mujeres del subcontinente cultural. Bien señalaba Arturo Uslar Prieti otro ejemplo no menos significativo en nuestra meritoria y nuestra cultura de esta pedagogía adquirida en la infancia:

«... entre el año 1500 y la mitad del siglo XVII, que marca el fin del comercio de esclavos, entre nueve y doce millones de africanos llegaron al continente. Aunque analfabetos, aportaron una cultura, o más bien cien culturas pues se raptaba al azar africanos que pertenecían a etnias muy diversas, cuyas lenguas y culturas diferían enormemente, algunos, por lo demás, habían sido islamizados. Todos esos Negros han jugado un papel de primer plano pues, sin ser profesores de universidad ni predicadores, no por ello dejaron de encontrarse ligados estrechamente a la familia. Es así que se desarrolló una pedagogía negra, esencial en el mundo americano: las gobernantes y las sirvientas, que terminaban prácticamente siendo parte de la familia, se ocupaban de los niños desde el nacimiento hasta la edad de cinco o seis años - y hoy sabemos que son los años determinantes en la formación de un ser humano. Esos niños recibían durante algunos años, un importante substrato cultural africano , compuesto de mitos, de leyendas, de nociones primordiales sobre el tiempo, el espacio, el destino humano, el individuo, que debían imprimirse en sus conciencias, Bolívar mismo fue confiado desde su nacimiento a una esclava negra llamada Hipólita, que el llamó toda la vida «'mamá Hipólita'. ¿Pero cómo cuantificar la cultura africana de la que Hipólita impregnó el espíritu de Simón Bolívar ? »(Uslar Pietrí, 1992 : 77).

Nada nos impide pensar que en la casa de Aracataca el nieto mimado del hogar Márquez Iguarán estuvo en contacto libre con los sirvientes wayúu y los adoptó como parte de su fatría. En ese entorno, la conciencia de García Márquez seguramente se sorprendió del hecho de que mientras la realidad de sus abuelos estaba ordenada de una manera, con los guajiros accedía a otro ordenamiento de la misma realidad que la mutaba en otra muy diferente. Tal vez ahí, asombrado por los efectos de la mediación verbal, empezó a descubrir el futuro novelista que la realidad es una construcción narrativa. Su.inteligencia debió hacerse elástica para moverse entre dos comunidades de cepa diferente que lado a lado en el mismo mundo lo construían y lo habitaban de manera propia y no coincidente; muy temprano se hizo a una doble ciudadanía imaginaria que, como vaso comunicante de dos sentidos, concilia lo inconciliable. De manera privilegiada debió progresar entre las dos dimensiones como Pedro por su casa y en él una síntesis vivencial tomaba forma. A través suyo, en esa casa se daba la interrelación de polos que un extraño consideraría inconciliables como inconciliables son las construcciones de una misma realidad que se puede n constatar en la Colombia contemporánea entre un ingeniero qe la empresa carbonífera de la Guajira y los wayúu:

« Parados sobre la misma tierra, frente al pozo y cemneterio los wayúu, por una parte, y los ingenieros técnicos por otra construyen definiciones de la realidad que parecen compartir sólo su ubicación geográfica. Paralela a la disparidad de construcciones de la realidad, existe también disparidad en el control efectivo del territorio y estilo de vida que tienen los indígenas ante los extranjeros invasores. En este escenario común, pero no compartido, dos versiones de la realidad y sus correspondientes formaciones socioeconómicas se están enfrentando » (Rivera Gutierrez, 1990 : 244).

La función pedagógica del universo verbal wayúu es posiblemente un capital simbólico olvidado por el novelista. Empero, eso no quiere decir que ese lenguaje amerindio del mundo sea inactivo en los procesos creativos del narrador adulto. La memoria, bien es sabido, no es un mecanismo consciente y regulado por la intencionalidad, ella es un tesoro que puede iluminarnos y sorprendernos sin que lleguemos a comprender cómo ;[6] la memoria sabe guardar los instantes de felicidad y podemos creer que los momentos de contacto entre el futuro escritor y sus sirvientes fueron de cálida benevolencia acompañada de la maravillosa sorpresa del niño ante el poder estético del mundo imaginario wayúu .[7]

Gracias al reconocimiento de esta otra dimensión de la fatría del escritor en Aracataca podemos ahondar aún más el vínculo existente entre el continente biográfico y el continente de la ficción y ver al trasluz de anécdotas precisas de la fábula garcia- marquiana el rasgo dejado por una infancia no del todo olvidada; así, el ostracismo que caracteriza la actitud de los niños Rebeca y Arcadio con relación a su familia en «Cien años de soledad» se nos aparece enriquecido de valor autobiográfico pues éste sólo es permeado por la lengua de los « indios » de la servidumbre :

« Se llegó a creer que [Rebeca] era sordumuda, hasta que los indios le preguntaron en su lengua si quería un poco de agua y ella movió los ojos como si los hubiera conocido y dijo que sí con la cabeza. »«(...) y apenas si podían reprimir sus pataletas y soportar los enrevesados jerogríficos que ella alternaba con mordiscos y escupitajos, y que según decían los escandalizados indígenas eran las obsenidades más gruesas que se podían concebir en su idioma. » «Arcadio era un niño solitario y asustado durante la pesie del insomnio... Nunca logró comunicarse con nadie mejor que lo hizo con Visitación y Cataure en su lengua »

De la misma manera, estamos tentados a ver en la infancia bilingüe — y bicultural— del personaje Sierva María de Todos los Angeles, de la novela «Del amor y otros demonios», otro rasgo autobiográfico del autor.

Si el escritor afirma que los wayúu le « ...contaban historias y (...) metían supersticiones... », es porque entre ellos y él existía un circuito regular de comunicación ; hablaban entre ellos, hacían una comunidad de palabra. Tenemos que admitir como plausible la fuerte posibilidad de que en esa comunidad en la que el niño participaba sin restricciones se hablaba lo más naturalmente del mundo la lengua wayúu.

Los wayúu, hallándose en mayoría en esa comunidad en la que participaba el niño, han de haber sido proclives a expresarse en wayunaiki (lengua guajira) más que español, el cual aún hoy sigue siendo extranjero para muchos wayúu. De tal suerte, este entorno socializador y solicitador no podía más que educar en el dominio de esa lengua a García Márquez pues en su tierna edad la sensibilidad de un niño es ávida « almacenadora » y reutilizadora de toda realización y performance lingüísticos al alcance de su natural faculta mimética : «Existe en el niño una pulsión de imitación que juega un papel considerable en el aprendizaje de las lenguas como también en el de toda la vida social. Inscrita en el código genético o creada ex nihilo por el entorno, ésta no pone en funcionamiento un proceso de imitación sino sólo al ser solicitada... Así, de la misma manera que la aptitud al lenguaje, la pulsión mimética no llega a la adquisición de una lengua sino solamente si el medio le procura un campo para manifestarse. Para aprender una lengua, el niño imita a los humanos que lo rodean ...la mimesis es un elementóle base de la antropología ... En los primeros años de la vida, la avidez de aprender y la docilidad para reproducir no son, o sólo apenas, inhibidas por las presiones sociales. El niño de menos de seis años no teme las burlas que descalifican el sonido exótico y se emplea en las mímicas necesarias a su producción... » (Hagége, 1996 : 21,22). De hecho, el escritor nos dice con sus palabras que él podía acceder a la proyección semántica de ese intercambio lingüístico y ello sólo es posible a condición de percibir como inteligible esos actos de habla (su morfología lexical, su estructura predicativa, su superestructura narrativa, su fortuna situacional). García Márquez participó de esa representación wayunaiki del mundo como miembro de la comunidad verbal; su vida quedó enriquecida por esa lengua natural, es decir, por su semántica propia pues:

« ...cada lengua natural 'pone en obra' el proceso representativo general del lenguaje humano, lo hace según sus modalidades propias, lo que confiere a los productos representados (a los significados) propiedades siempre en principio particulares. Cada lengua tiene pues su semántica propia (no existe 'semántica general' sino a título de abstracción y generalización con relación a las semánticas particulares ...), y es a través de la mediación de la semántica propia a una lengua que se construyen concretamente los mundos representados. Esos mundos entonces no pueden más que estar 'marcados'por esta semántica particular, y es en esa diversidad de semantizaciones de mundos representados que se origina sin duda una parte importante de las variaciones entre culturas humanas » (Bronckart, 1996 : 36).

En la continuación del presente proceso investigativo nos esforzaremos en demostrar que la inteligencia narrativa de García Márquez tiene como uno de los fundamentos de su soporte imaginario la semántica de la representación del mundo que conoció en los intercambios lingüísticos con la servidumbre wayúu en su niñez en la casa de Atacataca. Por ahora, quisiéramos ilustrar esa «impregnación» lingüística que era posible en esa casa sirviéndonos de Jos testimonios de otros niños que, aunque más esporádicamente, taméién la frecuentaron : los hermanos y las hermanas de Gabriel García Márquez.

El libro de entrevistas a los hermanos García Márquez publicado por Silvia Galvis en 1996, "Los García Márquez", ha enriquecido la ruta de indicios de una semántica que nos llevan del imaginario y la vivencia subjetiva del novelista y sus hermanos a los wayúu. En él, los recuerdos y relatos de casi todos los hijos del telegrafista de Aracataca sacan a relucir el entrecruzamiento familiar con los guajiros. Ya en las palabras de Ligia García Márquez hemos visto confirmadas las palabras de su hermano mayor en cuanto a la presencia de los wayúu en el ámbito doméstico. Además, las diferentes declaraciones de los hermanos del novelista nos orientan hacia una forma particular de vivir y percibir el mundo ; nos evocan imágenes de la vida de las que ya habíamos tenido el sabor mediante la literatura garciamarquiana. Se trata de anécdotas que surgen en los contares y rememoraciones de estas personas y en las cuales resuena una semántica que creíamos propia a la imaginación creadora del hermano mayor. Hay un filtro imaginativo que sale a flote y a lo que los diferentes miembros de la familia llaman "superstición" ; a través de él se nos muestra no solamente un rastro memorístico relacionado con la biografía de una persona particular que inventó un mundo de fábula sino que además se expresa una idiosincrasia o una manera de comprender el mundo no sujeta a los límites estrictos de una persona. Los hermanos García Márquez son pues la viva muestra de un conjunto de representaciones del mundo - una semántica - que algunos de ellos relacionan con los wayúu :

« Sobre la superstición de la familia, Jaime tiene su propia teoría dice que se basa en la cultura guajira, que tiene origen wayúu y debe ser cierto, porque yo soy muy, muy supersticioso, y creo que todos, en ese sentido, somos igualitos, incluido gabito ». (Eligió : 256)

En otras anécdotas de la historia familiar vuelve a hacerse patente esta "superstición" compartida y su filiación con los wayúu :

« Cuando murió mi papá, en 1985, mi mamá se fue de esa casa por razones de carácter tribal, pues en La Guajira, cuando muere el esposo o la mujer queman el rancho. Siguiendo esa tradición, Gabito Yiyo sacaron a mi mamá de la vieja casa de Barranquilla, o sea, quemaron la casa en el sentido alegórico, claro. Yo estuve averiguando el significado de esa tradición y un muchacho guajiro me explicó que ellos queman el rancho para evitar que el recuerdo del ser querido, que queda vivo dentro de la casa, les robe el cariño que ellos sienten por el difunto ». (Jaime : 43)

Ese filtro o idiosincracia wayúu parece ser marca inseparable de la cercanía afectiva y las evocaciones y relatos familiares. La semántica subyacente en estos contares hace las veces de plataforma de despegue de representaciones perennes y lo extraordinario es que estas representaciones nos hacen pensar en episodios de las tramas narrativas de diferentes obras del grande de la familia.

Como muchos personajes garciamarquianos, ellos creen, como se cree en la sociedad wayúu, en el encuentro con los muertos, la predicción en los sueños y la adivinación del futuro. Estas convicciones "supersticiosas" y los acontecimientos extraordinarios que las refrendan tienen significativa frecuencia tanto en el mundo de la vida de los hermanos García Márquez como en las narraciones literarias de Gabriel. Los fueros de una semántica de la « superstición » sobrepasan entonces el ejercicio escritural e inventivo de una fábula de autor y abarcan la palabra y el vivir de aquellos que han habitado la misma comarca oral y el mismo nicho de experiencia y de mediación lingüística del mundo.

Respecto a los muertos y sus apariciones en el mundo de los vivos dice Jaime: « ...yo creo que toda la cultura nuestra tiene un fundamento en el terror. De muy pequeñoSi por ejemplo, mi mamá nos decía que si no nos portábamos bien, nos iba a salir el diablo ...De ahí debe venir también el terror a los muertos, porque los muertos salen ». Dice Ligia: « En Sucre había una casa misteriosa, grande y oscura, que quedaba como en una isla, toda rodeada de caños. A mí me asustaba mucho porque yo asocio la oscuridad con los muertos y me parecía que me iban a salir » ; ella misma : «A ese miedo al diablo, se sumaba el miedo a los muertos que se aparecían, de los cuentos que nos echaban las muchachas del servicio » (el subrayado es nuestro). Hernando cuenta algo que evoca un comportamiento de los vivos con los huesos de los muertos que nos recuerda a personajes de la narrativa de su hermano que cargan con huesos de sus parientes muertos: « A la abuela Tranquilina sí la conocí, pero no sé qué decía. Recuerdo verla en el ataúd y que mi mamá me decía que el cuerpo estaba en la caja, pero la abuela estaba en el cielo. Siempre íbamos al cementerio a visitarla. Después, mi mamá se trajo los huesos de Sucre para Cartagena. Ahí están en la Catedral ».

Los hermanos García Márquez dan una alta y significativa importancia a los sueños en relación con la vida. Dice Ligia: « Mi mamá sueña y las cosas salen porque ella sabe leer los sueños ». Más adeante, la misma Ligia nos da un ejemplo de la convicción que consiste en creer que en los sueños los muertos del linaje vuelven a visitar y aconsejar a los vivos: « Yo creí que mi mamá se iba a morir de pena... Al mes tuve un sueño con mi papá que me decía: 'Tomen complejo B' Se lo dimos a mi mamá y a Rita, que también estaba muy débil, y se mejoraron ». Parece que en la familia Ligia cumple el papel de la soñadora del futuro ; al respecto cuenta Gustavo: « Un día Gabito llegó a mi casa en Caracas y me dijo que quería regalarle un\apartamento a Ligia en Cartagena para ayudarla y para que estuviera cerca de mi mamá. Ligia quería que se lo regalara, pero en Bogotá. Un tiempo después yo fui a Cartagena y conversando con Ligia le dije: 'Oye, ¿sabes que Gabito te quiere regalar una casa?', 'Sí, pero no me la quiere regalar en Bogotá, y si no es en Bogotá, yo prefiero que no me dé nada, porque yo soñé con mi papá y él me dijo que la casa que yo necesitaba estaba en Bogotá y es de tal y tal manera. Yo salí a la calle y la vi exactamente como él me la describió en el sueño', me contestó. 'Ah, y en ese sueño también me dijo que tú te querías venir a Colombia, pero que eso no te convenía porque te iba a ir mal' ». También en los sueños de Hernando vuelve el padre muerto a asistirlo: « Yo sueño con frecuencia, sobre todo con mi papá. Sueño que le consulto las cosas y él me aconseja lo que debo hacer. Cuando sueño con él me despierto con una felicidad del carajo ».

Las imágenes de la adivinación del futuro están con frecuencia relacionadas con esos consejos recibidos en los sueños. De su lado, Ligia cree que ese don que tiene de acceder al saber sobre el futuro gracias a los muertos con quien sueña le viene de familia: « Yo no sé qué estaría soñando, pero debió ser algo muy especial. Es que yo tengo a quien salir porque, como dije antes, mi mamá sabía leer los sueños y mi abuela Tranquilina presentía las cosas. Una vez llegó un telegrama a la casa de Aracataca y ella no lo quiso abrir: '¿Y, para qué? Eso es que viene Magdalena', una sobrina de mi abuelo que vivía en Fonseca, casi llegando a Riohacha. '¿Pero cómo sabes eso?', le preguntaron. 'Ah, porque yo tengo días pensando que Magdalena viene'. Al otro día, en el tren de las doce, llegó Magdalena ». Esa facultad de predicción no sólo viene de la abuela : «Allá llegaron a vivir la abuela Tranquilina y la tía Pa, una media hermana de mi mamá, hija del abuelo Nicolás. La tía Pa podía predecir las sequías y las lluvias, porque sabía los secretos de la naturaleza, aprendidos de los indios guajiros » (Ligia).

La semántica y las imaginerías "supersticiosas" que subyacen en estos recuerdos colectivos —y que nos evocan las creaciones del fabulador de Aracataca— nos enseñan dos cosas. De un lado, que la imaginación literaria del escritor se ha nutrido, consciente o inconscientemente, de una fuente de representaciones con la cual sus hermanos también tuvieron contacto; por otro lado, que de representaciones guarda una sorprendente analogía sentaciones de mundo de la cultura de los wayúu que participaron en la atmósfera doméstica de la casa en que estas personas crecieron. En efecto, esta «superstición» de los García Márquez es una coherente creencia en lo sobrenatural en virtud de la cual sería posible tener algún poder sobre las causas últimas de los acontecimientos y obtener, a través de personas que poseen «dones», favores y saberes provenientes de un hemisferio no visible del mundo y bien diferente a la parte visible y cotidiana de la realidad; ese «lado escondido» en el que ellos creen se asemeja muchísimo a lo que los wayúu llaman pülashu, y que el etnólogo Michel Perrin asocia a la lógica chamánica propia a esta cultura :

« Lo 'sagrado' o 'sobrenatural', para los wayúu es todo lo que califican de pülashu, en oposición a lo que consideran como anasü, o sea trivial, no peligroso, permitido. La frontera estre esos dos espacios es por cierto fluctuante, pero la bipartición es esencial: seres de este mundo, como los chamanes, se tornan 'sagrados' cuando ofician. » (Perrin, 1995 : 102) « El chamanismo es un sistema destinado ante todo a tratar la desgracia, evitársela a los humanos o mitigarla, ya sean enfermedades, problemas económicos, climáticos o políticos... »(Perrin, 1995 : 101)

Según lo que leemos entre líneas en el libro de Silvia Galvis, los hermanos García Márquez, en la época en que se formaban como sujetos, heredaron esa pedagogía wayúu que les dio una percepción particular del mundo inscribiéndolos, en cierta forma, en la duración de una tradición por medio de la «transmisión» de algunos principios prácticos tal como sucede en toda sociedad tradicional en las relaciones entre el niño y el grupo primario : « Es todo el grupo el que se interpone entre el niño y el mundo, no solamente mediante sus avisos de prevención ( warnings) cuya propiedad es inculcar el temor a los peligros sobrenaturales sino por todo el universo de prácticas rituales y de discursos, que lo pueblan de significaciones estructuradas conformemente a los principios del habitus conforme. El espacio — y en primer lugar la casa— es el lugar privilegiado de la objetivización de los esquemas generadores y, por intermedio de las divisiones y de las jerarquías que establece entre las cosas, entre las personas y entre las prácticas, ese sistema de clasificación queda como cosa inculcada y refuerza continuamente los principios de la clasificación de lo arbitrario cultural (...) Este 'sujeto' nacido del mundo de los objetos no se yergue como una subjetividad frente a una objetividad: el universo objetivo está hecho de objetos que son el producto de operaciones de objetivización estructuradas según las estructuras mismas que el habitus le aplica. » (Bourdieu, 1980 :129).

En cuanto a las ficciones del hermano mayor, se hace cada vez más necesario profundizar en las dimensiones simbólicas y representativas de lo sobrenatural que abundan en su inteligencia narrativa para sacar a luz esa semántica de linaje wayúu y que funciona como vaso comunicante entre la lengua literaria y una lengua natural. Hacer resaltar esta vertiente de sentido de la poética intertextual del escritor nos permitirá comprender mejor los puentes entre el continente biográfico y el continente de la ficción. Estos nexos culturales de la obra del Nobel colombiano que hemos querido sacar a la luz nos hacen ver con nuevos ojos esta literatura y nos invitan a una relectura sensible a su dimensión transculturizora que la hace heredera de una milenaria tradición verbal americana.

BIBLIOGRAFIA

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NOTAS

  1. El primero en resalar este hecho es Vargas Liosa : « A falta de: algo mejor, Aracataca vivía de mitos, de fantasmas, de soledad y de nostalgia. Casi toda la obra literaria de García Márquez está elaborada con esos materiales que fueron el alimento de suinfancia » ( 20) ; « ... La segunda cosa que le ocurrió fue acompañar a su madre a Aracataca para vender la casa de Don Nicolás : enfrentarse con su .infancia hizo de él, definitivamente, un escritor » ( 36) ; « Esa voluntad unificadora es la de edificar una realidad cerrada, un mundo autónomo, cuyas constantes proceden esencialmente del mundo de la infancia de García Márquez. Su niñez, su familia, Aracataca constituyen el núcleo de experiencias más decisivo para su vocación : estos 'demonios' han sido su fuente primordial, a los que otros han venido a enriqucer, a matizan pero nunca, hasta ahora, a. sustituir » ( 87). Michael Palencia Roth dará gran importancia a la recuperación intelectual que el escritor hará en su edad adulta de su edad primera : « Mientras más profundiza su exploración y más asegura la conquista del mundo de su infancia, más se convierte en un escritor mitificador » (Palencia, 1983 : 29). De su lado, Oscar Collazos afirma « Es la atmósfera doméstica la que más 'alfabetiza' la conciencia del niño y forja lo que, años más tarde, será consciente o inconscientemente una visión del mundo » (Collazos, 1983 : 15). Dasso Saldivar llega hasta a afirmar que, aun en su edad adulta, su memoria reconstruye y completa su infancia : « García Márquez no saldrá jamás de la casa de Aracataca, viviéndolo y percibiéndolo todo en su memoria y en sus sueños con una intensidad mayor, hasta el punto de descubrir la grieta de la pared que no vió en la infancia, escuchar el canto del grillo en el patio que apenas oyó en su niñez o perfumarse con el olor del jazminero, huyo efluvio esparcían los muertos en su deambular nocturno por los cuartos » (Saldivar : 92). A ese propósito, los críticos no estarían más que ratificando algo bien sabido por los pscionalistas, respecto a esa primera 'educación' que es la infancia : «En el fondo, en el sentido fundamental en el que yo hablo aquí, es una cuestión de seguridad o de inseguridad. Es lo que permite al dinamismo del niño expresarse o, al contrario, lo que lo paraliza. Es alrededor de eso que todo se juega, y es por esta razón que la primera educación es imborrable (...) Quiero decir que ella va a estructurar la personalidad del niño, su manera de ser en la vida. Y esa personalidad no podrá ser modificada. Es un poco como un tronco de árbol. Un árbol que comienza, es un retoño pequeño y frágil. Pero ya se sabe si tendrá tres o cuatro ramas principales. Después el árbol podrá desarrollar su ramaje, el tronco podrá tener diez pies de diámetro, pero siempre tendrá sus tres o cuatro ramas principales que han constituido su estructura del comienzo »(Dolto, 1994 : 47).
  2. Tomamos esta denominación de la psicología social : « La imagen de nuestra representación hacia los otros se desarrolla en el seno de lo que se llamagrupos primarios constituidos por los familiares o amigos allegados, a los cuales el individuo está ligado por el sentimiento de pertenencia comunitaria, reconociéndose en término de 'nosotros'. Los grupos secundarios están constituidos sobre la base de una similitud práctica ... » (Jodelet, 1994 : 51).
  3. No obstante no compartirnos la afirmación de Saldivar según la cual una co fiversación sobre el duelo del abuelo, diecinueve arios antes, permite remontarse al comienzo de la r biografía de García Márquez. Para nosotros, los comienzos, la palabra de los comienzos, se remonta a mucho antes y no se circunscribe exclusivamente a la ascendencia familiar del escritor.
  4. Esta afirmación de Gabriel García Márquez contrasta enormemente con la afirmación de Dasso Saldivar al respecto : « La servidumbre estaba compuesta de tres indios que el coronel había comprado por trescientos pesos en la Guajira : Alirio, Apolinar y Meme, los silenciosos y anónimos protagonistas de 'La hojarasca' » (49) Y en la nota.1 del capítulo dos : « Según los testimonios de la madre de García Márquez y su ,prima Sara Márquez, a los Márquez 'guarán les regalaron en Aracataca anos después otros dos indios, Néctar y Lucia, pues Remedios y Alirio se escaparon de casa. El escritor sólo conoció a Apolinar, quien solía volver al pueblo para visitar a sus viejos amos » (475).
  5. No se ven las cosas sino las imágenes preparadas socialmentre para verlas ; al trabajo desnudo de interpretación los críticos preferirían una mirada ya organizada en una estructura cognitiva en la que interrelaciones y atributos están de antemano ordenados. Los objetos de la realidad son tomados dentro de un encodage « El encodage hace referencia a la manera como la realidad subjetiva es traducida en un formato aceptable, destinado a ser almacenado en la mente. » (Pendry et al, 1994 185)--.
  6. De nuevo la obra de Fratmise Dolto nos permite ilustrar este fenómeno . : «Voy a contarles una historia (...) Se tarta de una mujer, adulta; que en un momento difícil de su existencia tuvo un sueño, que describió como un instante de felicidad total y maravillosa. Ese sueño estaba acompañado de palabras, de sílabas que no tenían ningún sentido. Nosotras escribimos esas palabras sin significación.. Como yo sabía que ella: había pasado los nueve primeros meses de su vida en la India, criada por una niñera india que ella adoraba, le dUe : si estas palabrás fueran hindu ? Entonces sometimos esas frases a un hindú quese puso a reír, diciéndono`Es lo que todas nuestras niñeras dicen a los bebés, quiere decir : Mi pequeñita de ojo: más bellos que las estrellas'. Después de los nueve meses, esta mujer no había vuelto a tener ningún contacto CO11 el país ni C011 la lengua india, que ella no hablaba. Pe o ella había revivido esas palabras, esa lengua, no como cualquier lengua, sino como la del amor maternal, inscrito en la memoria, en la época en que ella era un bebé (Dolto, 1994 :126).
  7. A ese propósito, Ver los trabajos de Michel Perrin sobre el u iverso imaginario wayúu (1980, 1994 y 1995).
  8. Empleamos esta terminología en la acepción que le da Gilbert Durand en su « Estructuras antropológicas del imaginario ».

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